Rodolfo Segovia S.

Con dolor en el alma

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
mayo 23 de 2014
2014-05-23 01:58 a.m.
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El preámbulo del primer capítulo de las justas electorales del 2014, ya en la recta final, ha pasado de opaco a lacerante. Poco parecía acontecer, las ideas asomaban apenas, hasta cuando la angustia inspiró trapisondas.

Colombia gime. En mala hora llegaron los J. J. Rendones y sus imitadores a distorsionar verdades y sembrar mentiras. Vilipendian la democracia y ofuscan que el elector decida bien informado.

Una cosa es el legítimo intento de desconsiderar al adversario con verdades incómodas y hasta atribuirle, para contradecirlo –recurso válido en los debates–, pensamientos que no ha expresado, y otra espiar o calumniar. Se ha traspasado la raya. La opinión, ese tigre de muchas pintas, registra con dolor en el alma el envilecimiento de los comicios. La lucha por el poder que se santifica en las urnas, no exime de ceñirse a la ética, con más veras para quien pretende gobernar.

Por otra parte, para que la democracia funcione correctamente, es esencial que los medios de comunicación, el cuarto poder, registren con neutralidad. La presentación de la noticia es tan importante como su verdad y, en particular, desinforma el condenar al pie de página unas noticias y resaltar otras, según las simpatías del medio.

Espacio hay para los comentarios editoriales en pro de sus querencias. Privilegio del dueño.

Los grandes conglomerados informativos de Colombia andan lejos de la imparcialidad noticiosa, en parte porque intereses de grupo económico condicionan sus simpatías. Ha sido notorio cómo la llamada Gran Encuesta recibiera primeras páginas y despliegues de página entera mientras punteaba el Presidente-candidato, pero pasara ‘sotto voce’ a página interior una vez le dio alcance el candidato del Centro Democrático. Las redes sociales, por populares que sean (y ojalá lo sean más) no dan aún para contrarrestar la gran prensa y sus medios visuales.

La desventaja se acentúa cuando el aspirante que amenaza comete un grave error y al negar lo vuelve viral. En política, tapar una embarrada es peor que cometerla. Atenta contra la confianza pública, precioso activo para un candidato. A Richard Nixon no lo tumbó el espionaje a sus contradictores demócratas en Watergate, sino el haber mentido reiteradamente en público sobre su conocimiento previo de las travesuras. A Zuluaga le cayó encima el escaparate. Lo han desmenuzado con navaja, con escalpelo, con sierra, sin que el intento de contraataque por parte de su campaña, cojo por demás, haya recibido cobertura equivalente. Peor, la cobertura ha sido negativa, sin el beneficio de la duda.

Un volcán de lodo cubre a Colombia. Feo. Hasta la paz se ha perdido en la lava, ensombrecida ella también por el indecente anuncio preelectoral de un avance en el punto tres de las conversaciones con la guerrilla. Por decoro, sin consecuencias después de año y medio de interminables conversaciones, bien se ha podido posponer unos días. Hay quien recuerde a ‘Tirofijo’ y despeje de El Caguán por Pastrana.

En 1697, mientras defendía Cartagena contra los piratas, don Sancho Jimeno fue ya testigo de la encarnizada guerra sucia que precedió el cambio de dinastía en España (1701). Los pretendientes en Francia y Austria atacaban a conseja limpia para hacer valer sus derechos. Se jugaba el destino del imperio americano. No existía el recurso electoral. A los españoles no se les preguntó. El diferendo se dirimió en un largo conflicto mundial de crueles consecuencias: la Guerra de la Sucesión Española.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@axesat.com

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