Rodolfo Segovia S.

Don Sancho Jimeno

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
mayo 10 de 2013
2013-05-10 12:06 a.m.
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Don Sancho Jimeno de Orozco nació c. 1740 en Fuenterrabía, hermosa ciudad amurallada que vigilaba la frontera con Francia desde las colinas de la desembocadura del Bidasoa.

Hidalgo pobre, abrazó la carrera de las armas y, después de servir con distinción el Flandes, obtuvo la plaza de castellano del recién construido fuerte de San Luis de Bocachica, en Cartagena de Indias, a donde llegó en 1770.

Apuesto y de buen porte, Don Sancho casó ventajosamente con la acaudalada viuda doña María Blanco de Salcedo. La nieta de ambos, Josefa Fernández de Miranda Gandarillas, contrajo matrimonio con el primer conde Pestagua, Andrés de Madariaga, de cuya unión descienden importantes familias de Cartagena y la costa Caribe.

Don Sancho acumuló una importante fortuna. Sus extensas propiedades con semovientes y esclavos iban desde el camino real en la cuesta hacia Turbaco hasta la orillas de la bahía en Mamonal.

Hombre de capa y espada, ocupó la plaza de Sargento Mayor de la Gobernación de Cartagena y la de gobernador encargado de 1693 a 1695.

De talante enérgico, sometió con saña los palenques de esclavos cimarrones, que propiciaban escapes de los negros sumisos y cuyos asaltos al movimiento de mercancías y alimentos ponían en peligro la seguridad de la plaza.

Al aparecer, en el horizonte, las velas corsarias de la flota aprestada por Luis XIV y los comerciantes de Brest, y reforzada por filibusteros de Haití, Don Sancho fue a ocupar la comandancia del San Luis que defendía la única entrada a la bahía de Cartagena por Bocachica. La desidia del gobernador Diego de los Ríos había sumido en el abandono las defensas de la plaza.

Llovió cañón y metralla sobre el San Luis desde las baterías de los franceses.

Don Sancho se mantuvo firme, despreciando, a pesar de su manifiesta inferioridad, conminaciones a rendirse. Decía que, mientras quedaran fuerzas, no podía entregar lo que pertenecía a su rey.

Al fin, cuando solo ya nada podía hacerse, quebró su espada y salió a ponerse a disposición del vencedor.

El comandante corsario, Barón De Pointis, no pudo menos que admirar la gallardía de su adversario. Al tenerlo cara a cara, le entregó su propia espada mientras le decía que un hombre tan valiente no podía ir desarmado. Caballerosidades del siglo XVII. Esa cortesía no fue, sin embargo, extendida a Cartagena.

El gobernador de los Ríos firmó una abyecta capitulación y escapó de la ciudad con sus morrocotas. Esta, en cambio, pagó primero un rescate al vencedor y luego, cuando De Pointis birló a los filibusteros su parte del botín, fue víctima del más afrentoso saqueo por los haitianos, que decidieron cobrarse por su propia mano.

La ciudad demoraría muchas décadas en recuperarse.

Diego de los Ríos, en rebelde fuga y llamado a juicio por la Audiencia, terminó exiliándose en Jamaica, hasta cuando en 1707 lo cobijó una amnistía general. Quedó libre de toda culpa y en posesión de su mal habida fortuna.

Entretanto, la espada francesa de don Sancho daría de qué hablar. Sus malquerientes le acusaron deberla no a su valor, sino a quién sabe que venal componenda con el francés, cuyo idioma, hombre de frontera que era, hablaba correctamente.

Don Sancho sufriría estoicamente las injustas afrentas y dejaría escrito en una sentida carta que tanto aspaviento no valía la pena: la empuñadura de la cacareada espada del almirante De Pointis era de cobre. Desde aquellas épocas se exponían a la maledicencia los buenos servidores de la patria, mientras los pícaros se escabullían.

Rodolfo Segovia

Exministro – Historiador

rsegovia@axesat.com

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