Rodolfo Segovia S.

¿Qué se está esperando?

El contagio de la banca local por la debacle financiera mundial será, en efecto, llevadero, excepto

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
noviembre 14 de 2008
2008-11-14 02:33 a.m.
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El parte de tranquilidad presidencial en medio de la barahúnda es reconfortante, pero imprevisivo. El contagio de la banca local por la debacle financiera mundial será, en efecto, llevadero, excepto en márgenes de intermediación. No se puede decir lo mismo del sector real de la economía.

Quizá Uribe evita alarmar a un Congreso en trance de referendo.

¡Inútil! Ni siquiera su merecida popularidad alcanzaría para reeligirse en medio de una recesión pronunciada. Y pronunciada va ser a menos que el Gobierno haga algo más que solicitarle al Banco de la República, por boca del Ministro de Hacienda, celeridad en disminuir la tasa de interés. Esa medida también es necesaria, pero insuficiente; el malestar de la economía no está para pañitos tibios de política monetaria.

El báculo de Uribe no es el de Moisés para evitar el desborde de las aguas turbulentas que se cierran sobre Colombia. Se está procediendo con excesiva parsimonia. El estrangulamiento del crédito en el exterior ya muestra secuelas locales en volumen y tasas. El rodaje de la economía patina. La industria de la construcción se desaceleró hace meses y los datos sobre compras en grandes superficies son alarmantes. La demanda agregada, hasta ayer motor del crecimiento, se contrae. Las remesas caen. Los precios de las exportaciones también; el tonelaje ya venía en descenso. El vecino de al lado con petróleo a menos de 60 dólares va a colapsar, lo que puede ser bueno o malo, según se mire. Las empresas recortan personal e inversiones.

¿Qué se está esperando? Es laudable velar por los derechos humanos y ser paciente con las mingas indígenas, pero el tema es la economía. El desempleo aumenta unas décimas. Las reservas internacionales descienden otras, tendencias que no se observaban desde hace mucho rato. Son burbujitas malolientes que preceden erupciones.

La cuenta corriente será pronto tema del día. Con un déficit del 2,6 por ciento del Producto Interno Bruto y reducción inevitable de los flujos de capital externo que llenan el hueco, las reservas, aunque sean las más altas de la historia en términos reales, se pueden evaporar en un santiamén.

Presidente, tome un segundo aire. Su equipo está averiado y cansado. Dizque ninguno de sus amigos de confianza se lo aconseja, porque usted monta en cólera. Pero lo piensan.

Refresque la nómina. Suelte lastre y deje además que se vayan los que no tienen intención de acompañarlo hasta el final de su Gobierno. El momento es ahora. Se necesitan bríos renovados para armar una estrategia y salir del limbo. El estado tiene que actuar para reavivar la economía así sea a déficit. Hasta los chinos, con dinámica demanda interna y las reservas más abultadas del mundo, soltaron un paquete de estímulos. Apúrele.

Don Sancho Jimeno tiene un mal recuerdo. La caída de Cartagena en 1697 fue una catástrofe vaticinada, de la que demoró décadas en recuperarse. Bastante antes de que De Pointis recogiera a sus fieros aliados bucaneros en Haití, los espías españoles en Brest conocían del aprestamiento de la armada hostil, que incluía naves de Luis XIV, accionista de la empresa. El gobernador De los Ríos se cruzó de brazos. Pasividad impróvida.

rsegovia@axesat.com 

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