Rodolfo Segovia S.

El último forcejeo

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
noviembre 06 de 2015
2015-11-06 03:07 a.m.
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El larguísimo recorrido de las conversaciones con las Farc es como los noviazgos de antaño. Mucho pas de deux hasta cuando llega la hora de discutir la dote. La dote es la justicia transicional. Sus dirigentes juegan a salir al menor costo personal de un nido de atrición mortífera.

Se está muy lejos del ideal marxista que encuadró una guerrilla rural enardecida –como tantas en la historia de Colombia–. Con disciplina severa y abonada por el estiércol del descontento en la frontera agrícola de Colombia, donde el Estado apenas llegaba, creció y creció. En las ciudades nunca pudo, excepto alrededor de centros docentes de tradición marxista.

El objetivo de las Farc era el poder. En plena Guerra Fría, la meta parecía alcanzable. Al fin y al cabo, la dialéctica hegeliana conducía inexorablemente a la dictadura del proletariado. Bastaba perseverar. Segar vidas y destruir bienes públicos era legítimo para la moral revolucionaria. Poco importaba que la estela de muerte y destrozos restara muchos puntos al PIB y alejara el bienestar. Con torcida lógica, la pobreza abonaba el terreno de la revolución.

El accionar de las Farc dio a luz a un engendro. En los campos, sus víctimas optaron por autodefenderse por fuera de la ley; el producto de la desesperación y la ausencia de la Fuerza Pública que demostrara temple. Sin diques, los nuevos defensores se hicieron al poder por la fuerza bruta y avasallaron, con crueldad, amplias regiones de la República. Sus remanentes, convertidos en Bacrim se alían con las Farc. Sus secuelas manchan la vida política de Colombia.

Al disolverse la Unión Soviética, con el ideal revolucionario hecho añicos, se pensó que, como en otras latitudes, se llegaría a un acomodamiento con los rebeldes. Pero no, las Farc, que ya experimentaban con el narcotráfico, como más rentable que la extorsión y el secuestro, se metieron de lleno en él. Con tal chorro de dinero, el fervor revolucionario se fue trocando en simple lucha por el poder. Y avanzaron como nunca antes. Aunque por caminos sangrientos, aquello no era distinto a comprar elecciones.

Las Farc estuvieron cerca. Para la toma de Mitú, reunieron dos batallones. Si conseguían concentrar unos más, la toma de Bogotá era viable. La FAC lo impidió. Y Colombia reaccionó. Después del Caguán, las fue acorralando hasta debilitarlas, pero no rendirlas, mientras caían desgranados veteranos comandantes. Ya sin esperanza alguna de alcanzar el poder por las armas, los jefes optaron por negociar su libertad en paz. Quizá saben que el gobernador traidor que entregó Cartagena en 1697 fue indultado pocos años después, mientras vivía, exilado y rico, en Jamaica. Don Sancho Jimeno se mordía la lengua.

En el fondo, el sainete de La Habana ha sido un minueto; los puntos acordados un extra, una cortina de humo para respirar aire fresco sin que los maten y medir, mutuamente, la sinceridad. Lo esencial, empero, ha sido siempre el llanito donde ahora se forcejea: la justicia transicional. Cómo exculparse y justificarse y cuánto pagar. Un subterfugio es la tesis de que todos son responsables –la sociedad injusta los lanzó a la guerra–. La responsabilidad del conflicto es compartida y el tribunal especial debe juzgar tanto a la nación legítima como a las Farc, y, por ende, estas deben inmiscuirse en su selección.

Presidente, su paciencia es admirable, cuando sabe que están cañeando con par doces. Pero si el 23 de marzo próximo no han entregado las armas, agarre el pote y levántese de la mesa. El país le agradecerá eso más que su tolerancia.

Rodolfo Segovia

Exinimistro - Historiador

rsegovia@axesat.com

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