Rodolfo Segovia S.

Se fue una grande

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
abril 19 de 2013
2013-04-19 04:46 a.m.
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El mundo hubiese sido otro sin Margaret Thatcher. En China, estarían todavía tratando de decidir el color del gato para cazar ratones, y Colombia andaría prisionera de la babosería cepalista. Sin ella, el presidente Gaviria quizá no hubiese osado a lanzarse a la Apertura y a pregonar que, por cojo que camine, cuando de asignar recursos se trata, el mercado en un ambiente de competencia decide mejor que el burócrata. Centenares de millones han salido de la pobreza en China, y Colombia, a pesar del lastre de la guerrilla, ha crecido a las tasas más altas desde la posguerra. Además, se está a paso lento emigrando del vergonzoso Tíbet de Iberoamérica.

Por cuenta de Margaret, muchos de nuestros, generalmente, sensatos economistas releyeron a Frederick Hayek, para absorber, como la Thatcher, elementos de sentido común económico. El motor intelectual de su accionar era la convicción de que el estado nada crea y que, dejado al arbitrio del gobernante, reparte mal. Hasta donde Piedad o Petro no ha llegado un ejemplar de El camino a la servidumbre, y en la facultad de Economía de la Universidad Nacional reposa empolvado. Chávez ni lo olió.

Cuando Inglaterra se hundía en amodorrado declinar, relegada al sexto lugar en PIB de entonces por Italia ¡Italia!, aplicó, ella la primera, fórmulas sencillas: no gaste más de lo que tiene, o sea, cuide el superávit fiscal; ahorre y no se endeude en exceso; privatice mamuts estatales ineficientes; estimule al creador de riqueza y deje que disfrute sus ganancias honestas; controle el volumen del circulante y utilice la tasa de interés como mediador monetario; meta en cintura los grupos de presión. En vez de atender el ‘regáleme’, Margaret instó al ‘gáneselo’.

Con el Estado benefactor en crisis, la Thatcher fue elegida primera ministra cuando se alineaban las estrellas para estar en el sitio adecuado en el momento preciso. La ortodoxia keynesiana hacía agua y el Estado ahogaba el emprendimiento. Su mandato fue ejemplo de la efectividad de políticas económicas sanas, la antítesis de lo que ocurre cuando se entronizan las equivocadas, como en Venezuela o Argentina, aprisionadas por ideologismos. Como en Colombia, desde cuando recurrió a recetas similares, la inflación se redujo del 25 al 2 por ciento y el crecimiento del PIB se incrementó. Inglaterra regresó a su sitial, desde donde Margaret combatió la peor de las plagas totalitarias modernas y contribuyó al desmoronamiento de la Unión Soviética. Favor que nos hizo.

Don Sancho Jimeno opina que la Dama de Hierro hubiese sabido, como él, oponerse con bizarría a los piratas franceses que atacaron Cartagena en 1697. Lo demostró en su confrontación con los sindicatos del carbón en 1984. Este poderoso grupo de presión, que arrodillaba gobiernos, pretendía mantener en operación minas obsoletas incapaces de competir sin subsidios. Margaret le dijo no a una huelga sangrienta y acabó, de paso, con convenciones laborales que frenaban la competitividad. El café colombiano tiene, hace rato, visos similares, pero enfrenta un gobierno blando, constreñido por las vías de hecho a pagar subsidios odiosos.

Mañana, cuando la coca legalizada no pueda competir con drogas sintéticas habrá que llevar en andas a los productores sublevados. Así se ha hecho por décadas con textileras recurrentemente rescatadas o con camioneros alérgicos a la competencia. Algo se podría aprender de Lady Thatcher.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador

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