Rodolfo Segovia S.

Mitos del PIB

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
agosto 10 de 2012
2012-08-10 12:35 a.m.
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Cuando el cielo económico se oscurece, los cuernos del populismo, alimentado por las falencias percibidas o reales del capitalismo, rompen la línea del horizonte.

Se responsabiliza a la economía de mercado de la captura del Estado por intereses privados o de la entronización de monopolios, íncubos y súcubos que nada tienen que ver con su eficacia para asignar recursos y generar bienestar.

El estadista, que atiende el presente sin descuidar el futuro, diferencia entre la libre empresa y sus perversiones, frente a la avalancha de literatura que se empeña en batir un revoltillo con el pregón de que el Estado destierre el egoísmo. Con ángeles, la economía se estanca.

Con demonios, se pervierte. Con el hombre en acción, libre, pero regulado, y sin desconocer en su naturaleza el instinto de conservación, génesis del egoísmo, se maximiza la ganancia colectiva. El quid está en saber medirla.

Desde cuando, hasta hace no mucho, la cantidad de bienes y servicios a disposición de algunas sociedades comenzó a crecer perceptiblemente, se fue refinando el concepto de Producto Interno Bruto (PIB) como instrumento de medición de la salud económica.

Se convirtió en fetiche, especialmente en los países de menor desarrollo relativo, y en meta política incrementarlo todo lo posible y de cualquier manera. Su comportamiento hace y deshace la legitimidad en el poder.

El PIB es, por definición, el agregado de todo lo que una sociedad produce y pone a disposición de sus componentes. En su condición de aglomerado, esconde desequilibrios.

El deseable crecimiento de las exportaciones de oro, petróleo y carbón no necesariamente se traduce en bienestar para todos los hogares colombianos.

Algo similar señaló recientemente Ben Bernanke, el presidente del Banco de la Reserva Federal, al referirse a los rezagados en la titubeante recuperación norteamericana.

Se ha avanzado mucho en medición de agregados y su utilización para guiar la política económica.

El Banco de la República, por ejemplo, sigue muy de cerca cómo crece el endeudamiento de los colombianos para controlar la inflación por medio de la tasa de interés. Bernanke, macroeconomista de pura cepa, confiesa, sin embargo, que la anónima aglomeración estadística esconde información sobre lo que millones de familias experimentan en el día a día.

Propone más atención a las cifras microeconómicas que describen segmentos de trabajadores y negocios dentro del gran paraguas del PIB. Su adecuado conocimiento permite formular políticas para la economía del bienestar.

Sin ir tan lejos como Bután, que desde 1972 abandonó el PIB por el Índice Nacional de Felicidad, la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo ha compilado un índice de mejoramiento de la existencia que compara países, según indicadores que reflejan la calidad de vida.

Bernanke sugiere perfeccionar e incorporar indicadores económicos tales como confianza en obtener trabajo y jubilación, distribución del ingreso y capacidad para enfrentar desaceleraciones económicas. No solo de PIB vive el hombre.

En tiempos de don Sancho Jimeno, el PIB era estático. Enriquecerse no consistía en producir, sino en apoderarse de lo que otros habían acumulado.

Para tratar de evitarlo, se opuso con bizarría al ataque pirático que arrasó a Cartagena en 1697.

La todavía común piratería, injustamente atribuida a la libre empresa, habrá que combatirla enérgicamente, como don Sancho, para que refinamientos en la medición económica orienten en la búsqueda de la economía de la felicidad.

Rodolfo Segovia

Exministro – Historiador

rsegovia@axesat.com

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