Rodolfo Segovia S.

Ha muerto un hombre justo

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
abril 24 de 2015
2015-04-24 03:28 a.m.
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Eduardo Galeano fue un indignado con verbo, que nació en el continente equivocado. Un fino ensayista y expositor que se perdió en los vericuetos de la socioeconomía, para lo que, según sus propias palabras, “no tenía la formación necesaria”. Del idealismo y la incompetencia nació Las venas abiertas de América Latina, que, escrito por un talentoso intelectual de izquierda en plena Guerra Fría, no podía sino caer en el ditirambo. “Un libro que”, confesó, “no sería capaz de leer de nuevo”, pero que inspiró a miles de exaltados por su panfletaria prosa.

La Teoría de la dependencia asevera que el subdesarrollo de los países pobres es el subproducto del enriquecimiento de otros. La dinámica de la economía capitalista lleva a que se establezca un centro y una periferia y, simultáneamente, a que unos accedan al bienestar a costa de los demás, con la consecuente tensión política, desequilibrio social y empobrecimiento de muchos. Cuando apareció Las venas…, Galeano juraba por ella. Coloreaba todo y era responsable del subdesarrollo Latinoamericano. La formulación teórica no ha sobrevivido evidencias pragmáticas, pero estuvo muy en boga y sirvió para que innegables choques de intereses nacionales con los de Estados Unidos se constituyeran en explicación del atraso relativo de sus vecinos al sur.

La noción de dependencia es un rezago de tiempos idos, de cuando la riqueza se obtenía mediante la transferencia de la propiedad ajena o el control de la mano de obra, con rapiña por los bienes existentes y variadas formas de esclavitud. Perdió actualidad, aunque aberraciones hay, al ser evidente que la riqueza puede crearse y se está creando más rápido que nunca, en vez de ser simplemente objeto de transferencia dentro de una sociedad, o entre países rivales. Ah difícil que ha sido aceptar que la creación de riqueza está indisolublemente unida a la libertad y a la asignación de recursos por la vía de las señales de precio que emite el mercado; un revolucionario orden económico ha demostrado ser más eficaz que las directrices autoritarias sobre qué producir y qué consumir.

Detrás de la Teoría de la dependencia se puso de moda el echarle la culpa de la pobreza al vecino, como si la inteligencia e inventiva de unos obstruyera esa misma inteligencia e inventiva en otros. No sucedió en Corea, Singapur o Taiwán. Y se omitió examinar de cerca el sistema éticocultural de Estados Unidos, que desde los pioneros impulsó a sus habitantes a identificar con lucidez el bien común y a hacer del ahorro y la laboriosidad virtudes supremas.

A principios del siglo XIX, cuando América, sur o norte, se independizaba, Estados Unidos se diferenciaba de América Latina no en el grado de riqueza, que era menor, sino en la vigencia de unos valores que a la larga, e independientemente de lo que sus vecinos continentales hicieran o dejaran de hacer, habrían de conducirlos a la abundancia. El sur, en cambio, heredó tanto el intervencionismo de la Contrarreforma como el mercantilismo borbónico, que favorecían los monopolios de Estado y los privilegios de quienes estaban cercanos al poder. Don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena en 1697, podría dar fe.

Eduardo Galeano, el idealista indignado por los regímenes dictatoriales que Estados Unidos apoyaba en su confrontación contra el comunismo, distorsionó la historia y maltrató la ciencia económica, y en las mismas circunstancias lo hubiese, quizá, vuelto a hacer. Pero es de justos retractarse de las equivocaciones.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador
rsegovia@axesat.com

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