Rodolfo Segovia S.

El nuevo paradigma

El petróleo colombiano llevaba un siglo esperando precio

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
mayo 27 de 2011
2011-05-27 05:38 a.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/24/56cdc35d70138.png

 

Los hidrocarburos aparecieron en un país sin infraestructura cuando el siglo del petróleo despuntaba. El oleoducto desde la Concesión de Mares para exportarlos por Cartagena fue en su momento, 1922-25, el proyecto de ingeniería más grande de la historia de Colombia.

Corrió entonces la especie de que su subsuelo bullía en crudos, pero se descubría y se quedaba taponado por voluntad de un grupo de poderosas compañías internacionales que asignaban a su arbitrio quién producía y cuánto. La tenían de país de reserva. La bonanza en Venezuela confirmaba la corazonada. Cómo podía ser que el petróleo brotara fácil allá y de este lado de fronteras artificiales resultara tan mezquino.

En 1970 se llegó al pico de 218 barriles diarios, cantidad modesta con reservas exiguas (859 millones de barriles) en el concierto mundial.

Cuatro años después el país se vio obligado a importar petróleo. Bajaron las expectativas. Colombia, cuya geología había sido martirizada por tres cordilleras, no era sino un modesto país con petróleo, en vez de un país petrolero.

La formación La Luna, prolífica roca madre, había cocinado amplio material orgánico durante millones de años en el subsuelo colombiano, pero escaseaban grandes reservorios subterráneos para interceptar y almacenar el crudo generado, que migraba hacia la superficie siguiendo su vocación natural. La intensa actividad telúrica había fracturado las trampas naturales. Con dos gigantes del Llano: Caño Limón en 1983 y Cusiana-Cupiagua en 1992, se alcanzó la producción máxima de 815 barriles diarios en 1999, pero con reservas declinantes. No se modificó el paradigma.

No se contaba, empero, con la Colombia del Sagrado Corazón. Como en toda fuga, lo primero en evaporarse fue el petróleo liviano.

Detrás fue quedando el crudo pesado y algo de lo desprendido de la roca madre migró bajo tierra allende la truculenta cordillera Oriental, donde, parece, subsuelos menos martirizados por ella modelaron reservorios extensos y poco profundos (mil a dos mil metros). Ahí permaneció en melcocha, un semisólido engorroso de alto costo de transporte.

Con su aporte se llegó el mes pasado a la producción de 903 mil barriles diarios.

El petróleo colombiano llevaba un siglo esperando precio. Cuando se cotizaba a dos dólares por barril pagó el raro perfume del Magdalena Medio. Al pasar de US$20 abrió la cuenca sedimentaria de los Llanos Orientales y su profundo piedemonte. Ahora en los US$100 destapa la brea almacenada en un corredor entre el Caquetá y el Meta que, antes de llegar al Orinoco, se explaya en forma de boomerang hacia el norte. ¿Será que Colombia está a punto de hacer añicos el paradigma de la escasez y transformarse en país petrolero? Quizás.

Ecopetrol por sí sola podría, probablemente, contar en el cercano futuro con un millón de barriles diarios del boomerang llanero. La clave es el transporte para despacharlo a los mercados del mundo.

Y como la vocación del petróleo es de viajar por tubo, hay que jugársela y construir los oleoductos para conducirlo a los puertos.

El crudo ha llegado al precio necesario.

La bien liderada Ecopetrol de la iguana, la habilitan largos años de paciente aprendizaje, concentra esfuerzos en desarrollar recientes descubrimientos. Por los tubos para evacuar esos crudos del Llano, densos como melaza, por encima de cordilleras hasta el Caribe (y a lo mejor al océano Pacífico), podría fluir un nuevo paradigma.

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado