Rodolfo Segovia S.

Pax colombiana

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
noviembre 22 de 2013
2013-11-22 02:03 a.m.
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La presión mediática por la paz es ensordecedora. Quien disienta está también contra las madres y el aguadepanela. Paz incompleta, ya que no parte de la derrota total del adversario, de esa que le obliga a someterse a las condiciones del vencedor. Por lo mismo, hay que catequizar la impunidad. En la escuelita enseñan desde los que sostienen que las Farc no tienen nada que hacerse perdonar, hasta los minimalistas que aconsejan tragarse la alimaña en aras del bien común.

Escépticos pronostican, empero, que a la paz con las Farc no se llegará nunca, aun si se embotella en vasija de baccarat, firmado y sellado, un acuerdo sobre los seis puntos en discusión. Su cúpula y sus huestes indoctrinadas no comparten la moral platónica y, por lo tanto, niegan el bien y el mal, salvo en términos revolucionarios que justifican el terrorismo. Por eso les cuesta tanto trabajo reconocer víctimas. Un pacto para dejar los fusiles modificará sus convicciones.

Colombia no se topará mágicamente mañana con arrepentidos, sino con arrogantes ansiosos de llegar al poder para imponer doctrinas totalitarias por otros medios. Idealmente, las Farc, integradas a la vida civil, deberían tomar el camino del Frente de Liberación Farabundo Martí, en El Salvador, o de los Tupamaros, en Uruguay, pilares del centro izquierda. Es lo que desea y lo que vende la izquierda democrática colombiana para aspirar, sin el fardo de las Farc al fin, a ser alternativa creíble de poder. Se engaña.

El secretariado de la Farc no cree en la democracia representativa. Su insistencia en una constituyente no es solo para intentar blindar sus crímenes de lesa humanidad de la jurisdicción de la justicia internacional, sino también para socavar los postulados que desde hace 200 años sostienen la institucionalidad colombiana. El M-19 consultaba la Constitución durante la toma a la embajada de la República Dominicana. Las Farc la desprecian. No es lo mismo haber acogido a aquellos, que abrazar a estos.

La opinión pública está siendo movilizada a escobazos en favor de la paz, pero convendría advertir, con el mismo énfasis, que será una paz coja. Al adversario no le interesa la concordia, sino el poder de cualquier manera, sin renunciar a hechos violentos, puesto que son condonados por la moral revolucionaria. La coerción llegará. El chavismo del vecino es su espejo. En la impune paz que se abre camino, la democracia colombiana meterá al seductor en las sábanas.

La insurgencia ha buscado y continuará buscando la destrucción del consenso que hace de Colombia una nación coherente, la misma que ha resistido con tanta entereza y por tanto tiempo el asalto narcoterrorista de izquierda y derecha. Su más visible resultado es la degradación de la justicia y la quinta columna marxista que la despieza. No está, por supuesto, sola. A la descomposición se adicionan factores exógenos al accionar de las Farc: la corrupción, el nepotismo político de las élites, el fundamentalismo ecológico.

Don Sancho Jimeno, defensor de Cartagena en 1697, vivió también la Guerra de la Sucesión Española que, tras un largo y cruel conflicto, culminó en 1713 con un mal arreglo. Para entronizar al borbón Felipe V en España, se aceptó un tratado nefasto que desmembró sus dominios y prolongó los enfrentamientos bélicos con Inglaterra por el control de comercio de América durante un siglo. Primó el interés dinástico.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador

rsegovia@axesat.com

 

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