Rodolfo Segovia S.

Pensamientos en contracorriente

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
julio 05 de 2013
2013-07-05 03:32 a.m.
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En el mundo occidental, una corriente filosófico-política ha creado en las gentes, desde el poder, un sentido de dependencia, un estímulo a la pobreza, hasta convertirla en condición natural. Se ha forjado un Estado de bienestar para pobres que son producto del Estado mismo. El machacar de slogans hace olvidar que no es obligatorio ser pobre,ni depender de un Estado que lo asista. A la gente hay que estimularla, por el contrario, a que evite la pobreza e impida que los gobiernos la conduzcan al penoso estado endémico de adicción a las transferencias gratuitas.

Gobiernos inspirados por esa corriente de pensamiento se interesan en secuestrar al universo y todas las actividades humanas. Es la cima del control de los medios de producción y consumo. Han sido la causa de casi un siglo de miseria, cuando no de despotismo, que tiene a muchos países al borde del colapso. Esas prácticas generan, a la larga, muchos más pobres que las ocasionales crisis económicas, las que, por demás, solo llegan después de que se ha redimido a millones de pobres.

El imperio de la dependencia, ejemplarizado por Hugo Chávez y sus áulicos en Nicaragua, Bolivia y Argentina, se nutre de mentiras y falsas promesas para que las gentes se arrodillen. El no ‘desempobrecer’ es el instrumento para retener la caída de los gobernantes de turno. Se reparten peces, pero sin permitir la pesca. Y peor, cuando alguien aprende honestamente a pescar, se le castiga y confiscan los peces. La libertad de crear se sanciona.

Las gentes ya no practican la caridad, no porque haya dejado de ser una virtud, sino porque ven a los pobres como propiedad y competencia del Estado. Se destruye hasta el incentivo para hacerse cargo de la propia familia; un crimen contra la naturaleza y contra Dios. Resbalando por la pendiente de la pobreza a sueldo, se desciende poco a poco por el camino de la esclavitud del chavismo o de las Farc, desilusionadas de la fuerza.

¿Será ser capitalista el pensar que el capital y la libre empresa son necesarios para construir fábricas, escuelas –muchas escuelas–, hospitales, iglesias, parques y escenarios deportivos? Lo importante no es que el capital se concentre o no, incluido en las transnacionales demonizadas. Lo esencial es que la gente decida cómo emplea lo suyo, poco o mucho, a través de opciones económicas racionales. La asignación de capital debe ser voluntaria para ser óptima.

El problema surge cuando el Estado confisca el capital colectivo para malgastarlo, según su parecer, y para subsidiar, de acuerdo con su burocrática conveniencia. El capital invertido de forma voluntaria es legítimo, pero cuando se le invierte secuestro, y por coerción, no solo se desperdicia y corrompe, también se deslegitima. Los medios, saturados de slogans, se suman a la charada y, cuando disienten, se les acalla a nombre del Estado unánime.

Don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena contra piratas depredadores del capital en 1697, quedó atónito. No alcanzaba a digerir lo que oía. Sobre todo el de “la verdad puede ser dolorosa”, de boca, palabras más palabras menos, del papa Francisco, entonces todavía Bergoglio, cardenal primado de la Argentina. La entrevista que se le atribuye, inspirada, diríase, por Reagan y la Thatcher, es probablemente apócrifa, pero como el Papa está apasionadamente al servicio de erradicar la pobreza, quizá esa sea su forma de invitar a que se reflexione sobre su naturaleza.

Rodolfo Segovia

Exministro – Historiador

rsegovia@axesat.com

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