Rodolfo Segovia S.

Piezas del rompecabezas

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
agosto 15 de 2014
2014-08-15 05:01 a.m.
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Hay tanto por arreglar que los comentaristas han hecho una fiesta de lo que faltó en el discurso del 7 de agosto. Han escrito un rimero de párrafos que no solo desde la izquierda pintan un país descuadernándose y un Juampa mudo y sin brújula. Injusto. Fue explícito al afirmar que a una Colombia pacífica no la para nadie, con propiedad privada y estímulo a la inversión. Saludo a la bandera en dos frases, aunque sin viento en el tricolor.

¿Qué falta? Economistas y politólogos coinciden en que el desarrollo económico anglosajón es consecuencia directa de su seguridad jurídica. En Colombia, los laboriosos avances de dos siglos se han ido desmoronando por despropósitos de la Constitución del 91. Demasiados magistrados eligiendo y legislando desde los estrados, extendiendo competencias que invaden terrenos de otros poderes del Estado y propensos a la corrupción. Y qué decir de excesos y arbitrariedades en las tutelas, que dicen proteger derechos inimaginados y que más de una ocasión han servido para dejar en libertad malandros impenitentes.

En días pasados, nada menos que la Corte Constitucional dejó en suspenso vía tutela una licencia de construcción en regla con el edificio a medio construir. Hasta el Ministerio de Vivienda ha creído prudente interponer un recurso de nulidad contra la sentencia, consciente de que se trata de una ballesta al hígado de la industria. Fundar un negocio en Colombia -trámite que, hay que reconocer, se ha facilitado mucho- es exponerse a mil acechanzas, entre ellas las jurídicas. Agazapados abogados marrulleros -los hay a tutiplén-, peores que Bacrim, buscan el pierde para chantajear con esguinces de los códigos y la connivencia de funcionarios compinches. Todo porque la Constitución es borrosa.

Será que el ministro Reyes nos hará recordar a su padre, un gigante en la Corte Suprema y víctima de la fúrica demencia del M19, y encontrará la llave para reordenar una justicia sin ganas de reformarse y con la potestad de vetar lo que no le guste. Los togados se escudan con desfachatez detrás de la majestad de la justicia, acervo entrañable de los colombianos, que los distingue en el continente y hace parte de la nacionalidad. Ha entuerto que armaron legisladores sin visión en 1991. Hace añorar la Constitución de 1886 más sus bien pensadas reformas y la sabiduría de decantadas interpretaciones y sólidos precedentes (tesoro convertido en polvo). Bastaba peluquearla, pero no. Primó el síndrome del gran estadista en su afán de parir un país nuevo y tirar por la borda la sabiduría jurídica de generaciones. A prepararse para lo que traen las Farc, si las dejan.

La creación de riqueza sin la meta de equidad es ilusoria, no goza de buen recibo en Colombia. Esa riqueza no es kikuyo, no brota espontáneamente. Es fruto de la innovación y el riesgo y de los empresarios que los corren. Lo demás es trasladar rentas de un lado a otro. El catálogo de buenas intenciones para propiciar la competitividad se queda corto si el clima de negocios cojea. La magia de la libre empresa depende de que el candil institucional alumbre.

Don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena cuando se opuso al avance pirático en 1697, miraba con recelo las reformas de Felipe V. Ese redimensionamiento borbónico del Estado en el siglo XVIII desalentó a los súbditos del imperio y propició sublevaciones.

Rodolfo Segovia

Exministro - Historiador

rsegovia@axesat.com


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