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Rodolfo Segovia S.

Política de Estado

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
octubre 19 de 2012
2012-10-19 03:50 a.m.
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Cuesta trabajo explicarse por qué Colombia, tan exitosa en servicios como energía hidráulica y telecomunicaciones, va tan rezagada en infraestructura vial.

Es una maldición ajena al satisfactorio crecimiento del PIB y que, por el contrario, lo está frenando.

No vale la pena ahondar en yerros de ayer.

Están ahí para no repetirlos. Mejor concentrarse en propósitos futuros y, de manera especial, en que Colombia enfrente la globalización a la que ha abrazado con los ojos puestos en su competitividad.

La locomotora vial es metáfora diaria, pero le cuesta echar a andar. Se ha quedado en figuras retóricas.

Idear es esencial, pero con solo ideas no se lleva el pan a la boca. Está haciendo falta una política de Estado.

Política de Estado significa que todas sus agencias trabajen en la misma y unívoca dirección, que haya rumbo.

No está sucediendo. El primer escollo nace en Planeación Nacional. Hace rato que las vías colombianas se negocian en recodos del Congreso, según las apetencias del día, sin el rigor de estudios de costo-beneficio.

Todas las solicitudes merecen atención, pero cuando los recursos son escasos, hay que identificar prioridades y medirlas.

De esa omisión nacen contrataciones acomodaticias, como está por suceder en Antioquia.

La Constitución confiere instrumentos para adquirir predios en aras del interés general. La Nación debe, sin atropellar, pero con agilidad y firmeza, hacer valer la razón pública, con abogados especializados y de tiempo completo. Urge similar tratamiento para las fuentes de materiales.

Disponibilidad de agregados para rellenos y pavimentos a razonables distancias de las obras es la mitad del costo de una carretera. La legislación minera debe liberar, aún retroactivamente, concesiones de calizas y cascajo, cuyos beneficiarios poco aportan al bien común.

El abuso de derechos constitucionales por minorías sofrena la construcción de vías.

Se requiere firmeza del Ministerio del Interior para mantener consultas y peticiones dentro de lo razonable, línea esta última que tiende a cruzarse con impunidad.

Capítulo especial merecen el ingrediente ecológico y los ideologismos que lo acompañan. Las interferencias son, con frecuencia, absurdas y se basan en dogmas emanados de una nueva divinidad, como el veto a atravesar parques nacionales.

En todas partes del mundo sensato, carreteras perfectamente aisladas para el tránsito, sin desviaciones, pasan por reservas ecológicas. Aquí, la dictadura de la naturaleza veda su servicio al hombre, que es el beneficiario último.

Se podría continuar con el catálogo de impedimentos y distorsiones, que se obviarían si la vialidad nacional fuese propósito práctico del Estado. Se acabarían trazados por geometrías endiabladas y trepando loma, como las que se proponen para arrear a Medellín hasta a los que no desean ir, que encarecen las vías y recargan después el valor de los fletes.

Se pondría cuidado en circunvenir zonas deleznables con competentes estudios de geología de superficie, disciplina tradicionalmente abandonada. También se ajustarían aún más los cierres financieros, en lo que se ha progresado.

El tema es, en suma, de voluntad, de política claramente enfocada, más que de costo o de incapacidad para ejecutar, con interventores idóneos. Sancho Jimeno entendía de política de Estado.

Le servía al rey que anteponía la conservación del imperio a cualquier otra consideración. Por ello, defendió a Cartagena con denuedo en 1697.

Rodolfo Segovia

Exministro – Historiador

rsegovia@axesat.com

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