Rodolfo Segovia S.

Sapos vestidos de seda

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
octubre 31 de 2014
2014-10-31 01:41 a.m.
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El presidente Santos receta batracios sin profundizar en el diagnóstico. A don Sancho Jimeno le impusieron al francés Felipe V, un rey Borbón, enemigo ancestral, poco después de su heroica defensa de Cartagena contra los filibusteros en 1697. Tuvo que tragarse unos años más tarde el arribo a Cartagena del comandante de esos malvados, Jean Batiste du Casse, ahora almirante de Francia. Ese fue un sapo dinástico.

Al calor de los mojitos, filibusteros modernos alardean en La Habana. Quizá no todos entienden el sustento filosófico de sus bravatas: somos los buenos, somos las víctimas. ‘Alfonso Cano’ adoctrinó con un discurso ético a los alzados de Marquetalia en 1964 para que sublimaran sus sufrimientos físicos al pasar de alzamiento a revolución.

Validó la resistencia inicial con la premisa de que existía un sistema perfecto de instituciones que trascendía lo inmediato. Con tiempo, disciplina y paciencia llegarían a instaurarlo. Le dio sentido a la huida de los bombardeos. Dejaban de ser simplemente forajidos.

Los herederos de ‘Tiro Fijo’ se mueven en la universalidad moral de la liberación que obliga a separarse de la moralidad de consenso. La búsqueda de la utopía justifica adherir a una nueva ética. Así nace su excepcionalidad como ‘víctimas’. No hay transgresiones, excepto exhibir frialdad revolucionaria.

Las violaciones a los derechos humanos son conceptos de ‘los otros’, que de todas maneras son los mayores violadores al oprimir al pueblo. Pueblo que hay que redimir de su apatía.

Según su propia valoración, los turistas de La Habana son vanguardia de la humanidad: vía, veritas et vita. Han estado llamados a guiar al ignaro vulgo por la senda de la liberación, así el populacho no lo sepa. Las privaciones que el pueblo sufre justifican la violencia como recurso inevitable a nombre de los desposeídos. ¿Cuál ética criptojudaica? Ese código solo se interpone entre el dolor del pobre y la cultura de la resistencia.

La óptica revolucionaria ayuda a entender mensajes como el arrogante discurso de alias ‘Iván Márquez’ en Oslo, hace dos años, o el triunfalismo de ‘Simón Trinidad’ ante la televisión, cuando fue capturado. También asiste para comprender la sicosis agraria de la Farc. Es su cuna. La cuestión las obsesiona, al punto que han insistido en transcribir en el preacuerdo de paz todo cuanto el Gobierno de todas maneras ejecutaba o programaba para el campo. Demuestra su desconexión con la realidad, en un país que es hoy más del 80 por ciento urbano.

Los comandantes congregados en Cuba no serían ya muy eficaces al regresar al mosquito. Lo saben. Su apuesta ahora es empujar para que Colombia acepte el máximo de la visión farcsiana, aunque ya no sea más que una caricatura ideológica. Son inocentes. Son héroes. Nada tienen de que arrepentirse.

Si hubo víctimas fue sin victimarios, meros accidentes de un combate legítimo. Ese es el meollo de su autoestima. No son cínicos, sino incomprendidos. Pero después de tantos años de llanto y empobrecimiento criminal del país por su accionar, la opinión se rebela. Alvaro Uribe parcialmente la encarna.

Malabarismos para llegar a una paz con grados de impunidad (y hasta de enriquecimiento ilícito) quizá repugnarían menos al dorarlos con lo que las Farc, impenitentes, piensan de sí mismas. Aun así, empero, por más que al sapo lo vistan de seda, sapo se queda.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@axesat.com


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