Rodolfo Segovia S.

Tránsito hacia la maldad

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
septiembre 11 de 2015
2015-09-11 04:24 a.m.
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Salvo por la fuerza –impensable–, es iluso buscar términos de arreglo con Maduro. Los degradantes e innecesarios atropellos contra la población más débil a ambos lados de la frontera obedecen a fines innegociables: impedir la derrota en los comicios de diciembre. Elecciones que los chavistas van a ganar, aunque pierdan.

La Venezuela de hoy no nació en la democracia. Después de la disolución de la Grancolombia, fue la finca, salvo muy breves periodos, de una sucesión de a veces pintorescos dictadores. Se recuerda al sibarita, ‘el lustre americano’, Antonio Guzmán Blanco (1870-1888), más dado a permanecer en París que en Caracas.

En la primera mitad del siglo XX reinaron los analfabetos Cipriano Castro (1899-1909), que se hacía llamar ‘el Moises de la República’, y Juan Vicente Gómez (1908-1936), quien, astuto, abrió Venezuela a la prosperidad petrolera. El último dictador del siglo XX fue el general Marcos Pérez Jiménez (1952-58), cuyo derrocamiento inició el ciclo de la democracia petrolera, presidida por Acción Democrática (AD).

La democracia subsidiada se fue agotando hacia finales del siglo, sepultada por la corrupción y el desencanto popular con la dirigencia política. El lánguido final llegó con la amorfa coalición de los ‘chiriperos’ del presidente Rafael Caldera, que en la descomposición allanó el camino de Chávez, el populachero golpista, quien, con su lenguaje ramplón, conquistó a una masa hastiada, mientras mentía sobre sus intenciones.

Lo que sigue es libro de texto sobre cómo capturar la democracia, que lleva a la insensibilidad y la sevicia en la apetencia por el poder. Una advertencia para la descuadernada sociedad colombiana, que bien podría mirarse en el espejo de los ‘chiriperos’. Chávez, bañado en petróleo a 100 dólares, le cumplió a los de abajo; las ‘misiones’ recomendadas por Fidel.

Con esa base de electoral, más haber superado un contrahecho golpe de Estado, inició un una cadena de victorias en las urnas. Muchos venezolanos seguían obnubilados o indiferentes.

Chávez procedió a embolsicarse la democracia. Castró el poder judicial, amordazó la prensa o se apoderó de ella. Con las leyes habilitantes, despedazó la economía de mercado y le echó mano de los medios de producción. Solo se ha tolerado, hasta hora, a los obsecuentes. Y, por último, secuestró la urna, hasta elegir, moribundo o muerto, a su sucesor.

No hay retorno. El ejército está sobornado y en manos del cartel de los soles. La maleante milicia creada por Chávez, se enseñorea en los barrios. Irónicamente, la escasez, consolida al régimen. La tarjeta de racionamiento es el instrumento reina del control social, como lo han demostrado los Castro. Y, mientras tanto, la boliburguesía se roba un país.

La oposición se ilusiona al creer que aún el poder se juega en las urnas. Ya Maduro ha anunciado que con sus milicias y pueblo se irá a las calles en el hipotético caso de perder elecciones. No las perderá. Don Sancho Jimeno, estudioso héroe de Cartagena en 1697, recordaba cómo el gran Carlos V había aplastado la naciente democracia española en 1517, y había afianzado su poder con el oro de las Indias.

La tragedia de la frontera se enmarca dentro del gran plan de arrodillar la democracia. Al decretar el Estado de Excepción y acantonar tropas y guardias en los estados fronterizos, amarra zonas de larga tradición contestataria. De La Guajira al Arauca, las elecciones están jugadas. Con Maduro no hay nada que acordar, aunque quisiéramos.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@axesat.com
 

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