Rodolfo Segovia S.

Usos para el bozal

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
octubre 03 de 2014
2014-10-03 02:17 a.m.
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Con motivo de la reforma del Estado en la Comisión Primera del Senado, vuelve la algarabía de quienes deberían, de oficio, quedarse callados. Pero no, los magistrados de las altas cortes y las cabezas de los entes de control (Procuraduría, Fiscalía y Contraloría) salen olímpicos a opinar, aupados por los medios. El vicio viene desde hace rato, pero de un tiempo acá se ha deschavetado. Cómo le sirve a la justicia y al control de la corrupción que anden dando declaraciones, que dejan entrever, entre otras cosas, aspiraciones presidenciales in pectore.

En países sabios que también optaron por Montesquieu, los magistrados callan.

Hablan solo por intermedio de sentencias, fallos y actos acusatorios, que son lo de su oficio. En Colombia misma solían ser discretos. La profusión de medios y su agresividad –no hay barreras– ha contribuido a hacer trizas la discreción. La tentación de opinar es grande, pero por respeto a sus investiduras deberían resistirla. Mal le sirven a la República los lenguaraces.

En sano orden constitucional, solo el Congreso y el Ejecutivo, que explica y defiende sus ejecutorias, son deliberantes ante la opinión. Los demás: ¡chito! Harían un gran favor. La legislación es asunto de legisladores electos, sin interferencia de quienes, aunque sueldo del Estado, no llegaron a sus dignidades por voto popular. Así como los magistrados y los jefes de los entes de control se escudan detrás de la majestad de la justicia, el Congreso debería amparase en la separación de poderes para rechazar indebidos cuchareos. Una fuerte barda entre ellos contribuiría a la imparcialidad.

No está lejano el ignominioso espectáculo durante el tránsito, hace dos años, del Acto Legislativo para reformar la justicia. Allí se sintió, en su peor manifestación, lo dañino de la interferencia. Magistrados de las altas cortes desviaron una conciliación (en punible ayuntamiento con algunos congresistas interesados) para introducir cláusulas que los beneficiaban directamente. Ante la indignación nacional, el presidente tuvo que torcerle el cuello a la Constitución para corregir el desafuero. Este brinco de micos, más propio de tunantes, estuvo precedido por un concierto de jueces que intervinieron públicamente en causa propia y ambientaron el desmán.

Ahora, de nuevo, a los togados se les está yendo la lengua. Es inaudito que desde sus púlpitos postizos lleguen hasta a insultar al Legislativo (y a los ministros del Interior y Justicia) porque se atreve a proponer y discutir una peluqueada de sus atribuciones y privilegios. Está bien encaminada la reforma del Estado, sobre todo en descontaminar a las cortes de asignaciones que en mala hora le colgó la Constitución del 91. Mientras más independiente el juez, mejor servida la justicia.

Se desampara la majestad de los tribunales al ponerlos a elegir o al tolerar que se abroguen la tarea de legislar. Quizá la reforma debería incluir también la prohibición para altos magistrados, procuradores, contralores y fiscales de postularse para la Presidencia de la República, hasta por lo menos 10 años después de dejados sus cargos. Mejoraría su desempeño.

Don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena en 1697, va más lejos. Recuerda cómo la Inquisición disfrazaba a los que opinaban más de la cuenta con un San Benito amarillo, en el que la capucha hacía las veces de bozal. Útil adminículo este último.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador
rsegovia@axesat.com

 


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