Rodolfo Segovia S.

Como en los viejos tiempos

Como señala Benedicto XVI, cardenales, líderes de facciones, se disputan por los gajes temporales de la Iglesia.

Rodolfo Segovia S.
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Rodolfo Segovia S.
febrero 22 de 2013
2013-02-22 12:23 a.m.
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Cada día afloran desavenencias en la curia pontificia. El Papa mismo desespera. Desacuerdos sobre el gobierno de las tropas eclesiásticas y las finanzas vaticanas que prefiguran una pugna cardenalicia por el poder. ¡Como en los viejos tiempos!

Don Sancho Jimeno era aficionado a la historia de los papas, que a él le llegaba censurada para prevenir herejías. En sus ratos de ocio, antes del ataque pirático que requirió toda su atención en 1697, se entretenía coleccionando relatos papales. Toda una educación.

Intuía que el gran Inocencio III (1198-1216) y algunos de sus sucesores habían logrado la sujeción de lo terrenal a lo divino, al resistir al emperador romano germánico Federico II Hohenstaufen y doblegar a sus herederos. El papa Inocencio aspiraba a la unidad moral del cristianismo en un estado universal bajo la égida pontificia. Su frecuente y a veces reprochable oportunismo nunca le hizo perder de vista que la Iglesia era el intermediario entre Cristo y los fieles. El IV Concilio Laterano proclamó el dogma de la Transubstanciación. Triunfo de la fe.

Empero, entre 1277 y 1292 desfilaron cinco papas menores, varios de ellos abanderados de familias romanas como los Orsini y los Colonna, que hacían casi imposible el gobierno de la Ciudad Eterna. Estaban en juego, a más de la dirección de la cristiandad y sus oportunidades simoníacas, las rentas de los fértiles Estados Papales, la Donación de Constantino, en el centro de Italia. No era cosa de poca monta.

Después de un interregno de más de dos años sin papa por las encontradas ambiciones de los barones romanos y los angevinos de Nápoles, a la postre eligieron a Celestino V en 1294. Este santo monje (después San Celestino), reclutado en su ermitaña cueva por el cardinal Benedicto Caetani, abdicó frustrado y sin entrar en Roma, para regresar a su montaña. Dicen que voces celestiales susurradas por orden del cardenal, a través de un megáfono oculto encima del catre papal, indujeron la renuncia. Su sucesor relámpago será el mismo Caetani, Bonifacio VIII, quien, temeroso de un antecesor suelto, encarceló al papa renunciado. Morirá poco después y será hasta hoy el último papa no cismático en dimitir.

Bonifacio VIII, en conflicto con los nacientes estados que como Francia e Inglaterra emergen del caos feudal, termina mal. Un esbirro francés y un Colonna le maltratan en su propia alcoba –la fatídica jornada de Anagni–. Allí fenece la supremacía papal sobre los reinos de Occidente. Humillado, Bonifacio VIII entrega su alma. Los papas abandonan Roma al exilio en Avignon.

Otras profundas crisis sacudirán al papado antes de la embestida liberal que le despojó de Roma y los Estados Pontificios, y unificó a Italia. Pio IX, que confundía, paranoico, la Iglesia con su poder temporal, embarcó al Concilio Vaticano I (1870) en el dogma de la Infalibilidad Papal ex cathedra. Pontífices más recientes han devuelto la Iglesia a su excelsa tarea de salvar almas, sin comprometer un cuerpo doctrinal a veces cuestionado desde dentro.

El enemigo de hoy es el más insidioso de todos los tiempos. Es la doctrina del todo va, que relativiza valores de manera que ya no hay ni siquiera adversario franco a quien anatematizar. Ingente batalla que se libra al tiempo que, como señala Benedicto XVI, cardenales, líderes de facciones, se disputan por los gajes temporales de la Iglesia. Menuda tarea para su sucesor. Va a hacer falta mucho Espíritu Santo.

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