Sergio Calderón Acevedo
columnista

La venganza de los dinosaurios

Hay que prohibir el letal combustible diésel antes de que el mismo nos provoque Alzheimer o cáncer, y nos haga olvidar el peligro que representa.

Sergio Calderón Acevedo
Opinión
POR:
Sergio Calderón Acevedo
noviembre 22 de 2016
2016-11-20 04:28 p.m.
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Cuando el último dinosaurio murió hace 65 millones de años, nunca imaginó que podría depredar a la especie dominante en la actualidad. Y menos que lo haría 2.600 metros más cerca de las estrellas. Ahora, rondan por toda la capital: tiranosaurios en Kennedy, velociraptors en Chapinero, espinosaurios en Puente Aranda.

Allí devoran a sus víctimas, pequeños niños, ancianos, mujeres, hombres de cualquier edad, color y talla. Devoran sus pulmones, adonde entran por las vías respiratorias, y producen asma, bronquitis, neumonía y, con la mayor crueldad, cáncer. Lo hacen en manada, superando cualquier número imaginable, porque el mismo hombre los liberó, en su afán ilimitado por acceder a fuentes baratas, pero sucias, de energía.

Y ahora, hace pocos meses, la Universidad de Lancaster, en Reino Unido, ha encontrado que estos mismos depredadores atacan imperceptiblemente, ocasionando la demencia, el Alzheimer, la peor peste del presente siglo. Lo hacen ingresando a los buses, camiones, busetas y todos los vehículos que les permiten llegar rápidamente a sus víctimas. En el motor de estos automotores no solamente se produce el letal dióxido de nitrógeno, que causa cáncer y destruye los órganos vitales, sino nanopartículas de magnetita.

La magnetita entra por el nervio nasociliar, en la nariz, conectado directamente al cerebro. Como la partícula de magnetita es tan pequeña, no tiene necesidad de hacer el recorrido por el pulmón, luego por la sangre y después al cerebro. Llega allí directamente, se adhiere al tejido, y va destruyendo la capacidad cognitiva, hasta llevar a su víctima el mortal Alzheimer. El mismo que ocasiona costos de cuidado por paciente de por lo menos 15 millones de pesos al año, además de la destrucción de la vida laboral de los familiares que deben dejar de trabajar para cuidarlos.

Estos reptiles, cuyos tejidos y huesos desaparecieron hace millones de años, hoy nos acompañan como combustibles fósiles, algunos más contaminantes, otros más letales, pero todos condenándonos a perder nuestro planeta, por el calentamiento y por la contaminación. El más común, mortal y barato es el combustible diésel, el gasóleo, el que cobardemente se esconde bajo el inofensivo símbolo químico C12H26. Ese que usan el transporte público, el escolar, el de carga y que gracias a la tolerancia de los gobernantes, sofoca, enferma y mata a los habitantes de las grandes ciudades.

Y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, este problema no podrá ser solucionado en un plazo previsible. Por un lado, el Ministro de Medio Ambiente se declara satisfecho, porque la ley “prohíbe el azufre en el acpm”. Y, por otro, el encargado del tema en Bogotá, el señor Óscar Ducuara, subdirector de Calidad del Aire de Bogotá, declaró recientemente que “el aire de Bogotá es bueno”.

Basta comparar los estándares establecidos por la Organización Mundial de la Salud con las mediciones de las estaciones de la ciudad. Bogotá es una urbe de aire sucio, desde donde se le mire, y la autoridad competente no quiere hacer nada al respecto. Mientras muchas metrópolis europeas están prohibiendo el diésel, Colombia estimula su uso e ignora sus consecuencias.

En nuestro país, hay que prohibir este letal combustible, antes de que el mismo nos provoque Alzheimer o cáncer, y nos haga olvidar el peligro que representa.

Sergio Calderón Acevedo
Economista
sercalder@gmail.com

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