Sergio Calderón Acevedo
columnista

Más violenta que la mafia

La OMS acaba de revelar este dato, a todas luces aterrador: siete millones de muertes ocurren anualmente por exposición a la contaminación del aire.

Sergio Calderón Acevedo
POR:
Sergio Calderón Acevedo
mayo 06 de 2018
2018-05-06 05:35 p.m.
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Uno de los indicadores más utilizados por los ‘violentólogos’ para medir la peligrosidad de un país o de una ciudad, es la famosa tasa de homicidios, expresada como número de muertes violentas en un año por cada 100 mil personas. La lista es encabezada por El Salvador, con 108, le sigue Honduras y luego Venezuela. No muy lejos se encuentra Colombia, en el puesto 15, con una tasa de 26,5. Y, según el mismo gobierno, con el repunte del 7 por ciento en homicidios en lo corrido de este segundo año de ‘paz’, pronto empezaremos a escalar en esta vergonzante lista.

La Oficina de Naciones Unidas para el Crimen y las Drogas (Unodoc) estima que el promedio mundial se puede situar alrededor de 6,2, pero por regiones, la más violenta es América, seguida por África, luego Europa y Oceanía, cerrando la lista Asia, la región más poblada del mundo. Vale aclarar que el cálculo de los homicidios involucra únicamente las muertes intencionales, definidas estas de manera muy estrecha: las que son ocasionadas con armas de todo tipo, incluso a mano limpia.

Falta, sin embargo, incluir otros homicidios intencionales, y no hay otra forma de calificarlos, porque hay décadas de advertencias, y nadie, por lo menos en países como el nuestro, hace algo para evitarlas. Se trata de las muertes ocasionadas por la contaminación del aire, la cual es producida por emisiones de gases tóxicos, por la persistencia en el uso de combustibles fósiles, incluso subsidiados, y por el desprecio de los políticos y gobernantes hacia el tema.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de revelar el siguiente dato, a todas luces aterrador: siete millones de muertes ocurren anualmente por exposición a la contaminación del aire. Es decir, 93 personas por cada 100 mil habitantes del mundo. Únicamente El Salvador, el país más violento del planeta, supera dicha cifra. Los asesinos no son los narcos, ni las bandas criminales, ni los delincuentes que ahora invadieron las ciudades colombianas ante la indiferencia e ineficacia de la Policía Nacional. Ni siquiera matan con armas de fuego, o puñales, o armas contundentes.

Los asesinos son la combustión de los motores, principalmente de diésel, la generación de energía térmica, las industrias, los botaderos de basuras, y el uso de carbón y leña para cocinar y proveer calor. Y sus armas son el cáncer, las infecciones respiratorias, los infartos y las enfermedades pulmonares crónicas.

Para ellos hay impunidad total. Y para los que contaminan el aire no existe la obligación de pagar el costo en la salud pública, ni menos en la limpieza de los estragos que provocan. Por el contrario, los transportadores públicos y de carga, además de los más pudientes, que circulan en lujosas camionetas diésel, adquieren un combustible que es nominalmente más barato que los menos contaminantes, beneficiándose de un subsidio inmerecido.

El 30 de octubre, la OMS, a la cual pertenece Colombia, llevará a cabo la primera Conferencia Mundial de Contaminación del Aire y Salud. Allí debemos estar y asumir los compromisos evadidos durante tantas décadas. Entre ellos, la prohibición inmediata del diésel, y de los motores de combustión a partir de 2030, como se ha hecho ya en varios países europeos.

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