Sergio Calderón Acevedo

Metro a la medida

Sergio Calderón Acevedo
Opinión
POR:
Sergio Calderón Acevedo
febrero 15 de 2016
2016-02-15 12:33 p.m.
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Sobre la ciudad alemana de Wuppertal ‘flota’ un monorriel que, a lo largo de 13,3 kilómetros, transporta, en una sola línea, a más de 82 mil pasajeros diarios. Gran desempeño para una urbe que cuenta con tan solo 360 mil habitantes. El sistema fue diseñado e implementado a partir de 1897 e inaugurado en 1901. Aún opera, después de más de cien años, y se mantiene en óptimas condiciones gracias a un esmerado mantenimiento y a la permanente modernización de sus equipos. Los más recientes son del 2015 y parecen vehículos salidos de una película futurista.

El metro de Wuppertal cuenta con 20 estaciones aéreas y está sostenido por 486 cerchas de acero equidistantes, que se sostienen sobre pilotes clavados a lado y lado de la calle, o del río, pues los vagones hacen la mayor parte de su recorrido siete metros sobre el agua de un cristalino caudal que lleva el nombre de Wupper, el mismo del valle donde está toda esta infraestructura. Para mejor ilustración, vale la pena consultar el portal http://www.schwebebahn.de/.

A esta espina dorsal del transporte público, de 26 trenes, la complementan 261 buses y toda la red es operada por tan solo 700 empleados. Para construirla se utilizó una tecnología de hace más de un siglo, no requirió excavar costosos túneles ni paralizar la movilidad de la ciudad, pues su ingeniería es eficiente, segura, limpia y muy poco invasiva.

El modelo del metro de Wuppertal puede ser muy bien adaptado a Bogotá, con las evidentes ventajas de ahorro en costos y tiempos de construcción. Y tiene otras que vale la pena tener en cuenta: sistema limpio y sostenible, sin huella de carbón; no compite por el espacio vehicular, lo que sí sucede con un tranvía convencional; no se inunda, lo cual sí ocurrirá inevitablemente con el ‘petro-metro’; la línea aérea no puede ser bloqueada ni los equipos vandalizados por los desadaptados sociales que paralizan continuamente Transmilenio; es modular y las diferentes líneas pueden ser fácilmente conectadas sin complejas y costosas construcciones.

A todo lo anterior se puede añadir que el esquema de estaciones permite contar con locales comerciales en ellos, los cuales pueden generar actividad económica adicional e ingresos no operacionales por el arriendo de los mismos en beneficio del Distrito, que sería su propietario.

También hay que tener en cuenta que ‘armar’ la estructura de cada línea implica utilizar gran cantidad de mano de obra, que hay que empezar a ocupar ante la inminente tormenta económica de los próximos meses o incluso años, y que se vislumbra con el derrumbe de las bolsas mundiales y con el freno ya palpable de la economía local.

Finalmente, y puede ser una de las mayores virtudes, la construcción aérea, a la vista de todos los ciudadanos, permitirá una más efectiva interventoría ciudadana. Algo que no es posible en los profundos socavones de corrupción de las obras de los alcaldes del recién y oscuro pasado de la capital.

Tiene muchísima razón el alcalde Enrique Peñalosa cuando manifiesta que la mayor parte del futuro metro de Bogotá debe ser aéreo. Los argumentos no son únicamente económicos, aunque satisfacen la obsesión de quienes evalúan la virtud de la obra únicamente por el costo de construcción de un kilómetro. El metro ‘flotante’ es un ejemplo de sostenibilidad, limpieza, eficiencia e inclusión. El modelo de Wuppertal es digno de imitar.

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