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Fue una jornada de locos. Así podría resumirse lo ocurrido ayer en la Bolsa de Madrid, cuando los precios de las acciones llegaron a subir 6 por ciento en un comienzo, para acabar cerrando el día con una caída del 0,5 por ciento.
Por su parte, la prima de riesgo de los bonos españoles a diez años de plazo, frente a los papeles alemanes equivalentes, descendió hasta los 462 puntos básicos, para terminar la sesión en 521.
Eso quiere decir que la rentabilidad exigida para la deuda ibérica vuelve al insostenible nivel del 6,5 por ciento anual.
Semejantes altibajos son llamativos, porque ocurren justo después de que la Unión Europea decidiera darle una mano durante el fin de semana a España.
Agobiado por el tamaño de sus obligaciones públicas, el Gobierno de Mariano Rajoy se había quedado sin espacio para salvar al sector financiero, que requiere al menos de 100.000 millones de euros para recapitalizarse y limpiar sus balances contaminados por la explosión de la burbuja inmobiliaria.
Si bien el monto definitivo todavía está por determinarse, la ayuda comunitaria era fundamental.
El monto mencionado equivale al 10 por ciento del Producto Interno Bruto español, el cual tiene un abultado saldo en rojo en sus finanzas y ha adoptado un durísimo plan de austeridad para reducirlo.
Con el rescate lanzado por Bruselas, ahora la cuenta inicial será pagada por otros.
Lo anterior no quiere decir que el apoyo sea sin condiciones. Desde un comienzo se ha dejado en claro que se trata de un préstamo en condiciones favorables, pero que deberá ser cancelado en su totalidad, eventualmente.
Al mismo tiempo, habrá un mayor nivel de supervisión sobre las entidades que reciban los fondos, lo cual puede llevar a que los accionistas actuales salgan castigados y a que determinaciones más estrictas se impongan desde afuera.
La incertidumbre sobre las condiciones precisas del paquete de ayuda explica en parte la transición entre la euforia y la decepción, que marcaron ayer la marcha de la bolsa madrileña.
Pero el otro factor importante es la percepción de que los correctivos de fondo no se han tomado en Europa por lo cual, así se haya sorteado una crisis, la siguiente está a la vuelta de la esquina.
De tal manera, las inquietudes se han desplazado de los bancos ibéricos a Grecia que se juega, literalmente hablando, su futuro en las elecciones del próximo domingo.
La posibilidad de que triunfe el partido de oposición que ha prometido renegociar los términos del ajuste sin que haya clima para ello, ha vuelto a encender las alarmas entre los observadores. Debido a esa circunstancia, han retornado los escenarios que hablan de una salida forzada de Atenas de la zona euro, lo cual podría ser devastador para la unión monetaria.
Y si este obstáculo se supera, otra vez los señalamientos se dirigen a Italia.
Con una deuda pública que asciende a dos billones de euros y equivale al 120 por ciento de su PIB, la nación mediterránea arrastraría a todo el Viejo Continente en su caída.
Es cierto que tiene particularidades que la diferencian de España, como un desempleo mucho menor, un déficit fiscal inferior o un sector financiero relativamente fuerte, pero aun así no la tiene nada fácil.
Una de las razones es que políticamente es mucho más difícil de gobernar y el primer ministro Mario Monti –a pesar de ser reconocido como un buen técnico– corre el riesgo de ser tan efímero como muchos de sus predecesores.
Todo lo anterior implica que el tema de fondo no está solucionado, con lo cual la volatilidad seguirá siendo la constante y no la excepción.
Por cuenta de esa situación, la espada de Damocles que pende sobre Europa no será descolgada hasta tanto el peso de la deuda disminuya. Y a juzgar por lo visto en los últimos días, eso va a demorar no unos meses, sino muchos años todavía.
Ricardo Ávila Pinto
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