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La Convención Bancaria que por estos días tiene lugar en Cartagena sucede mientras el país atraviesa por una buena coyuntura, a pesar de las importantes incertidumbres respecto al futuro, sobre todo en el plano internacional.
Así, la mayor duda proviene de Europa, más allá del repunte que experimentaron ayer los mercados bursátiles ante la flexibilización de la postura de Alemania.
Por el lado de Grecia, la inquietud radica en si el plan de austeridad necesario para contar con la ayuda comunitaria será políticamente aceptado tras las elecciones parlamentarias del próximo 17 de junio. Si no lo es, Atenas tendrá que salir del euro, con imprevisibles consecuencias.
Por el lado de España, la pregunta está en la vulnerabilidad de sus entidades financieras, a pesar del apoyo que vendría de Bruselas.
Un descalabro europeo –hay que insistirlo hasta la saciedad– sin duda afectará la economía mundial. Es posible que a Colombia no la golpee de manera directa, porque nuestras relaciones económicas con el Viejo Continente son relativamente limitadas, pero habría efectos perniciosos, generados principalmente por la caída en los flujos comerciales y el desplome en las cotizaciones de las materias primas que exporta el país.
A su vez, Estados Unidos y China tienen una capacidad de reacción limitada, debido a los esfuerzos realizados en el pasado reciente.
Sin embargo, mientras no ocurra un escenario catastrófico, el parte proveniente de Colombia es positivo.
No solo la demanda interna luce fuerte, sino que las principales actividades muestran cifras aceptables, aceptando que hay una desaceleración en curso.
En medio de ese panorama, la banca local luce sólida, a diferencia de la europea. Así como pasó durante la crisis de hace cuatro años, cuando las instituciones financieras colombianas no sintieron de manera grave los efectos de la debacle global, todo indica que ahora está presente la misma –o incluso mayor– fortaleza.
Para comenzar, el sector arroja buena utilidades y está bien solventado, aparte de contar con un sano nivel de provisiones en los balances.
Sin embargo, el equipo económico sí enfrenta un reto importante. La pregunta es qué hacer con el crecimiento del crédito, cuya evolución ha sido llamativa. Aunque este año el crecimiento se ha venido moderando, en mayor medida en la cartera comercial y en menor en la de consumo, hay quienes quisieran ver que los frenos se apliquen con más determinación.
Las principales inquietudes se concentran en el tema de los préstamos de consumo, por cuenta de varios indicadores.
De una parte, el grado de endeudamiento de los hogares para este fin ha llegado a los niveles que exhibió antes de la crisis de 1999. De otra, los ritmos de incremento de la cartera vencida han empezado a acelerarse, y ahora están por encima del 30 por ciento.
Es verdad que el índice de calidad de la misma aún no ha tenido deterioros significativos, pero existe la alarma temprana mencionada, a la cual hay que prestarle mucha atención.
Las autoridades están ciertamente preocupadas. Recientemente endurecieron el régimen de provisiones que debe constituir la banca, como una señal de que no tolerarán un relajamiento en los procesos de asignación del crédito.
Tal como fue diseñada la medida, los parámetros podrán ser más o menos estrictos, dependiendo de las condiciones del momento.
Pero se requiere alcanzar un equilibrio difícil.
Por una parte, la economía se ha sustentado en el crecimiento de la demanda, y particularmente del consumo, que a su vez se ha beneficiado de condiciones propicias en el acceso a préstamos. De tal manera, si el torniquete se aprieta demasiado, el peligro de un estrangulamiento es real, pero si no se hace nada es posible que se incuben futuros dolores de cabeza.
Lo que se diga en la cumbre bancaria aclarará cómo es que los responsables de las decisiones piensan definir ese dilema.
Ricardo Ávila Pinto
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