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Han pasado siete años desde cuando en abril del 2005 el entonces presidente de Colombia, Álvaro Uribe, hiciera una visita de Estado a China. En ese periodo, el comercio entre ambas naciones sumó 1.853 millones de dólares.
Ahora que llega el turno de Juan Manuel Santos, quien mañana arribará al aeropuerto de Pekín y el jueves seguirá a Shanghái, las cosas son a otro nivel.
El intercambio bilateral ascendió en el 2011 a 10.165 millones de dólares, es decir 5,5 veces más. Por cuenta de esa situación, China es a la vez el segundo destino de las exportaciones colombianas y el segundo proveedor de nuestras importaciones, por debajo de Estados Unidos.
Semejante evolución no tiene precedentes en la historia del país, sobre todo si se tiene en cuenta que hace dos décadas el volumen de las negociaciones combinadas no pasaba de los 100 millones de dólares.
Pero esa transformación es elocuente y refleja de alguna manera lo ocurrido en un planeta, que siente cada vez más la influencia y la presencia de la nación más populosa de todas.
Con algo más de 1.300 millones de personas, la economía china es la número dos del globo y los más diversos expertos coinciden en que llegará al primer puesto en pocos lustros.
Por tales razones, la gira de Santos no puede describirse como una cita más.
Se trata, en pocas palabras, de estrechar lazos entre dos capitales que están a miles de kilómetros de distancia, pero que están conectadas en múltiples formas, tanto directa como indirectamente. Quien lo dude no tiene más que tener en cuenta que buena parte del auge que ha vivido Colombia en los últimos tiempos, explicado por el alza en los precios de las materias primas, tiene su raíz en el apetito chino que nace de una tasa de crecimiento promedio superior al 9 por ciento anual desde 1980.
De tal manera, no se trata tan solo de promover las exportaciones o las inversiones en uno y otro lado.
También hay que entender que el eje geopolítico mundial se ha desplazado hacia el otro lado del Pacífico y que los colombianos tienen que conectarse mucho más con esa realidad. Si bien tradicionalmente hemos recibido la influencia europea y norteamericana, ahora es necesario incluir un tercer plano, algo que –más que opcional– es obligatorio.
Empezar a comprender a un socio tan reciente y que aumenta en importancia tan vertiginosamente no es fácil.
Por eso es necesario hacer la tarea, tanto a nivel diplomático como del sector privado. Ello implica efectuar inversiones para tender puentes, con la claridad de que algunas semillas solo van a germinar en el largo plazo.
A la hora de hacer las cosas, Colombia tiene varios ejemplos a seguir en América Latina.
Y es que a decir verdad el país se encuentra rezagado frente a lo que han hecho brasileños, mexicanos, peruanos o chilenos, quienes entendieron más temprano que su porvenir pasa por los mercados asiáticos.
Debido a ello, la proporción de las exportaciones que destina la región a China es el doble de la nuestra.
Sin duda alguna, esa es la causa del enorme resultado en contra que existe en la balanza comercial.
Según el Dane, el saldo en rojo con los chinos ascendió a 5.676 millones de dólares en el 2011, un dato que contrasta con los 290 millones en negativo del 2000 o los 1.226 millones del 2005. Y aunque en lo que va del año dicha diferencia se ha reducido un poco, pues las exportaciones a febrero crecieron 216 por ciento, lo que vende el país está concentrado en tres productos: hidrocarburos, carbón y chatarra.
Por tal motivo, y sin desconocer lo sucedido en los últimos años, la visita presidencial a Pekín debería servir para hacer un análisis descarnado y concluir que falta mucho por hacer.
Algunos se derrotarán ante el desafío, pero no está de más recordar los casos de éxito que abundan en el vecindario, los cuales prueban que equilibrar las cargas con China es difícil, pero no imposible.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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