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No es exagerado decir que nunca antes en la historia del mundo unas elecciones parlamentarias en Grecia habían despertado tanta atención, como las del fin de semana pasado.
Así estas hubieran ocurrido en la cuna de la democracia, se trata de un país relativamente pequeño, cuya economía no aparece dentro de las primeras cuarenta en el planeta, tras haberse contraído en cerca de 20 por ciento desde el 2008.
Pero aun así, del resultado en las urnas en la nación helénica dependía la suerte del euro, la moneda que comparten 17 Estados en el Viejo Continente.
Y es que los partidos en contienda tuvieron como elemento central del debate el plan de austeridad que en su momento fue adoptado por Atenas para poder cumplir con sus obligaciones públicas y cuyo respeto es clave para que siga vigente un inmenso programa de ayuda aprobado en marzo.
Como es bien conocido ahora, el triunfador fue la Nueva Democracia, una colectividad que respalda la senda ya trazada, la misma que fue diseñada con la participación de Bruselas y el Fondo Monetario Internacional.
Aunque la victoria no fue absoluta, el plan es hacer una coalición con su rival tradicional, el Pasok, lo que asegura la gobernabilidad de la alianza.
Eso quiere decir que la posibilidad de que los griegos abandonen la moneda comunitaria ha quedado, al menos, pospuesta.
Por cuenta de esa realidad, en muchas latitudes se escuchó un suspiro de alivio, pero sobre todo en la parte norte del Pacífico mexicano, en donde se reunieron los líderes que componen el Grupo de los Veinte y unos cuantos invitados más, incluyendo a Colombia. Ante la postergación del peligro de una debacle financiera, los mandatarios se mostraron optimistas y hablaron de medidas para impulsar la producción y el empleo, ante la desaceleración en el ritmo del crecimiento en todos los continentes.
Pero el entusiasmo duró poco.
Escasas horas tras el cierre de las urnas griegas, las bolsas europeas tuvieron, con pocas excepciones, una jornada en rojo, mientras que en el continente americano las cosas no anduvieron mucho mejor.
El caso más crítico fue el de España, en donde la prima de riesgo de los bonos ibéricos llegó a su nivel más alto del siglo, superando la barrera simbólica del 7 por ciento anual.
Como si lo anterior no fuera suficiente, las acciones en la bolsa madrileña tuvieron una caída de casi el 3 por ciento, lo que constituye un anticipo de mayores inquietudes.
¿Cuál es la causa de que las buenas noticias tengan tan poco efecto? Para responderlo en pocas palabras, la percepción generalizada es que por ahora hay más palabras que hechos.
Puesto de otra manera, en Atenas se prepara un nuevo Gobierno, pero este tiene que lidiar con una nueva ola de recortes que abarca la eliminación de 150.000 puestos públicos y hacer efectivo un programa de privatización de activos estatales que no despega.
Por su parte, el Gobierno de Mariano Rajoy logró el compromiso de la Unión Europea de otorgarle a los bancos españoles hasta 100.000 millones de euros para que se recapitalicen y puedan soportar el golpe del reventón en la burbuja inmobiliaria.
El problema es que los detalles del programa de rescate todavía son difusos, mientras que persisten las dudas generales sobre la cohesión al interior de la Unión Europea y la capacidad del bloque de países para contener la avalancha.
Como si lo anterior fuera poco, más de uno quiere pescar en río revuelto. Es indudable que existen especuladores que apuestan en contra de la sostenibilidad de España en particular y del euro en general.
Así la suerte del planeta esté en juego, también lo están millonarias inversiones que aparecen en épocas de turbulencia.
Debido a ello, lo más posible es que el camino siga siendo culebrero por un tiempo largo. Nadie, claro está, desconoce que Grecia salvó un desafío político inmenso, pero la verdad es que la ruta seguirá llena de trampas hasta nuevo aviso.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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