Sergio Calderón Acevedo
columnista

Peor que el cuatro por mil

Los descuentos de los bancos por uso de sus productos son tan altas, que hacen ver al 4 por mil como un incómodo, pero insignificante impuesto.

Sergio Calderón Acevedo
POR:
Sergio Calderón Acevedo
julio 03 de 2017
2017-07-03 06:39 p.m.
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A finales de 1998, el Gobierno Nacional expidió el decreto que creó el antitécnico gravamen a los movimientos financieros. Un adefesio de creación local, que no ha sido imitado en ningún otro país, de la forma indiscriminada como aquí se aplica. En los demás Estados donde existe, o ha existido, se gravan las transacciones en los mercados de valores o en los de divisas como instrumento estabilizador, pero no como herramienta abiertamente fiscalista.

Desde su creación como impuesto temporal, se habla recurrentemente de abolirlo, pero los ministros de Hacienda de turno, como adictos a sus efectos en caja, se niegan siquiera a tratar el tema. Por el contrario, lo duplicaron y lo volvieron permanente con el paso de los años, y no falta quien proponga incluso incrementarlo. Mientras tanto, los usuarios del sistema financiero sufren este ‘peaje’, que, sumado a los demás tributos, que hacen de Colombia medallista en el tema de tarifas, roba parte de la capacidad de ahorro de los agentes de la economía. Ya no sirve para recuperar sistemas financieros quebrados, reconstruir ciudades afectadas por desastres naturales, ni para nada diferente a sumar a los recursos que luego se roban los contratistas, políticos y hasta fiscales.

Pero, volviendo al tema, los usuarios del sistema financiero soportan la pesada carga, pensando que es onerosa e injusta. Mientras tanto, los bancos, que con tanto celo cuidan sus ahorros, pero a duras penas pagan una mínima tasa por ellos, cobran otros gravámenes mucho más altos y que no llegan al Estado, sino a sus pocos accionistas, en forma de elevadas utilidades. Con ello se completa un ciclo que hace a los ricos más ricos, en el país más desigual del mundo. Las comisiones y descuentos de los bancos por el uso de sus productos y por transacciones como transferencias, depósitos, pagos, recaudos o uso de sus medios de pago son tan altas, que hacen ver al 4 por mil como lo que es: un incómodo, pero insignificante impuesto. Dichas comisiones pueden incluso superar el 20% en muchas operaciones de cambio.

Y todo ello a pesar del creciente y ya dominante uso de medios electrónicos. Asumir cargos por pagos de servicios, o de tarjetas de crédito, por transferencias a otras cuentas o, incluso, por recibir pagos del empleador o de clientes, cuando el usuario le ahorra al banco el uso de sus instalaciones, el tiempo de sus cajeros, la supuesta seguridad de sus vigilantes o cualquier otro recurso, es anacrónico y contrario a la tendencia mundial.

Deben los bancos y las superintendencias aprender del caso europeo, del Sepa (Single Euro Payment Area), que obliga a los bancos europeos a invertir en tecnología y a interconectarse para que haya mayor competencia y para que cualquiera de los 500 millones de ciudadanos escoja el banco que menos le cobra por los mismos servicios.
Ello ha hecho que cualquier europeo que visite otro país de la zona pueda realizar pagos sin comisiones o, incluso, tener sus cuentas en un país que no es el de su residencia.

Imponer al sistema financiero colombiano medidas similares y crear un ambiente para mayor competencia, es un camino hacia la competitividad y el mejor trato a los consumidores. Pero, además, contribuye a la formalización y a una mayor bancarización para evitar el lavado, la evasión, el fleteo y tantos crímenes que nacen alrededor de un sistema financiero cerrado por el excesivo costo de todos sus productos.

Sergio Calderón A.
Economista
sercalder@gmail.com

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