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Los caballos son amigos a todo ‘galope’
enero 6 de 2012 - 6:25 pm
Por primera vez, Steven Spielberg ‘dirige’ a un animal para un filme
Steven Spielberg no ha hecho muchas películas con caballos, si acaso las de Indiana Jones, donde el animal lo único que tenía que hacer era transportar al intrépido arqueólogo de un lado a otro.
Por eso, en Caballo de guerra enfrentó un reto, pues aquí el animal es uno de los protagonistas.
Sin embargo, el vivir rodeado por estos animales en sus últimos 15 años, y que su hija de 14 años sea una equitadora de concursos de salto, lo ha sensibilizado frente a ellos.
“Por estos motivos he aprendido cuán expresivos son estos animales”, dice en una entrevista facilitada por Disney.
Usted descubre ‘Caballo de guerra’ a partir del libro y de su adaptación para teatro. ¿Cómo fue esa experiencia?
Lo descubrí gracias a Kathy Kennedy (productora y socia), quien ya había visto la obra teatral en Londres y la conmovió mucho.
Luego, Stacey, cabeza de mi compañía DreamWorks, voló hasta allí para ver la obra y estuvo de acuerdo con Kathy acerca de lo poderoso que es el relato.
Era con unas magníficas marionetas en el escenario, pero nosotros sabíamos que si íbamos a contar esa historia, debíamos hacerlo con caballos reales. Entonces hicimos la oferta para comprar los derechos, aún antes de que yo la hubiese visto y sólo basado en la historia, que me pareció muy interesante.
También leí el libro de Michael Morpurgo, justo después de que Kathy y Stacey vieron el show en Londres.
Amé la novela, que está contada desde el punto de vista de Joey. Uno hasta puede ‘escuchar’ los pensamientos del animal.
Sabía que no podríamos replicar eso para el cine, pero me hizo entender la historia desde diferentes puntos de vista.
¿Cuáles son los temas de ‘Caballo de guerra’ que fueron más importantes para usted?
Caballo de guerra habla mucho de la valentía: el valor de este muchacho y todo lo que él resiste y sobrepasa hasta alcanzar lo que necesita, no sólo para él mismo, sino también para su mejor amigo: su caballo, Joey.
También trata del coraje y la tenacidad de este extraordinario animal. El tema de la valentía aparece una y otra vez en la obra teatral, en el libro de Michael Morpurgo y en el guión de Lee Hall y Richard Curtis. Creo que ese es el tema subliminal que tiñe nuestra película.
¿Cómo hizo para adaptar la historia a la pantalla?
Lo primero que tomé del libro –y que me inspiró cuando vi la obra en teatro– fue la idea de que una familia que está aplastada por el tacón de un propietario muy estricto e implacable necesita tiempo para triunfar con su granja.
El padre, alcoholizado, compra un caballo para arar y salvar así el campo. Pero el animal que compra, al que llama Joey, no está en condiciones de tirar del arado porque su raza no sirve para eso.
Pese a ello, con una tenaz fe mutua, su joven hijo, Albert, y Joey generan un lazo especial entre ellos. Juntos son capaces de, al menos, intentar salvar la granja arando ese pedregoso e infértil terreno.
Eso crea tal sinergia y colaboración empática entre el animal y el muchacho que, cuando se ven separados a causa de la Primera Guerra Mundial, y el caballo es enviado a servir en las trincheras como bestia de carga, la audiencia realmente sabe que, en algún punto, ambos tendrán una cita con el destino. Allí está la clave.
¿Cómo se enfocó en elegir al actor que interpretaría a Albert?
Para el papel de Albert quería a alguien completamente desconocido. Joey, el caballo, era una cara nueva, así que pensé en buscar cierta paridad: si el caballo es desconocido, dejemos que el muchacho también.
Por eso no consideramos a nadie que ya fuese popular para la audiencia de televisión o los amantes del cine. Así escogimos a Jeremy Irvine.
Las interpretaciones y las emociones que usted obtuvo de los caballos deben haber sido muy satisfactorias.
Quiero creer que los caballos sabían exactamente lo que estábamos haciendo e interpretaron sus partes tal como Emily Watson o Peter Mullan hicieron las suyas. Todos eran actores. En algunos momentos de la película ni siquiera decía lo que los caballos tenían que hacer; ellos simplemente estaban en una escena y reaccionaban de maneras que nunca hubiera imaginado.
A veces sólo tienes que sentarte y agradecer que los caballos tengan, de algún modo, la inteligencia como para saber que se requiere algo de ellos, algo que ninguno de nosotros podía explicarles pero que ellos, intuitivamente, son capaces de entregar llegado el momento de una escena.
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