Marzo 26 de 2009 - 8:48 pm
Don Sancho Jimeno no era hombre de comercio. La espada, como lo demostró peleando contra los bucaneros que asaltaron el San Luis de Bocachica en 1697, era lo suyo. Desde sus tierras, sin embargo, suministraba vituallas para las flotas que recalaban en Cartagena. Lamentaba su decadencia.
Don Sancho sabía que el impuesto para solventar los costos de la defensa de los convoyes (la avería) se tasaba ad valórem sobre la mercancía. Con la contracción del tamaño de las flotas, el gravamen podía llegar hasta el 10 por ciento. Encarecía el intercambio legítimo y estimulaba el contrabando. Era un círculo vicioso. El despacho anual de los galeones se había venido espaciado hasta casi desaparecer. A falta de tráfico internacional, don Sancho dependía de la demanda local para la prosperidad de sus haciendas.
Después de un periodo de desprevenida somnolencia el país parece estar despertándose. Varios meses de cifras asustadoramente negativas han sacudido al Gobierno en sus llamados a agilizar el gasto y al Banco de la República en tasas de interés para darse por enterados de la gravedad de la crisis externa. Ya era hora.
Mientras don Sancho se desgañitaba por allá en agosto pidiendo acción, los responsables de la economía se apoltronaban, por cuenta de la solidez del sector financiero, en un plácido: Colombia está blindada. ¡Qué blindada ni qué niño muerto! La sacude una arrolladora calamidad recesiva como no se conocía desde hace más de medio siglo.
Pocos niegan que la política económica colombiana en lo que va del siglo XXI, con lunares aquí y allí, ha sido plausiblemente responsable. La buena nota se aplica a la fiscalidad, a la deuda externa y al manejo monetario. Todo sustentado por el empuje del comercio exterior, las remesas, y el flujo de capital internacional hacia el sector productivo. Se acabó la fiesta. El motor pistonea. La tabla para mantenerse precariamente a flote hay que encontrarla, como don Sancho, en la demanda interna. Y hay que encontrarla antes de que el pesimismo se apodere del país y, como ha sucedido en otros lugares, entorpezca la aplicación de una política anticíclica.
Están apareciendo algunas fórmulas imaginativas como la del Sena con capacitación ampliada recurriendo a sus reservas. Pero depender para estimular la demanda de la expedita ejecución de planes por las administraciones regionales o de grandes obras públicas con crédito externo es ilusorio. Algunos entendidos piden paciencia. Arguyen que el Ministerio de Transporte ha estado entrenándose durante siete años de modestos logros para enfrentar con entereza la crisis. Más eficaz, empero, sería poner plata de inmediato en manos del consumidor. Y nada sería tan rápido como reducir el precio de la gasolina y el acpm a los niveles equivalentes al valor actual del barril de petróleo, más sus impuestos.
En las justificaciones para mantener artificialmente alto el importe de los combustibles se omite mencionar que los impuestos representan el 37 por ciento. Una nada despreciable bonanza que calladamente multiplicó por cinco esa tributación en dos años, sin contar el vertiginoso incremento de las utilidades que Ecopetrol transfiere al estado. ¡Ah caray!
El Fondo de Estabilización para los combustibles tiene su mérito. El precio del crudo aumentará algún día y en condiciones normales seria sabio precaverse. Lo que don Sancho cuestiona es su oportunidad.
rsegovia@axesat.com [4]
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