Junio 12 de 2012 - 11:19 pm
El sueño europeísta del siglo pasado se encuentra al borde del abismo existencial. Europa pasó de la unión aduanera al mercado común, y de allí, a la libre circulación de personas, capitales, bienes y servicios.
El mundo se mantuvo inicialmente maravillado por este portentoso experimento político de sesión de soberanía nacional a favor del federalismo y democracia sin límites hasta que sobrevino la Unión Monetaria plasmada en el Tratado de Maastricht.
Al examinar la crisis de la Eurozona de los últimos cuatro años, se identifican los siete pecados capitales del euro, que explican el infortunio de la integración monetaria.
La moneda única era la culminación de la unificación pacífica de Europa, arruinada por el nacionalismo nazi de la Segunda Guerra Mundial.
Al ceder la soberanía de su signo monetario a favor de una moneda fuerte –construida a imagen y semejanza del marco alemán– no era posible dar marcha atrás. De eso se trataba.
A diferencia de los acuerdos internacionales suscritos entre Estados regidos por la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados de 1969, el Tratado de Maastricht no comprende cláusulas de salida, su primer y principal pecado de arquitectura legal, que tiene entrampada a Grecia y amenazada a España e Italia, y por qué no decirlo, a todo el planeta.
La laxitud aplicada para el ingreso a la Eurozona es el segundo pecado capital; la clase política dominante calculaba, entonces, el éxito del euro por el número de solicitantes, fenómeno que le permitió a Grecia falsificar sus estadísticas para garantizar su adhesión y facilitó el ingreso de Italia y Portugal a la Eurozona sin cumplir los requisitos de convergencia exigidos por el Tratado Maastricht. Al admitir países sin asomo alguno de disciplina fiscal se entronizó el tercer pecado, el gasto sin control.
El cuarto pecado se deriva del anterior, el endeudamiento sin límites.
En la medida que ingresaban nuevos miembros sin disciplina fiscal, la lenta toma de decisiones se convirtió en la norma y la pobre gobernabilidad del euro salió a la superficie como el quinto pecado, especialmente después de la quiebra de Lehman Brothers.
Los exorbitantes gastos de la reunificación alemana y la conversión de paridad de los marcos alemanes se tradujeron en la violación de los topes fiscales y de deuda impuestos por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento.
Alemania perdió autoridad frente a los demás miembros de la Eurozona y contribuye con el sexto pecado.
Por último, el Tratado de Maastricht adolece de las herramientas técnicas necesarias para exigir una disciplina monetaria que soporte el euro y evite quedarse con el pecado –el séptimo– y sin el género, el euro.
Andrés Espinosa Fenwarth
CEO de Inverdies
andresespinosa@inver10.co
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