Horacio Ayala Vela
COLUMNISTA

¿Reforma integral o estructural?

Horacio Ayala Vela
Opinión
POR:
Horacio Ayala Vela
junio 14 de 2016
2016-06-14 09:20 p.m.
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Hasta donde alcanza la memoria se viene clamando en Colombia por una verdadera reforma tributaria, porque a los remiendos nos tienen acostumbrados los sucesivos gobiernos. La Comisión de Expertos se refiere en sus recomendaciones a una reforma "estructural", lo que podría interpretarse como la estructuración de un régimen tributario, pero sin definir su alcance. Quizá sería mejor hablar de una "reforma tributaria integral", que refleja de mejor manera las necesidades del país, en cuanto comprendería todos los elementos de la tributación.

Pero es indispensable que coincidan varias circunstancias para lograr una reforma como la que necesitamos. En primer lugar la voluntad política; hace diez años, cuando se discutía el mismo tema, citábamos unas frases del profesor Vito Tanzi, que mantienen su vigencia: “...además de tiempo, las reformas fiscales auténticas requieren un compromiso del gobierno, que debe utilizar parte de su capital político para lograr unos cambios en el sistema, al tiempo que grupos específicos afectados pueden organizarse para oponerse a ellos, lo cual incrementa el costo, en especial si esos grupos tienen poder político”.

Seguramente el Gobierno tiene el compromiso y además cuenta con mayorías suficientes para sacar avante el proyecto que requiere el país; sin embargo, las presiones de tiempo y las angustias económicas pueden dar al traste con las buenas intenciones. Porque no se trata simplemente de regular el impuesto de renta e incrementar el IVA; en una reforma integral es indispensable corregir todos los defectos de los impuestos, incluso los territoriales, y acabar con toda suerte de vicios, nacidos de la politiquería y no de una política tributaria, que, como insinúa Tanzi, son patrocinados por grupos que tienen poder político.

Por ejemplo la fiebre de las estampillas, que tiene abrazado al país, constituye uno de los peores males de nuestro sistema tributario -si es que lo podemos llamar sistema- con tendencia a agravarse. Mucho más injustificados, si terminan siendo inocuos en materia de recaudo, como sucede con las contribuciones y las estampillas que gravan los contratos de obra pública. Se cobra a los contratistas valores porcentuales sobre el monto de las obras, que deben ser recaudados por las entidades públicas contratantes; sin embargo, como es apenas elemental, los contratistas los suman a los montos de sus propuestas, de manera que quien termina auto contribuyendo es el propio Estado. Solo que obligando a las entidades a incurrir en costos administrativos adicionales, para retener, controlar y depositar las contribuciones que en teoría están pagando los contratistas. ¿Por qué no asignar estos valores en los renglones de los presupuestos públicos, sin darles tantas vueltas?

Y si esto ocurre a las entidades del Estado, no menos puede decirse de los contribuyentes en general. Los costos que tienen que soportar las empresas, particularmente las pymes, han tomado dimensiones desproporcionadas. Además de aquellos que se derivan de las notorias y reiteradas deficiencias de la informática de la Dian, los requisitos y exigencias de información son exagerados, aumentando la carga tributaria, amén de las no menos voluminosas exigencias de otras agencias, como la UGPP. Todo esto debe ser parte de una reforma tributaria. ¿Alcanzará el tiempo? Y, sobre todo, ¿habrá voluntad política?

Horacio Ayala Vela
Consultor
horacio.ayalav@outlook.com

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