¿Es posible enseñar la ética empresarial en clase?

Hay que promover un modelo empresarial que garantice las adecuadas utilidades, respete las exigencias éticas fundamentales, salvaguarde el valor intrínseco del trabajo y el desarrollo de la persona.

La academia genera una dinámica de relación con el mundo empresarial.

Archivo Portafolio.

La academia genera una dinámica de relación con el mundo empresarial.

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septiembre 23 de 2014 - 07:37 p.m.
2014-09-23

En muchos escenarios académicos y especialmente en el sector real se confunde la ética empresarial con la responsabilidad social corporativa. La primera se refiere a las acciones individuales ordenadas al bien obrar, en el escenario de la empresa y en desarrollo de su objeto; la segunda apela a la sostenibilidad, la reputación y la adecuada relación con los grupos de interés o stakeholders.

Para responder a la pregunta: ¿Es posible enseñar ética empresarial desde la academia? Es preciso detenerse en el entorno, desde los ámbitos más próximos hasta los más globales.

La falta de rectitud, vale decir, el proceder desconociendo las naturales exigencias de transparencia y honestidad, se ha vuelto un lugar común, particularmente en el sector empresarial de nuestro país. La desconfianza se ha tornado en presupuesto de las relaciones interpersonales y corporativas. Pese a que ese proceder no puede atribuirse exclusivamente a la organización, ella no está libre de sus perniciosas consecuencias.

El fenómeno pasa, necesariamente, por el modelo organizacional. En el actual se privilegia el capital a expensas de la persona y las utilidades sobre el desarrollo de los individuos. Dicen por ahí que en este mundo vale todo. La evasión fiscal, las remuneraciones insuficientes, las estrategias para disminuir costos de producción por encima de la calidad y las expectativas del cliente, el tráfico de influencias, el mal manejo de los desechos industriales en perjuicio del medio ambiente, en fin, las empresas hoy se mueven en un entorno en el cual, insisto, se privilegia el capital sobre la persona.

DESDE EL SALÓN

Quienes hemos asumido la tarea de formadores, desde la universidad, tenemos el inaplazable compromiso de promover, en las aulas, un nuevo modelo empresarial que garantice las adecuadas utilidades, respete las exigencias éticas fundamentales, salvaguarde el valor intrínseco del trabajo y el desarrollo de la persona a través del mismo. Se requieren autorregulaciones (léase códigos de buen gobierno) que promuevan valores institucionales sustentados en un compromiso ético en todos los niveles de la organización.

El aula de clase es un escenario natural e ideal para estas reflexiones y propósitos. Es el lugar en donde se forman los nuevos gerentes, en donde se generan respuestas a las nuevas realidades de las empresas. No basta un líder estratégico que transite con propiedad por los diferentes campos de la organización (finanzas, marketing, producción, ventas, etc), es preciso que asuma un decidido compromiso con el desarrollo de sus colaboradores.

Se trata de una apuesta metodología activa y participativa, a través de la cual se aborden elementos conceptuales esenciales y con el apoyo de enfoques didácticos, problemáticos o casuísticos, se pongan en común casos de éxito y célebres fracasos de reconocidas multinacionales. Sin duda esto constituye un eficaz modelo de aprendizaje, de tipo práctico. Como puede apreciarse la clase magistral es un método totalmente extraño a este ejercicio de enseñanza y aprendizaje.

Es preciso entender que el individuo es, esencialmente, interrelacional; sus comportamientos tienen un inevitable efecto en su medio circundante. Su realización reclama solidaridad, una suerte común. Su proceder, por tanto, si se ajusta a las exigencias éticas fundamentales, impactará, necesaria y positivamente su entorno, ya sea el grupo familiar, colectivo empresarial o público.

El constructo social es consecuencia, necesariamente, de lo que acontece al interior de las empresas. La comunidad política está modelada, en buen grado, por la estructura axiológica de los empresarios. Su imagen en la organización promueve valores o antivalores. Ello legitima el compromiso académico de procurar la transformación personal del alumno, quien se constituirá en el futuro gerente, consciente del impacto que tiene su labor en el modelo de organización propuesto.

Naturalmente esa nueva atmosfera empresarial garantiza las legítimas expectativas de los accionistas, la permanencia y trascendencia del modelo de negocio y garantiza que la reputación de la marca nunca se vea expuesta negativamente.

Sin duda en el panorama nacional pueden registrarse importantes esfuerzos en torno a la nueva gerencia. Observamos algunas compañías con un claro compromiso ético. Sin embargo, este esfuerzo aún es insuficiente, pero no puedo desconocer que constituye un significativo avance que ofrece resultados tenues y pocos visibles en el entorno nacional e internacional y que, con el tiempo, tendrá que impactar el mapa ético en las esferas pública y privada.

De este modo la academia genera una dinámica de relación con el mundo empresarial, responde a su compromiso con la función sustantiva de la proyección social y legitima su presencia en la sociedad.

Podríamos responder, entonces, que no solo es posible enseñar la ética empresarial en el aula de clase sino que esta se constituye un imperativo inaplazable.

 

Jesús Augusto Giraldo
Profesor de la Universidad de La Sabana
Edición No. 11