Adoptar a un muerto

Algunos colombianos no sólo lo hacen sino que bautizan a los NN para ayudarlos en su tránsito hacia la otra vida.

Cementerio

Muchos creen en la sobrevivencia del espíritu después de la muerte pero el culto a los muertos se hace por antepasados.

Muchos creen en la sobrevivencia del espíritu después de la muerte pero el culto a los muertos se hace por antepasados.

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Portafolio
febrero 10 de 2017 - 06:16 p.m.
2017-02-10

El realismo mágico no tiene límites. Mientras que el culto a los antepasados muertos ha marcado la historia de las civilizaciones por siglos, en Colombia, adoptar a un muerto desconocido es una práctica novedosa que se lleva a cabo desde hace varios años.

En América Latina ese culto se remonta a tribus indígenas como los aztecas y mayas, que hace más de 3.000 años realizaban rituales en honor a sus antepasados muertos y cuyas prácticas marcaron la historia popular en Belice, El Salvador, Honduras, México y Guatemala.

En Colombia y Venezuela, los Wayuu, que fueron contactados por los conquistadores europeos en el siglo XV, llevan cientos de años enterrando dos veces a sus muertos. El culto funerario, que puede durar varios días, es, tal vez, una de las más importantes expresiones de su cultura.

En los casos mencionados se cree en la sobrevivencia del espíritu después de la muerte pero el culto a los muertos se hace por antepasados y no por desconocidos. En el caso concreto de los Wayuu, por ejemplo, se cree que los ritos funerarios no sólo unen a parientes de la misma sangre sino a los aliados políticos.

Pero adoptar, bautizar y rezar por muertos desconocidos es una práctica funeraria nueva que no se sabe con exactitud cuando nació pero sí, que está relacionada con las creencias de los colombianos en el más allá, con el feliz tránsito de las almas hacia otra vida, con su poder de ayuda y con los temores populares al maléfico poder atribuido a los espíritus errantes, entre muchas otras cosas.

Ese nuevo culto, por lo tanto, tiene que ver con la fe, la tradición, las creencias, los miedos, las expectativas y las supersticiones, entre muchas otras cosas.

LA ADOPCIÓN 

En Puerto Berrío (Antioquia), como en el Cementerio del Norte en la calle 68 con carrera 30 en Bogotá, hay quienes adoptan y bautizan a un NN, que no tienen dolientes, familia o nombre conocido, para ayudarlo en su tránsito hacia la otra vida y, en muchas ocasiones, para pedirle a cambio de las oraciones el favorcito de salud, dinero o amor que tanto necesitan.

Otros lo hacen por temor a los espíritus errantes que, según creen, atraen las presencias oscuras que deambulan eternamente por las sombras.

“Yo adopté a dos NN para impedir que sus almas se queden vagando en la ciudad”, explica a Portafolio Elvira Martínez, una comerciante bogotana que bautizó a sus adoptados como como Fernando Ramírez y Juan Gómez.

“No sé si en vida fueron hombres o mujeres pero, eso es lo de menos. Las alamas no tienen sexo y lo importante es que, si uno los identifica, las oraciones que se hagan a su favor los ayudará en el tránsito hacia la otra vida y su agradecimiento nos protegerá en esta”, afirma.

Elvira considera que no es bueno que haya almas errantes pues pueden atraer malos espíritus y enrarecer aún más el ambiente violento ya existente en Bogotá o afectar negativamente a un familiar, amigo o conocido.

“Si uno siente que debe rezar por el alma de una persona desconocida, debe hacerlo porque es un llamado, un pedido que te hacen y, por eso, es importante darles una identidad para que las oraciones las ayuden donde estén. Yo, por ejemplo, sentí la necesidad de hacerlo cuando fui a visitar la tumba de mi mamá y vi esas dos tumbas abandonadas. Sentí mucha pena y me puse a rezarles. Después, con el tiempo, las adopté y bauticé y ahora las saludo por sus nombres cada vez que voy al cementerio. Me siento protegida”, asegura.

RECONOCIDOS

Algunos de esos NN han muerto de forma natural, violenta, por hambre o por causa de las drogas o, simplemente, en cambuches, sepultados en vida por el desamor y abandono de sus familias.

A veces, los adoptantes conocen el sexo del difunto, su procedencia inmediata, la forma como fallecieron y datos generales que les da el sepulturero pero, en muchas ocasiones, no cuentan con ninguna información.

“Son desconocidos que reconocemos después de que mueren y eso los hace beneficiarios de nuestras oraciones”, explica Sergio Cote, devoto de las almas del purgatorio y “bendecido y protegido por ellas en varias ocasiones de mi vida”.

Explica que se casó mal, “hice pésimos negocios, me vi en la ruina y casi en la calle pero, me acogí al poder de las almitas y ellas me sacaron adelante. La oración es poderosa, lo mismo que su protección agradecida”.

La adopción espiritual del alma de un NN se hace, por lo tanto, por generosidad, por interés, por miedo, por devoción a las almas y por la protección y ayuda que se les atribuye en los momentos más difíciles.

El culto a los muertos es, sin duda, una de las tradiciones populares más importantes de la cultura popular y de la expresión de la historia de los pueblos de América Latina.

El escritor mexicano Octavio Paz afirma en un ensayo que civilización es, entre otras cosas, el estilo, la forma como vive una sociedad, cómo convive, cómo muere, el trato que le da a sus muertos y a los fantasmas que pueblan sus sueños pero que, sobre todo, es la parte sumergida, invisible: las creencias, deseos, miedos, represiones y sueños. En ese contexto, este nuevo culto a los muertos también nos define y nos identifica.

Gloria Helena Rey
Especial para Portafolio

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