En un albergue, niñas aprenden a ser mamás

El centro subsiste sin ayuda estatal, gracias a donaciones y trabajo de voluntarios. Además, les enseñan oficios para ganarse la vida.

El denominador común es que las niñas proceden de estratos bajos.

Archivo particular

El denominador común es que las niñas proceden de estratos bajos.

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mayo 16 de 2015 - 02:24 a.m.
2015-05-16

El albergue Rosa María, una casa de acogida para menores embarazadas ubicada en Asunción, funciona como una especie de escuela para madres en Paraguay, país donde cerca de 700 niñas de 10 a 14 años, y más de 20.000 adolescentes de entre 15 y 19 años, dieron a luz en el 2014, según el Ministerio de Salud.

Para atender a menores embarazadas, el centro, dependiente de una parroquia y que subsiste con trabajo de los voluntarios y donaciones, abrió sus puertas en el 2002. Desde entonces han nacido allí cerca de 200 bebés.

Sentadas alrededor de una mesa, las nueve chicas que ahora viven en el hogar parecerían adolescentes en una excursión del colegio, de no ser por las cunas que tienen al lado, los bebés que sostienen en el regazo o los pequeños que gatean entre las sillas, y que las llaman “mamá”.

En el hogar, los ginecólogos les explican cómo alimentar y cuidar al futuro hijo, y después los pediatras cuentan cómo lavarle, curarle el ombligo y, en definitiva, cómo ayudarle a crecer.

La benjamina del grupo de madres es Blásida, nacida en Villarrica (centro de Paraguay), que con sus 12 años recién cumplidos amamanta a un bebé de 9 meses. Parece demasiado grande para que ella pueda sostenerlo, pero lo atiende ya con manos expertas.

Su compañera Carol, de 17, tuvo a su hijo Cristian hace dos meses y dice que lo más difícil fue dejar su ciudad natal de San Lorenzo y despedirse de mucha gente querida.

En cambio Limpia, de la misma edad y del departamento de San Pedro, una de las zonas rurales más pobres del país, tuvo a Sara hace 3 años y recuerda que llegó al hogar acompañada por la Fiscalía, entidad que interviene en casos de violación o maltrato y que remite a las jóvenes gestantes al centro, que no recibe ninguna ayuda estatal, según la directora del hogar, Cilsa Vera.

Vera explica que otras chicas llegaron al hogar al ser expulsadas de sus casas por quedar embarazadas, pero muchas fueron víctimas de abusos sexuales, a menudo de sus familiares. “También hay algunas que han sido prostituidas por padres adictos al alcohol u otras drogas”. En todos los casos, las chicas acuden “desamparadas, asustadas, avergonzadas, perdidas, sin ni siquiera un bolso de ropa ni para ellas, ni para sus bebés”, dice Vera.

El denominador común es que “proceden de estratos sociales muy bajos, con escasos recursos económicos y poco acceso a educación”, dijo Óscar Ávila, otro de los encargados de la institución. Por eso, además de darles asistencia en salud, apoyo y contención psicológica, y una formación religiosa católica, los voluntarios se encargan de capacitarlas en diferentes oficios para que puedan ganarse la vida cuando salgan. “Hace poco terminamos un curso de secretariado ejecutivo, y también estamos aprendiendo mucho de cocina. A fines de año, preparamos entre todas 1.200 dulces para vender a los bancos”, recuerda Nilda, de 20 años, la mayor de las jóvenes madres que viven en el hogar.

Nilda, nacida en el departamento norteño de San Pedro, lleva casi 4 años en la casa, desde que llegó embarazada de su pequeño Óscar, ahora de 3 años. Asegura que le gustaría seguir estudiando para convertirse en técnico gastronómico, aunque también confiesa que la atrae mucho la psicología. “Ya medio trabajo como psicóloga acá con las chicas”, bromea. Lo que sí tiene claro es que ser madre la ha ayudado a crecer y a aprender de los errores, y que su paso por el hogar le servirá para capacitarse para “salir y luchar con el niño en brazos”.

EFE