El barrio de san blas, un mosaico de artesanos

Familias de tradición le han puesto un sello a la pintura y la cerámica.

Archivo Portafolio.co

Artesanos

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mayo 29 de 2011 - 10:52 p.m.
2011-05-29

 

En medio de la ciudad de Cuzco, en Perú, convertida en un museo de arquitectura inca y colonial, vive este centro artístico.

Un pequeño grupo de talleres, que se han visto invadidos por una multitud de otras tiendas que dicen ser artesanales, llenan las calles empedradas de una ciudad a la que los incas impregnaron de un aura mística y misteriosa.

El barrio Toqokachi, como lo llamaban antaño los incas, no era más que espacio repleto de pozas de sal, además de ser un camino de paso hacia el famoso templo dorado del Coricancha, santuario recubierto de oro y sobre el que los españoles construyeron el convento renacentista de Santo Domingo.

Los manantiales que quedan en algunas casas son los únicos vestigios de aquellas pozas del ahora llamado barrio de San Blas, nombre que debe a una iglesia donde se conserva un púlpito de madera tallada en una única pieza y que es considerada la máxima expresión de la época colonial cuzqueña.

Ahora, varias familias de San Blas enseñan al mundo sus artesanías, que se han convertido en un atractivo más para los 2.500 turistas que pasean cada día por la ciudad de Cuzco, capital de los incas y declarada Patrimonio de la Humanidad.

De los talleres artesanales salen vírgenes refinadas y coloridas, arcángeles de dimensiones desproporcionadas de tonos oscuros, así como representaciones del Niño Jesús decoradas con pan de oro, entre otras manufacturas.

La tradición artesanal se remonta a los llamados asentamientos de los ‘mitimaes’, pobladores trasladados de unas comunidades a otras con la encomienda de enseñar sus conocimientos económicos, políticos, sociales y culturales a los lugareños.

TRADICIÓN CON APELLIDO PROPIO

Es alrededor de una plaza, conocida como la “vieja” y que a veces pierde su carácter idílico por los abundantes establecimientos nocturnos, donde se ubican los talleres de los maestros Mendívil, Mérida y Olave Palomino, familias reconocidas todas ellas por su trabajo laborioso.

De entre los Mendívil, Juana es ahora la única de los seis hijos dedicada plenamente a la creación de figuras de cuello alargado, y continúa recreando las esculturas que comenzó a moldear su padre Hilario, inspirado en la fisonomía de los camélidos de los Andes (llamas, alpacas, guanacos y vicuñas).

En épocas de lluvia, Juana se “desestresa” pintando las figuras, mientras que en tiempo de sequía coloca las telas encoladas bajo el sol en una nave alejada de su taller, porque los edificios colindantes impiden que los rayos solares entren en la que antiguamente era su residencia familiar.

Con una tradición de más de siglo y medio, el arte de los Mendívil, del que Juana ha sido embajadora en países sudamericanos y europeos, es reclamo para turistas y colegios, que solicitan participar en talleres en vivo y de los que salen artesanos con su propia línea.

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