Bogotá: calles que huelen a café y arepas

Cuestionan normas de sanidad, pero la mayoría cae seducida.

El estudiante o el ejecutivo encuentran un completo desayuno.

AFP

El estudiante o el ejecutivo encuentran un completo desayuno.

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septiembre 13 de 2014 - 12:10 a.m.
2014-09-13

“Buenos días, ¿cómo me le va? Me regala un tintico, por favor”.

Todas las mañanas, Rodolfo Hoyos escucha la misma frase de sus leales clientes, que llegan a comprarle un cafecito negro recién hecho en una concurrida calle del norte de Bogotá.

Con sombrero, poncho y carriel, el traje típico del arriero del Eje Cafetero, aprovecha el auge de los desayunos callejeros en la capital. “Esto es algo que me gusta muchísimo hacer.

Es que alrededor del café se tejen amistades”, dice mientras manipula la cafetera a vapor instalada en su ‘yipao’, el jeep Willys rojo ícono del paisaje cultural cafetero.

Él mismo trilla, tuesta y muele el grano que recibe de sus familiares de Caldas. Como Hoyos, muchos se ganan la vida en Bogotá vendiendo desde café, agüitas aromáticas y jugos hasta arepas con huevo, milhojas y almojábanas caseras, coloridos yogures con cereales y todo tipo de frutas tropicales en esquinas, plazas y parques.

Andrea Vargas hace dos años que se levanta a las tres de la mañana para preparar el clásico salpicón, frutas picadas servidas en jugo de cítricos y sandía. Es lo único que lleva listo a su puesto -con sombrilla- cerca de la iglesia de la Porciúncula.

“Todo es fresco. Por eso tengo tantos clientes”, comenta esta bogotana de 31 años mientras exprime naranjas para 33 jugos que le encargó una empresa de la zona. Y aclara que no manipula dinero por higiene, un aspecto que todos afirman cuidar.

Un estudio reciente de la Universidad Nacional mostró que muchos vendedores ambulantes de comida, una actividad regulada por la Alcaldía y la Policía, no cumplían con las condiciones de salubridad exigidas.

El informe destacó la contaminación por gases, el origen incierto de los productos y el desaseo de quienes los manipulaban. “Limpiecito sobre todo”, dice Ana Márquez, de 49 años y con tapabocas, cuyo carro de arepas en plena Zona Rosa está siempre rodeado de gente.

A ella no le incomodan ni el madrugón ni los aguaceros repentinos: es feliz desde que dejó su empleo y no tiene jefe que la moleste.

“Gano lo mismo y puedo estar mucho más con mi hija de ocho años”.

ACCESIBLE, RÁPIDA Y RICA

Comer en la calle no es nuevo en Bogotá. Siempre ha habido venta de mazorcas, fritangas o pinchos de carne. Hacia los años 1970 y 1980 llegaron los perros calientes y las hamburguesas. Pero los desayunos al paso se popularizaron hace unos años, impulsados por el vertiginoso ritmo de vida y el tráfico endemoniado.

“Cuando uno madruga y no alcanza a desayunar, pues es barato y sale más favorable”, dice Luis Romero, de 52 años, un guardia de seguridad en el barrio de Teusaquillo, mientras se toma una avena y un buñuelo de queso.

“El jugo de naranja se vende hartísimo”, asegura Romel Patiño, boyacense de 49 años que se quedó sin trabajo y decidió instalarse en el centro de Bogotá. Junto al carro con la leyenda ‘Bienvenida mi gente bella y de éxitos’, el policía David Toro lo corrobora: “Es bueno por las vitaminas”.

Detrás de él, jarra en mano, Diana Ariza, la mujer de Patiño, sirve jugo a los conductores detenidos en el semáforo, un servicio que brindan muchos vendedores ambulantes. “Accesible, rápida y rica”: así resumen la oferta diaria de desayunos.

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