¿Cómo nos volvimos adictos a las redes sociales?

Los dispositivos digitales han ampliado nuestras redes, pero no nos han hecho felices. Entonces, ¿por qué somos tan apasionados?

La red intranet es demandada por el 53,9 por ciento, seguida por las redes sociales como YouTube y LinkedIn, con el 48 por ciento.
Tendencias
POR:
Portafolio
marzo 24 de 2017 - 09:39 p.m.
2017-03-24

Cuando Snap, la compañía detrás de la popular aplicación de mensajería Snapchat, salió a bolsa, las acciones se elevaron en un 44% durante su primer día. A pesar de no ganar derechos de voto en una empresa deficitaria —Snap sigue siendo controlada por Evan Spiegel y Bobby Murphy, sus cofundadores— los inversionistas estaban embelesados.

Y no están solos. “Los estudiantes manifiestan una adoración casi universal hacia Snapchat”, escribió Donna Freitas, una socióloga que entrevistó a 200 de ellos en 13 universidades estadounidenses acerca de sus adicciones a los medios sociales. “Pueden decir cosas tontas. Pueden tomarse fotos ridículas, feas, poco halagüeñas y mostrarlas a otras personas. Pueden estar tristes, pueden ser negativos e incluso pueden ser malos”.

Snap fue valorada en US$28.000 millones porque es el pasatiempo de Internet móvil más popular. Los ingresos actuales de la aplicación tal vez sean limitados, pero los inversionistas creen que los anunciantes tendrán que gastar dinero para llegar a su preciado público. Ésta es la generación interactiva descrita en ‘The Happiness Effect’ de Freitas, que encuentra su identidad en línea y va entre Facebook, Instagram, Tumblr y Snapchat en busca de amor y admiración.

La interacción social digital es una parte tan dominante de la vida de la mayoría de las personas que es difícil recordar cuándo no era posible. El año próximo, hará medio siglo desde que Douglas Engelbart, un informático pionero, ofreció una visión del futuro en una conferencia en San Francisco. Le dijo a la audiencia que estaba trabajando en un proyecto revolucionario en el Stanford Research Institute.

Para su demostración, Engelbart utilizó un teclado de 5 teclas, una pantalla y un nuevo objeto en su mano derecha: una pequeña caja con tres botones en la parte superior que llegó a ser conocida como ‘ratón’. Le pidió a la gente imaginar un “trabajador intelectual a quien se le daba una pantalla, con una computadora activada, disponible todo el día, confiable y respondiera instantáneamente”.

Engelbart se rió cuando dijo estas palabras, ya sea por incredulidad, orgullo o sorpresa, es difícil saberlo. Fue una idea sorprendente, posteriormente adoptada por Steve Jobs para las computadoras Apple.

Sin embargo, Engelbart subestimó el grado en que la tecnología podría cambiar la vida, y no sólo la de los intelectuales. La máquina no sólo estaba activa, sino que podía conectarse a un almacén de conocimientos conocido como Internet. El término ‘computadora’ se volvería engañoso, pues su uso principal no sería el cómputo, sino algo más personal, especialmente desde que cabe en la mano.

La premura por alcanzar un futuro digital ha traído angustia, además de ilustración. Hace que la gente esté conectada ininterrumpidamente, mejor informada y pueda lograr cosas que eran inimaginables hace poco. Pero no ha hecho feliz a la gente. Los estudiantes de Freitas están irritables, inquietos e inseguros; son adictos a las aplicaciones, acosados por sus temores a no estar al tanto de lo último, y desean recibir ‘me gusta’.

Jeremy Bentham, filósofo utilitarista, desarrolló la idea del panóptico, una prisión circular con una cámara de inspección en su centro. Cada recluso podría ser supervisado por un solo carcelero, aunque ninguno sabría cuando estaba siendo supervisado. Para su consternación, Bentham no pudo construir nunca un panóptico físico, pero Freitas señala que algunas plataformas de medios sociales son panópticos virtuales, y los usuarios están constantemente conscientes de estar en pantalla.

El panóptico más preciso, en lo que respecta a muchos de sus estudiantes, es Facebook. Las fotos de comportamiento salvaje fueron comunes en los medios sociales en algún momento, pero muchos han hecho una ‘purga de Facebook’, limpiando todo aquello que podría volverse contra ellos. Ahora, la mayoría sólo publica versiones retocadas y censuradas de sus vidas: Lo que se ve es una muestra cuidadosamente elaborada de los momentos más felices y hermosos de una persona que hace que todo el resto del mundo se sienta feo.

Es sorprendente cuán intimidados se sienten por la tecnología: “a menudo pienso en cuán impotentes se sentían frente a sus teléfonos inteligentes los estudiantes que entrevisté”, escribió Freitas. Como confesó una joven en una hermandad universitaria: “durante el verano, todo el mundo estaba en trajes de baño todo el tiempo, publicando imágenes divertidas y yo dije, ‘Oh, yo quiero eso’. O sea, me olvido de lo que tengo. O sea, querría lucir así”.

Snapchat es una especie de libertad condicional del panóptico. No sólo es intencionalmente tonta — los usuarios pueden agregar orejas de conejo y otros ‘filtros’ a sus selfies antes de compartirlas — sino más íntima, ya que se trata de grupos más pequeños. Es menos arriesgada, ya que desaparecen de forma predeterminada tras ser vistas: “Snapchat ofrece a sus usuarios una manera de conectarse sin escrutinio, una posibilidad de que los estudiantes universitarios, quienes sienten que están siendo constantemente vigilados y evaluados, desean”.

La invisibilidad tiene su lado oscuro. Yik Yak, una aplicación que les permite a los usuarios publicar mensajes anónimos acerca de otros, a menudo se usa en los campus para hacer travesuras, libres del artificio de Facebook.

También se puede molestar e intimidar a los demás. Como reflexiona un estudiante: “como es anónima, cualquiera puede publicar cualquier cosa. Creo que pronto se convertirá en algo malo”.

Esto plantea la cuestión de por qué la gente soporta la presión y la infelicidad que la tecnología puede provocar: ¿por qué no simplemente dejar de utilizarla? Adam Alter, un profesor asociado de mercadotecnia de la Universidad de Nueva York, aborda este problema en ‘Irresistible’. Llega a la conclusión de que no sólo los seres humanos son particularmente susceptibles a volverse adictos a sus dispositivos, incluso aunque no disfruten la experiencia, sino que las compañías de juegos y medios de comunicación social son expertas en mantenerlos cautivos.

Por esto, Alter escribió que la naturaleza de la adicción está ligada al entorno que la provoca tanto como la sustancia. Si el placer sensorial por sí solo fuera suficiente como para hacernos adictos, muchos de nosotros seríamos adictos a los helados, apunta Alter.
En su libro de 1975 Love and Addiction, la psicóloga Stanton Peele definió la adicción como “el apego extremo y disfuncional a una experiencia muy perjudicial para una persona, pero que es una parte esencial y a la que no puede renunciar”.

Esto se parece mucho a lo que los estudiantes de Freitas reportaron como sus sentimientos acerca de las redes sociales: una combinación de placer y dolor, de libertad y de encarcelamiento. Desean escapar de la trampa, pero les es muy difícil hacerlo.
Las redes sociales ‘ludifican’ las amistades al alentar a los usuarios a competir por los ‘Me gusta’ o el número de seguidores. El aspecto social de la tecnología digital es tanto acogedor como inquietante. La siguiente imagen, publicación o mensaje de Twitter podría ser lo que se convierta en un éxito, proporcionando la misma dosis de dopamina que otras formas de placer; por lo tanto, la sociabilidad se convierte en competencia.

Robin Boast, excurador y profesor de la Universidad de Amsterdam, plantea que la tecnología nunca se trató de la realización de “operaciones matemáticas complejas por medio de circuitos de relés”, era un medio para lograr la comunicación: la capacidad de codificar todo en archivos que pudieran ser transmitidos, compartidos y mejorados. Los filtros de las fotos de Snapchat no son una divertida cuestión secundaria del negocio de la informática, son el negocio en sí. “Lo digital ha sido siempre sobre mensajes, sobre compartir, conversar, interactuar y difundir, ha sido siempre más acerca de los aspectos sociales que los virtuales”, escribe.

Esto tiene una implicación preocupante para los adictos digitales: no hay escape de esa selva. No se pueden evacuar a un lugar sin tentaciones porque no existe tal refugio. Tanto Freitas como Alter terminan analizando cómo las personas pueden reducir el estrés que les provoca su adicción. Sus ideas son suficientemente sensatas, desde poner el teléfono fuera del alcance hasta bloquear los correos. Citando la creencia de Aristóteles en la moderación, Freitas elogia “la virtud de la desconexión" y "la virtud del olvido”.

Pero es difícil mantener tales virtudes cuando la tentación está en nuestras manos. Quizás nadie sabía qué se desataría cuando la tecnología se volviera universal, absorbente y constante. La liberación de poder descubrir cualquier cosa y entablar amistad con cualquiera está acompañada por la distopía: un mundo en el cual debes seguir sumando puntos y en el que no te puedes esconder. Bienvenido al panóptico.

Adicción es similar a la esclavitud

Entre sus estudios, Alter escribió que el primer uso del término ‘adicción’ lo equiparaba con esclavitud. En este sentido, en la antigua Roma, alguien que no podía pagar una deuda podía ser condenado a la adicción, trabajando como esclavo. Ha llegado a ser identificado con la adicción a las drogas, como la del 19% de los soldados que sirvieron en Vietnam.

Sin embargo, esos adictos tuvieron un éxito insólito en eliminar el hábito. Cuando regresaron a EE.UU., solo el 5% de quienes se desintoxicaron reincidieron.

FINANCIAL TIMES