Cecilia López Montaño
análisis

Crítica versus odio

La primera se manifiesta de manera pública y tienen la intención de inducir mejorías, mientras que el segundo es un sentimiento de rechazo.

Cecilia López Montaño
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POR:
Cecilia López Montaño
enero 02 de 2017
2017-01-02 05:48 p.m.
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En aras de empezar el año 2017 con otro tono, en medio de un ambiente más acorde con su máximo reto de construir la paz en Colombia, es hora de comenzar a llamar las cosas por su nombre. La razón es que en el 2016 hicieron carrera una serie de confusiones que, lejos de contribuir a tener un país en paz, de seguir así estaríamos trasladando el conflicto esencialmente rural que estamos intentando dejar atrás, a una guerra urbana de insultos, calumnias y otros malos sentimientos. Ese con seguridad no es el país que esperamos tener a partir del nuevo año. 

Precisamente por lo que está sucediendo, porque muchas personas mantienen su posición de hacer criticas frente a distintos temas o diferentes realizaciones, es hora de clarificar las diferencias entre la crítica y el odio.

Si esta diferencia no se establece, a todos los que consideramos tener el derecho a criticar cuando vemos con razones serias que es hora de cambiar determinadas actuaciones o rumbos que toma la sociedad, se nos seguirá identificando como seres humanos llenos de odio, y esta es la razón, según los que se sienten afectados por nuestros planteamientos, para plantear nuestras objeciones. Es decir, es la manera que muchos sectores han encontrado para descalificar los comentarios que no se acomodan a sus ideas. Por ello es de vital importancia establecer con claridad cuál es la diferencia entre la crítica y el odio.

La palabra crítica, según muchas definiciones, “identifica la opinión, examen o juicio que se formula en relación con una situación, servicio, propuesta, persona u objeto”. Pero además, se reconoce que las críticas se manifiestan generalmente de manera pública y con frecuencia tienen la intención de inducir mejorías.
A su vez, el odio es un sentimiento “de aversión, de rechazo muy intenso, que una persona siente hacia otra o hacia algo”.

Ahora bien, si se le mezcla odio a la crítica, esta pierde su razón de ser, que debería ser la objetividad, para que cumpla su propósito real de mejorar o alertar, y no necesariamente de destruir.

El ejercicio de la política parece ser el escenario natural donde se confunde la opinión con el sentimiento y de esta manera se acaba con cualquier posibilidad de diálogo.
A los críticos se les descalifica, porque se supone que lo que dicen está cargado de odio y los que odian pasan por encima de cualquier comentario que ayudaría a mejorar, reconstruir, o simplemente alertar.

Es decir, descalificar la crítica porque se identifica con odio es lo peor que le puede suceder a la política. Y aquí es bueno recordar una de los miles de definiciones de la política.

Una de las mejores afirma que “la política es el escenario natural donde se deben dirimir las controversias naturales que surgen en toda sociedad”.

Si el ejercicio de la política no permite esto, Colombia sabe mejor que nadie que cuando se cierran las puertas de la participación en las decisiones de una sociedad, cuando se limita el debate amplio, cuando se excluyen sectores porque simplemente se descalifican, y se concentra el poder en un solo grupo, lo que sucede es que se pone la semilla de un conflicto armado. ¿Será posible que Colombia no haya aprendido esta lección, cuyo desconocimiento por parte de las élites tradicionales ha costado tanta sangre y tantos muertos?

Del odio recalcitrante a la violencia hay un solo paso. Por ello es fundamental que no se le quite oxígeno a la democracia que necesita la crítica.
De otra manera, no se consideraría como de hecho se hace, que la oposición es un elemento sustantivo de la verdadera democracia.

Quienes lideran esta descalificación de la crítica porque la tachan de odio, deben pensar que se están poniendo la soga al cuello, porque lo que realmente deberían ejercer estos grupos es la verdadera oposición política y no el odio visceral hacia quienes opinan distinto.

Pero además no contribuyen a nada sano, porque se cae en el error de generalizar el sentimiento de odio de manera que aplique no solo a la política sino a la cotidianidad de los ciudadanos. Divide familias, impide la socialización, crea círculos excluyentes y les cierra la mente a sectores valiosos del país.

Por todo esto iniciemos el 2017 poniendo en su lugar la crítica, y no la sigamos confundiendo con el odio, por el bien del país y por la sanidad mental de todos nosotros.

Cecilia López Montaño Exministra - exsenadora
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