El Papa llama a una sociedad incluyente, colaborativa y solidaria

Análisis de la teóloga Catalina Hernández Obregón sobre las palabras del Papa Francisco en su primer día en Colombia.

Papa Francisco

Desde el balcón del Palacio Cardenalicio, el sumo pontífice mandó un mensaje a los jóvenes, a quienes les pidió "no temer al futuro y atreverse a soñar".

AFP

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Portafolio
septiembre 08 de 2017 - 08:49 a.m.
2017-09-08

“… Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra” (Discurso nobel, García Márquez; 1982).

Con estas palabras del nobel colombiano, que en 1982 resumían la situación del país teniendo una perfecta actualidad al día de hoy, el papa Francisco parecía resumir en su discurso en la plaza de armas del Palacio de Nariño, la intención y el propósito de su viaje a Colombia.

En una nación llena de matices y por lo tanto de diferentes expectativas, lo que pudieran ser los discursos del obispo de Roma no solo eran esperados ansiosamente, sino también especulados grandemente.

De su jornada por la capital de la República podemos concluir que Francisco ha sabido sorprender y de la manera más sencilla, sin imágenes elaboradas, ni discursos teológicos de extrema profundidad, ha sabido llegar a sus oyentes, como si hablara a puerta cerrada con cada uno de ellos.

La idea básica sobre la cual ha construido todas sus intervenciones, la dio ya al bajar del avión Alitalia en el aeropuerto de Catam: “Es un viaje para ayudar a Colombia en su propósito de paz”.

Es muy claro que ha superado en todo momento el ambiente politizado que ha permeado el proceso de paz y de manera directa ha deconstruido el discurso de los últimos meses y ha presentado la apuesta de lo espiritual como clave de la recuperación social, desde lo que se puede llamar a partir de hoy “la teología del encuentro”, compuesta del evidente matiz de los contenidos de la doctrina social de la iglesia, de la cual es garante y desde su experiencia, valga aclarar, de sacerdote, más que de uno de los mandatarios más influyentes del mundo.

Sus palabras a las jerarquías eclesiásticas han sido muy contundentes. Ha recalcado de manera directa que el papel de la iglesia en la situación actual no debe tener propósitos políticos, y ha advertido que en su lugar debe entrar en una franca misión, entendida esta como la salida de los despachos eclesiales hacia la cotidianidad de sus feligreses.

Su posición frente al sentido misional de la iglesia es una puesta al día con la realidad nacional y la solicitud de la serenidad y la buena disposición ante la adversidad.

El llamado a la fortaleza, la perseverancia y la alegría quedó en manos de los jóvenes. Los enfocó desde la capacidad de la recuperación permanente y de la posibilidad de entender con una mente más abierta el perdón y su capacidad de superar el pasado, en aras de un mejor futuro.

Ha posicionado así la necesidad de la recuperación de una sociedad incluyente, construida de manera colaborativa y solidaria (asegurando que esta última palabra amenaza con desaparecer del diccionario) y lo que pudiera ser un cliché en la formulación de un discurso a favor de los menos favorecidos, de repente parece adquirir sentido, dejando una pregunta en el aire: ¿ha sido el olvido del otro, en especial del menos favorecido, la verdadera raíz de la violencia en Colombia?

Pero la frase que cierra esta jornada de visita papal no viene de él, viene de una joven diversamente hábil, que al cerrar el día frente a la nunciatura apostólica en Bogotá lanza esta frase, leída lenta pero segura: “es posible un mundo en el que la vulnerabilidad sea considerada como esencia de lo humano”, respondiendo Francisco con otra de sus afirmaciones espontaneas: “por favor recen por mí, yo soy muy vulnerable”. Parece que más allá de las palabras el sumo pontífice cumple con el refrán popular: “obras son amores y no buenas razones”.

Francisco es el papa de la acción, del hablar haciendo, por eso es tan novedoso su pontificado y en una sociedad tan llena de discursos con defensas ideológicas tan marcadas, esto puede desconcertar, especialmente a la alta intelectualidad, pero no así al fiel de a pie que sigue creyendo con esperanza que la experiencia cercana a un hombre de Dios, devuelve la vida y justifica la paz en la tierra del realismo mágico.

Por: Catalina Hernández Obregón. Teóloga. Coordinadora de programas de lectura del municipio de Funza (Cundinamarca). Ex coordinadora del Centro de Estudios Teológicos de la Universidad del Rosario.
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