¿Cómo se organizó la primera feria del libro de Bogotá hace 30 años?

Tres décadas han pasado desde la primera Feria Internacional del Libro de Bogotá y muchos recuerdos vienen a mi mente, dice Jorge Valencia Jaramillo.

Feria del libro

Jorge Valencia estuvo al frente de la creación de la Filbo. 

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abril 25 de 2017 - 01:17 p.m.
2017-04-25

Sí. Treinta años han pasado desde la primera Feria Internacional del Libro de Bogotá y muchos recuerdos vienen a mi mente. Unos dos años antes de ese 1988, los directivos de la Cámara Colombiana del Libro me preguntaron si yo aceptaría ser el presidente de dicha entidad. Me sorprendió muy gratamente la solicitud, dado mi gran amor por los libros. Y a renglón seguido de la oferta vino mi pregunta: ¿y por qué yo, qué creen ustedes que puedo hacer por ustedes? “Muchas cosas”, dijeron, “hemos seguido su trayectoria y no tenemos duda alguna de que nos ayudará a que la industria editorial crezca y se desarrolle mucho más allá de lo que es hoy”.

Me sentí muy halagado y les dije que aceptaba el ofrecimiento con una pequeña condición: que lo haría ad honorem. Y así empezó esa relación que, muy gratamente, hasta hoy se mantiene.

Entre las distintas actividades que debíamos adelantar surgió rápidamente la de analizar las condiciones que revestía la feria del libro que en ese entonces se llevaba a cabo, periódicamente, en el parque Santander, de Bogotá, lugar que hoy subsiste en condiciones bastante similares. La conclusión fundamental fue que ese parque al aire libre, es decir al sol y al agua, y con condiciones de seguridad muy precarias, era completamente inadecuado para hacer lanzamientos de novedades y de autores, y para conseguir que el público asistiera masivamente. El concepto general consistía en que esa feria era de libros de segunda, que obligatoriamente debíamos hacer algo distinto. Por lo tanto dijimos: “Hagamos una feria internacional, ojalá de grandes proporciones, en algún recinto cerrado”. Bueno, ¿y cómo es, realmente, una feria internacional? Alguien dijo: “Pues la de Fráncfort (Alemania) es la más grande del mundo, esa es la que tenemos que visitar”.

Y sí, tan pronto fue posible nos fuimos a verla y era cierto que era muy grande, pero estando allí rápidamente me di cuenta de que casi no había público, pregunté por qué y me dijeron: “Esta es una feria para la venta de derechos de autor, no abrimos al público sino el último día”. Con gran pesar concluí que habíamos perdido el viaje, no era lo que necesitábamos.

De regreso llegamos a la conclusión de que habría que visitar las ferias de Madrid, Guadalajara (México) y Buenos Aires, que eran las más reconocidas de libros en español. ‘Caramba, pero eso es mucho’, me dije, ‘¿a qué horas puedo yo hacer todos esos viajes?’. Dado mi gran interés, ajusté mi agenda, pues yo vivía de otras actividades, y me fui para Madrid y ahí empecé a ver cómo era una feria del libro para el público en general. Y hablé con muchos editores y tomé muchísimas fotos de los estands a fin de traer ideas de cómo era una exhibición de libros para la venta y, además, cómo se presentaban las novedades, cómo era, pues, la programación, con todos sus detalles, de una feria de esas dimensiones. Regresé con bastantes ideas.

Pero después alguien dijo que los que conocían la feria de Buenos Aires afirmaban: “Está bien conocer otras ferias, pero a la que hay que ir es a la de Buenos Aires; esa sí es, sin la menor duda, la feria del libro”.

Yo había regresado ya más animado de Madrid, aunque pensaba que una gran, una verdadera feria del libro, era una empresa mucho más complicada de lo que me había imaginado inicialmente. Y en el fondo un poco asustado de si seríamos capaces, financiera y administrativamente, de llevar a cabo un proyecto de tal magnitud. Pero ya embarcados como estábamos en hacer en Bogotá una gran feria me dije ‘pues para Buenos Aires me tengo que ir’. Y cantando Volver, de Carlos Gardel, como paisa que soy, me fui para esa gran ciudad.

Y regresé impresionado, encantado y más asustado de como me fui. Pues era cierto que esa sí era una verdadera feria: miles de visitantes, cientos de estantes muy bien decorados y una exhaustiva, completísima programación cultural. Y hablé con tanta gente, escribí tantas notas, tomé tantas fotografías que al final pensaba que tenía ya un gran barullo en la cabeza, y que a lo mejor no iba a ser capaz de poner en orden todas esas ideas.

Armé, con lo que había visto y pensado, un ambicioso proyecto y se lo presenté a la junta directiva de la Cámara del Libro. A ellos les pareció estupendo, pero también se asustaron, porque implicaba un gran riesgo económico para la Cámara y podía llevarla a la quiebra. Había que pensar cuidadosamente el tema y debatirlo con mayor profundidad.

‘NOS ECHAMOS AL AGUA'


Presionado por las circunstancias, volví a estudiar la iniciativa, parte por parte, muy cuidadosamente, y cuando ya me encontré más seguro, regresé y les dije: “Estoy dispuesto a correr este riesgo. Estoy absolutamente convencido de que vale la pena, de que no vamos a naufragar”. Y con votación dividida, la junta aprobó el proyecto. Y nos echamos al agua.

¿Dónde hacer la feria? Después de analizar distintas opciones, llegamos a la conclusión de que Corferias era el lugar indicado. Y nos fuimos para allá. Les propusimos la idea a Óscar Pérez y Hernando Restrepo, y de inmediato la acogieron. Y así fue como iniciamos esta bella aventura, la de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que hoy es una de las tres más importantes de América Latina, junto con las de Buenos Aires y Guadalajara.

Durante todos estos años, el impacto de la feria en la cultura, la lectura, la educación y el conocimiento en general ha sido de la mayor importancia. Millones de adultos y miles de niños y jóvenes han pasado por ella. La presentación de nuevos títulos cada año, la posibilidad de conocer y oír a autores de todas las latitudes, el hecho de entrar y conocer la cultura de otros pueblos, los países invitados de honor han sido una experiencia increíble. Todo ha sido una hermosa e inolvidable aventura del espíritu.

Si alguien lee estas notas, podrá pensar que dicho logro fue de una sola persona, es decir, de mí mismo, pero claro que no fue así, fue la obra de todo un equipo, el de la Cámara Colombiana del Libro y el de Corferias. Por ello debo agradecer a todos los que con el mayor entusiasmo colaboraron denodadamente en que la feria fuera posible y, de manera un tanto puntual, quisiera recordar, de la Cámara, presentando excusas a todos aquellos que por motivos de espacio no alcanzo a mencionar, a Gastón de Bedout, Jairo Camacho, Roberto García, José Vicente Kataraín, Santiago Pombo y, más recientemente, Emiro Aristizábal, Enrique González, Gustavo Rodríguez y Manuel José Sarmiento. Para todos ellos, un profundo e interminable abrazo.

Jorge Valencia Jaramillo
Expresidente de la Cámara Colombiana del Libro, economista y poeta.
Especial para EL TIEMPO