Horst, el eterno rey de los juguetes de madera

Su fábrica, ubicada en La Floresta, y con más de 60 años de tradición, se mantiene a flote, a pesar de la dura competencia frente a los juguetes tecnológicos. Calidad a buen precio es su permanente propuesta. El caballito de madera es su juguete de mil batallas y el que más se vende en Navidad.

Horst Damme tiene intacta la energía y la vitalidad con la que levantó y vio crecer su empresa desde 1936.

Archivo particular

Horst Damme tiene intacta la energía y la vitalidad con la que levantó y vio crecer su empresa desde 1936.

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diciembre 04 de 2014 - 10:28 p.m.
2014-12-04

Más que un caballo viejo, parece un potro desbocado, tal y como lo representa el juguete insignia, el que ha trasegado por años y años, y se sostiene incólume en el techo de su fábrica, ubicada en el sector industrial de La Floresta, en el noroccidente de Bogotá.

En realidad, es un aporreado caballito de madera, instalado allí en señal de libertad desde el 9 de noviembre de 1989, el mismo día que cayó el ‘Muro de Berlín’, un desvencijado, pero tierno corcel de palo que se resiste a dejar de ‘galopar’.

Parece mentira pero a sus 85 años, cumplidos en octubre pasado, Horst Damme tiene intacta la energía y la vitalidad con la que levantó y vio crecer su empresa desde 1936, cuando llegó a Bogotá, luego de un peregrinaje con su familia, que lo trasladó desde su natal Berlín, pasando por Praga, cuando era capital de lo que era Checoslovaquia, hasta llegar a Buenaventura, antes de su escala en Popayán y Cali, hasta asentarse en la capital del país, luego de huirle a los nazis. “Me dicen que parezco un chino de 60”, cuenta mientras sonríe.

Fueron años de adaptación, pero a la vez de aprendizaje. Heredó de su padre, Willy, su gusto por trabajar la madera, pero a diferencia de él, que elaboraba cunas y pequeñas casas para ganar unos pesos de más, Horts se inclinó por los juguetes.

POR INSTINTO

“Tenía como unos siete u ocho años y quise hacer un camión de madera. Nadie me enseñó, solo seguí mi instinto. Me quedó muy pulido. Entonces, una familia vio el trabajo y me encargó cuatro juguetes para los hijos. Elaboré una cilindradora, un camión, un autobús y un avión. Creo que desde ese momento supe que tenía todo para formar una empresa, y al cabo de los años así fue”, describe Horst con una lucidez comparada a la calidad que identifica a los Juguetes Damme, levantada a pulso, con esmero, con amor y que se ha sostenido a pesar de las duras competencias que ha soportado frente a los muñecos y juguetes de pilas y las ‘Barbie’, en su momento, y ahora en frenética batalla contra los modernos adelantos electrónicos.

“No ha sido fácil. La empresa tuvo varias sucursales en la ciudad y repartíamos pedidos a todo el país, llegamos a tener 70 empleados, pero poco a poco se ha ido reduciendo. Era de esperarse, así es la vida”, resume un poco su desencanto el alemán más colombiano que puede haber en el país.

Pero ante la adversidad Damme tiene como consuelo que sus juguetes han sido la distracción sana de niños de generación en generación. “Mire, una vez pasó una señora y me dijo que ella, de niña, había tenido un caballito de madera. Luego de unos años, sus hijos disfrutaron de otro bello juguete y que ahora venía por el caballito para su nieto. Eso le levanta la moral al más incrédulo”, recalca Damme en su buen idioma castellano, aunque manteniendo un  leve acento germánico.

Ahora es Yolanda Pedraza, su esposa, quien está al frente de todo. Ella, quien llegó alguna mañana de enero de 1968 a la fábrica en busca de empleo y se quedó por siempre, asumió las riendas desde que Horst perdió la visión en sus dos ojos luego de sufrir un confuso accidente con un arma de fuego.

Eso fue el 25 de agosto de 1972. “Duró tres años sin querer saber nada de su fábrica, estaba desanimado, no quería vivir, pero de a poco salió de la oscuridad, esa es su razón de existir”, recuerda la patrona.

Pero la necesidad de hacer algo y sentirse agradecido con la vida, hizo una vez más  que este verdadero ‘Geppeto’ volviera a darle vida a sus juguetes y pese a vivir en las tinieblas se las arregló para seguir fabricando a pulso carros, cocinas, casas pupitres, sillas, rompecabezas, y todo un surtido hecho arte con Laurel o madera amarilla, como se le conoce popularmente por su color.

CABALLITO DE MIL BATALLAS

El denominado caballito de madera, el mismo que ha sido el de mil batallas para la empresa, tiene un costo de 105 mil pesos y es el juguete que más se ha vendido a lo largo de la historia de la fábrica.

“Es mi juguete preferido. Blanco, con tintes negros y decorados rojos, muy vivos. Dicen que ese balanceo en el caballo de madera les ayuda a los niños a acomodar el cerebro. Además esos chinos se divierten de lo lindo. No ofrece peligros, no presenta astillas porque el acabado es perfecto y pueden montarse sobre el lomo de madera apenas caminan”, argumenta el creador de la obra, con la misma descripción que haría un jockey cuando se enorgullece del ‘pura sangre’ que monta.

Los juguetes más baratos son unos pequeños carros de colores que valen $11.500 cada uno.

Aunque las ventas anuales están lejanas de aquellos años de abundancia, el negocio sigue dando para los gastos y algo queda. La mejor época es la de Navidad.

“Bueno, antes la gente compraba los regalos desde noviembre, ahora los mejores días son del 20 al 24 de diciembre de cada año. La gente deja todo para última hora. A parte de la temporada también se hacen encargos para colegios, que piden pupitres y mesas para colegios de kínder y primaria. No es como antes, pero igual, seguimos trabajando con paciencia y amor, esos son nuestros ingredientes principales”, agrega el hombre que ha visto caer otras empresas que se han atrevido a competirle. “Es que la calidad no se improvisa, duran un año a lo mucho”, dice con orgullo mientras pasa las manos por su rostro en señal de satisfacción.

Don Horst, como le dice su esposa, es el eterno rey de los juguetes de madera, al que no le importa el dinero sino la felicidad de los niños. Es un hombre muy mayor, pero que se goza la vida al igual que un pequeñín que se monta y se balancea en su caballito. Ese, quizá, ha sido el secreto para que su empresa, de más de 60 años de tradición, se mantenga viva a pesar del carnaval de importaciones de modernos dispositivos que ahora son la diversión de los pequeños.

Pero lejos de eso, el desvencijado, pero tierno corcel de palo, se resiste a dejar de ‘galopar’, aún se ve lejano el día de su última carrera en la arena.

JAVIER ARANA

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