Jacinda Ardern: ‘No debemos esperar que las mujeres sean supermujeres’

La primera ministra de Nueva Zelanda habla de Trump, su embarazo en el cargo y sobre si es demasiado amable para gobernar.

Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda

La nueva mandataria de Nueva Zelanda vivió una ‘luna de miel’ en los inicios del gobierno en el país, aunque diversas medidas económicas han empezado a generar rechazo en la población.

AFP

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mayo 04 de 2018 - 07:07 p.m.
2018-05-04

Sé que ya se está acercando la primera ministra más joven del mundo cuando un corpulento policía vestido de civil se asoma a la puerta y comienza a escudriñar la habitación.

Sólo hay siete u ocho mesas en Hillside Kitchen & Cellar, un café-restaurante tranquilo y elegante situado frente a la residencia oficial de Jacinda Ardern en Wellington, por lo que no le toma mucho tiempo darse cuenta de mi presencia. “¿Todo bien?”, pregunta, y se presenta como Eric de Protección Diplomática de Nueva Zelanda.

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La actitud práctica y realista de su personal de seguridad coincide con la imagen pública que convenció a los neozelandeses de votar por Ardern a fines del año pasado. Impulsada tanto por el estilo fresco e informal de la política laborista de 37 años de edad como por su defensa de las causas progresistas, la ‘Jacindamanía’ se convirtió rápidamente en un fenómeno mundial, dándole un lugar prominente junto al francés Emmanuel Macron y al canadiense Justin Trudeau en la narrativa liberal que se contrapone al renaciente populismo de derecha.

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La sensación de que es una lideresa en un nuevo molde optimista se profundizó después del anuncio en enero de que estaba embarazada de su primer hijo, por lo que en junio se convertirá en la primera jefa de gobierno en dar a luz en el cargo desde la fallecida Benazir Bhutto de Pakistán.

Eric queda satisfecho y momentos más tarde, entra Ardern al café mostrando su característica sonrisa amplia, y su embarazo debajo de una blusa roja. A su lado se encuentra un hombre de aspecto deportivo vestido con pantalones de mezclilla y una camisa casual.

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“Espero que no te importe, acabo de regresar de un evento que se realizó anoche en Wanaka, así que traje a mi compañero Clarke (Gayford)”, dice, señalando hacia el ‘primer tipo’, a quien muchos neozelandeses ya conocían por ser el presentador de un popular programa de televisión para pescadores, Fish of the Day.

Ardern lleva a Gayford a una mesa separada, donde se le unen otras personas que forman parte del séquito de la primera ministra. Mientras se acomoda en su silla, habla del esfuerzo que está haciendo para llevar una vida normal a pesar de las presiones del trabajo y su embarazo. “Todavía voy al supermercado y voy a Kmart a comprar mi ropa de maternidad”, y cuán afortunada se siente de que Gayford haya aceptado ser un padre que está en casa.

“La única razón por la que puedo hacer lo que hago es porque mi pareja tiene la capacidad de ser cuidador a tiempo completo”, asegura. “Así que no quiero parecer una supermujer porque no debemos esperar que las mujeres sean supermujeres”.

Ardern piensa tomarse seis semanas de licencia de maternidad antes de regresar al trabajo. Me dice que tiene las mismas dudas y temores que tienen muchos futuros padres, aunque es claramente una de las pocas personas que han tenido la oportunidad de hablar de esto con Barack Obama, quien visitó Nueva Zelanda el mes pasado. “Le pregunté, ‘¿Cómo manejas los sentimientos de culpa?’ Me considero una persona que siente mucha culpabilidad. Probablemente la política es el peor lugar para mí”, explica de forma encantadora. “Su consejo fue, ‘Simplemente tienes que hacer tu mejor esfuerzo’”.

Ha sido un año sorpresivo para Ardern. Elegida como vicepresidenta del Partido Laborista de Nueva Zelanda en marzo de 2017, asumió el cargo principal apenas siete semanas antes de las elecciones de septiembre pasado después de la repentina renuncia de su predecesor.

Incluso Ardern se mostraba pesimista en cuanto a sus posibilidades: “Todo el mundo sabe que acabo de aceptar, con poco tiempo de aviso, el peor trabajo en la política”, dijo en ese momento.

El Partido Laborista, que no había tenido un miembro en el cargo desde hace nueve años y que marchaba detrás del gobernante partido Nacional con una desventaja de más de 20 puntos porcentuales en las encuestas de opinión, se estaba preparando para una cuarta derrota consecutiva y otro período desmoralizador en la oposición.

Entonces ocurrió algo imprevisto. En un país al que el banco HSBC ha elogiado en reiteradas ocasiones por su “economía estrella”, una campaña que se enfocó en la desigualdad y el aumento del número de personas sin hogar tocó la fibra sensible de la población y redujo la brecha.

Aunque el apoyo al partido Laborista disminuyó en las etapas finales, por lo cual quedó como el segundo mayor bloque en el parlamento, Ardern pudo conformar un gobierno de coalición con el partido nacionalista Nueva Zelanda Primero y los Verdes.

Ella dice que se dio cuenta de un momento decisivo cuando los comentarios de los medios comenzaron a enfocarse en las personas sin hogar en Auckland quienes se veían forzadas a dormir en sus coches, algunas incluso con sus hijos.

“La equidad está en nuestro ADN”, señala ella.

El compromiso de Ardern con la política progresista se afianzó desde una temprana edad. Creció en un pequeño pueblo de la zona rural de Nueva Zelanda, donde su padre era agente de policía y su madre trabajaba en el comedor de la escuela, y dice que fue testigo de cómo muchas familias tenían dificultades para sobrevivir durante un período de “irritantes” reformas de libre mercado que se implementaron en Nueva Zelanda en la década de 1980.

En la escuela fundó un capítulo de Amnistía Internacional, el cual aún existe en la actualidad. Educada por su familia en la fe mormona, Ardern abandonó la iglesia cuando tenía poco más de veinte años a causa de sus puntos de vista conservadores sobre la homosexualidad.

John Inger, el antiguo director de su escuela, a quien llamé el día antes de conocerla, me dijo que la Ardern era una estudiante maravillosa, una brillante polemista y probablemente una persona demasiado agradable como para estar en la política.

Sin embargo, la capacidad de Ardern para aprovechar la inquietud pública en torno a los crecientes precios de la vivienda, al bajo crecimiento salarial y a la infraestructura inadecuada también refleja las habilidades políticas que perfeccionó mientras trabajaba como empleada de Helen Clark, una exprimera ministra del Partido Laborista quien estuvo en el cargo por tres mandatos entre 1999 y 2008.

De hecho, a pesar del atractivo estilo de Ardern y su capacidad para conectarse con el público, es posible considerarla una persona enterada en lugar de una insurgente; una consumada política de carrera con poca experiencia en otros campos. “Trabajé tanto tiempo en una tienda de pescado y papas fritas como en el parlamento”, dice cuando le pregunto sobre esto, refiriéndose a un trabajo extraescolar. “He tenido experiencias particulares en la política, pero no son las únicas y no fueron las que me definieron”.

Nuestra conversación pasa a la situación inestable de la política internacional. “Creo que un gran grupo demográfico siente que ha quedado excluido a causa de la gran crisis financiera y al menos de lo que perciben como la globalización”, considera Ardern.
“Tengo la sensación de que parte de la reacción que hemos visto en los referendos y las elecciones ha sido inquietante porque hay una falta de respuesta a la creciente sensación de inseguridad de las personas, ya sea por inseguridad financiera u otras causas. Los políticos pueden llenar ese vacío con un mensaje de esperanza, o podemos aprovechar esto con el miedo y la culpa”.

La respuesta de l Ardern ha implicado grandes compromisos con el electorado: resolver la crisis de la vivienda, sacar a 100.000 niños de la pobreza y poner a Nueva Zelanda en el camino de convertirse en una economía neutra en carbono para el año 2050, por mencionar sólo algunos.

Su gobierno ha comenzado con denuedo.
Este mes, Ardern prohibió la futura exploración de petróleo y gas en alta mar, lo cual representa un enorme alejamiento de la política del partido Nacional, que cortejó activamente a las grandes compañías petroleras.

También, aumentó el salario mínimo en 75 centavos hasta los NZ$16,50 (US$11,50) por hora, comenzó a eliminar gradualmente los costos de la educación superior y legisló contra los extranjeros que compran propiedades residenciales.

Pero Ardern también ha mostrado una vena pragmática al suscribirse al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, un acuerdo comercial que abarca 11 países de la región del Pacífico el cual había criticado cuando formaba parte de la oposición.

La mandataria, quien es feminista, claramente no es una seguidora/partidaria/fanática de Trump, pero es demasiado diplomática como para decirlo, dada la estrecha relación comercial y de seguridad de Nueva Zelanda con EE. UU. (Nueva Zelanda es miembro de la red de espías Cinco Ojos, que también incluye a EE. UU., Canadá, Australia y el Reino Unido).

Le recuerdo que antes de convertirse en primera ministra, se unió a cientos de manifestantes en la Marcha de las Mujeres de Auckland, que se realizó un día después de la toma de posesión de Trump en enero de 2017.

¿Puede la mujer a quien la revista Vogue catalogó de “Anti-Trump” construir una relación cercana con su administración? “Oh, sí, tenemos que hacerlo”, me dice. “En toda relación existen diferencias”.

Paso a referirme a las crecientes preocupaciones sobre la influencia del Partido Comunista chino en la política y la sociedad de Nueva Zelanda, las cuales ocurren justo cuando el Gobierno intenta actualizar su acuerdo comercial con Pekín. Australia ha tomado medidas para endurecer sus leyes de espionaje extranjero, sin embargo, Nueva Zelanda no ha tomado ninguna acción abierta hasta la fecha.

“Seguimos revisando ese tema”, resalta Ardern, quien insiste en que su gobierno no tiene miedo de hablar sobre los derechos humanos, incluso aunque involucre a China, su mayor socio comercial.

John Key, un exprimer ministro de Nueva Zelanda, fue criticado por no reunirse con el Dalái Lama cuando visitó Nueva Zelanda en 2009, a pesar de que lo había prometido antes de las elecciones. Ardern pone de manifiesto que cualquier reunión futura con el líder tibetano sería considerada cuidadosamente por su gobierno, lo cual sugiere que su gobierno no quiere enfadar a Pekín.

La Jacindamanía estaba en pleno apogeo la semana pasada cuando Ardern viajó a Europa para la cumbre de líderes de la Commonwealth en Londres, y se detuvo en el camino para presionar a Macron y Angela Merkel en el tema del comercio y concluyó con una especie de clase magistral sobre el arte del simbolismo político cuando se presentó para reunirse con la reina en el Palacio de Buckingham vistiendo un Kahu, manto tradicional del pueblo maorí de Nueva Zelanda.

Sin embargo, de vuelta en casa hay indicios de que la luna de miel política de la Ardern está llegando a su fin. Un plan para aumentar los impuestos especiales sobre la gasolina recientemente provocó acusaciones de que estaba incumpliendo la promesa de no introducir nuevos impuestos, mientras que el mes pasado su ministro de Medios de Comunicación se vio envuelto en un escándalo de influencias que provocó la renuncia de un ejecutivo de Radio Nueva Zelanda (RNZ).

Todos los gobiernos enfrentan esos problemas, pero en el caso de Ardern requerirán de un hábil manejo, dado el carácter díscolo de la coalición que dirige. Los comentaristas consideran que Winston Peters, el líder populista del Partido Nueva Zelanda Primero y viceprimer ministro, es un inconformista y no es un aliado natural del Partido Verde, cuyo apoyo es fundamental para la coalición.

Mientras la camarera regresa para retirar los platos, le cuento a Ardern mi conversación con el antiguo director de su escuela, cuyos comentarios se hicieron eco de las preguntas planteadas después de que ella se resistió a los llamados a despedir a su ministro de Medios de Comunicación tras el escándalo de la RNZ.

¿Qué piensa ella de la acusación que le han hecho de que es simplemente “demasiado amable” para tomar las decisiones difíciles que se requieren de un primer ministro?
Ardern lo niega con la cabeza. “¿Debería haber sido despedido el ministro? No. Eso habría fijado el umbral en un lugar inalcanzable para todo el gobierno en el mundo. A veces, sobrellevar esas situaciones –en las que obligar a alguien a renunciar no sería lo correcto– también requiere de liderazgo”, dice ella.

“La política es muy difícil, así que hay que ser resistente?Sí, siento las cosas de forma bastante intensa, pero eso significa que mi brújula política probablemente todavía está bastante intacta, y que mi sentido de la empatía y la bondad me sigue guiando”.

Jamie Smyth

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