¿Pueden las ciudades iniciar la lucha contra el cambio climático?

Cuatro nuevos puntos de vista que sugieren formas de reducir emisiones que no dependen de Trump.

Autolib, el carro eléctrico.

Entre las distintas opciones que se barajan en el mundo para combatir los efectos del cambio climático y reducir la contaminación en las ciudades, se encuentra el coche eléctrico.

Efe

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junio 23 de 2017 - 07:21 p.m.
2017-06-23

En 100 años, cuando los historiadores intenten entender cómo las autoridades de hoy manejaron el enorme problema del cambio climático, los últimos 18 meses seguramente serán desconcertantes.

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Este es un período que comenzó en diciembre de 2015 cuando casi todos los países del mundo adoptaron el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, aclamado por el entonces presidente de EE.UU., Barack Obama, como uno de sus mayores logros.

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A ese novedoso acuerdo le siguieron otras dos importantes acciones mundiales el pasado mes de octubre: el primer acuerdo de la aviación internacional contra el cambio y un pacto para eliminar gradualmente los hidrofluorocarbonos, que contribuyen al calentamiento global. Mientras tanto, los inversionistas abandonaron los combustibles fósiles.

El uso de energía verde está creciendo exponencialmente. Las grandes empresas adoptaron sus propias metas inspiradas en el Acuerdo de París para reducir las emisiones.

Entonces llegó noviembre, cuando los electores de la mayor economía del mundo eligieron a Donald Trump, un hombre que una vez había calificado el calentamiento global como un fraude y había prometido retirarse del Acuerdo de París.

La presidencia de Trump comenzó en enero, justo cuando los científicos confirmaron que el año 2016 había sido el año más caluroso a nivel mundial que se haya registrado: los océanos se habían calentado, el hielo marino se había derretido y los arrecifes de coral se habían blanqueado.

En respuesta, Trump llenó su administración de defensores de los combustibles fósiles y retiró a EE.UU. del Acuerdo. “Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París”, dijo Trump en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca.

Ante esto, cuatro libros recientes sugieren que Trump no prevalecerá. Juntos, imaginan un futuro en el que los avances tecnológicos, las cambiantes fuerzas del mercado, las ciudades empoderadas y los individuos decididos apresuran un alejamiento del carbón, el petróleo y el gas, con o sin la participación de los Gobiernos.

El más importante entre ellos es ‘Burn Out: The Endgame for Fossil Fuels’, del economista de la Universidad de Oxford Dieter Helm. En él, ha sido mordaz sobre el costo y el impacto de las energías renovables de hoy, criticando el ‘circo’ de negociaciones en materia de cambio climático de la ONU y defendiendo el gas como una importante respuesta.

Esas opiniones aún se encuentran en Burn Out, pero su mayor argumento es que tres “sorpresas predecibles” señalarán la desaparición paulatina de los combustibles fósiles, que actualmente suministran más de 80% de la energía mundial.

La primera ya ha ocurrido: el final del “superciclo” de los productos básicos impulsado por China y la caída de los precios del petróleo que comenzó a finales de 2014.

Esto es, en parte, a causa de su segunda y tercera sorpresa: el aumento de la presión para luchar contra el cambio climático y el avance de las nuevas tecnologías, desde los coches eléctricos hasta los paneles solares y las impresoras 3D. “Las tres juntas resultará en una transformación radical y el fin de los combustibles fósiles”, escribe.

Hoy en día, las propias compañías de combustibles fósiles aceptan que el mundo ha comenzado una imparable transición energética.

Sin embargo, Burn Out es esclarecedor porque Helm analiza los ganadores y perdedores: EE.UU. y Europa deben ser grandes vencedores, dice, en parte gracias a sus sociedades abiertas, diversificadas y su sed de innovación tecnológica. Probablemente los perdedores incluyan a Rusia y las autocracias del Medio Oriente.

Otros dos libros tienen una solución diferente: las ciudades. Más de la mitad de la población es urbana, y produce colectivamente más del 80% del PIB mundial y al menos el 70% de las emisiones de gases invernadero.

Sin embargo, el aumento de la riqueza de las ciudades aún se ve superado por el peso político de los Gobiernos que han luchado para frenar el cambio.

Un nombre que figura en muchos de los grupos de ciudades conscientes del uso de las energías renovables es el exalcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, un prominente defensor del clima que adoptó una serie de medidas ecológicas, desde establecer un sistema de bicicletas compartidas hasta pintar las azoteas negras de color blanco.

Ha sido coautor de ‘Climate of Hope’ junto con Carl Pope, expresidente del grupo ambientalista Sierra Club.

Olvidemos las advertencias ecológicas alarmistas de los activistas, dicen. Observemos, en cambio, cómo las políticas sobre el clima también crean lo que la gente quiere: más empleos, un aire más limpio, menores facturas de energía y una mejor calidad de vida urbana.

Una de las cosas más importantes que un alcalde puede hacer, por ejemplo, es construir sistemas de transporte público más limpios que reduzcan la contaminación y la congestión vial.

Aquellos que buscan un marco intelectual para semejantes acciones podrían recurrir a ‘Cool Cities’ de Benjamin Barber. Aquí desarrolla los temas en favor de modelos de democracia más descentralizados que empoderen las organizaciones locales y les den menos peso a los estados-nación.

Barber argumenta que los gobernantes ya no están cumpliendo con la parte del trato en la que se basa su legitimidad, porque no protegen a los ciudadanos de la amenaza del cambio climático.

Al mismo tiempo, las ciudades cada vez más ricas tienden a ser más ‘progresistas’ que los Estados. Los centros urbanos abogan por los derechos de los homosexuales, el control de las armas de fuego y, cada vez más, por las acciones contra el cambio climático.

La solución de Barber radica en grupos como el Parlamento Mundial de Alcaldes, que se reunió por primera vez en septiembre de 2016 en La Haya, una acción que describe como “un paso trascendental en el camino en el empoderamiento urbano”.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿pueden miles de ciudades muy diferentes llegar a un acuerdo sobre cómo reducir sus emisiones? Y, ¿por qué a esta multitud le iría mejor que a cualquiera de los casi 200 países que han pasado más de 20 años tratando de negociar un acuerdo climático global importante?

Barber desestima el Acuerdo de París. Bloomberg y Pope piensan que las ciudades contribuyeron a reforzarlo. Aun así, las ideas tanto en ‘Cool Cities’ como ‘Climate of Hope’ están siendo puestas a prueba por la decisión de Trump. A las pocas horas de la decisión, los Gobiernos municipales de todo el mundo iluminaron sus edificios de verde en protesta y declararon que trabajarían para cumplir los objetivos del acuerdo.

Bloomberg dijo que él y otros grupos proporcionarían hasta US$15 millones para ayudar a tapar la brecha financiera. De igual forma, el alcalde de Pittsburgh, Bill Peduto, denunció el intento del presidente de invocar la historia siderúrgica de su ciudad. Esta era ahora un estudio de caso en la revitalización ecológica.

Esto nos lleva a otra pregunta: ¿pueden las personas marcar alguna diferencia? Más de lo que se piensa, afirma Brett Favaro, un investigador científico en Canadá, quien escribió ‘The Carbon Code: How You Can Become a Climate Change Hero’.

Más guía práctica que arenga, el libro explica cómo los avances tecnológicos están facilitando y abaratando el uso de las energías renovables.

Es posible averiguar qué dispositivos de su hogar consumen más electricidad. También es cada vez más sencillo encontrar lavavajillas, frigoríficos y otros electrodomésticos con etiquetas que dicen cuánta energía usan.

El consejo del libro sobre la carne es más riguroso. La carne de res, señala Favaro, “es el carbón de los alimentos”, un enorme caso atípico en términos de la cantidad de gases de efecto invernadero que se emiten para producirla. Es mejor comer pescado.

Los vuelos y cruceros de recorridos largos también son preocupantes, pero no están prohibidos por los cuatro principios del código de emisiones de carbono que Favaro ha ideado: reducir el uso tanto como sea posible; sustituir las actividades que utilizan mucho carbono; obtener el mayor beneficio de cada unidad emitida y compensar su propio consumo.

Esto no es toda la respuesta al cambio climático. Sin embargo, los cuatro libros subrayan cuán aislados pueden volverse los líderes como Trump si ignoran el alejamiento de los combustibles fósiles que el resto del mundo parece decidido, o predestinado, a perseguir.