Las mil y una noches de Catalina en el mundo árabe

De hecho, la colombiana durmió 1.095 siendo auxiliar de vuelo de la aerolínea del país más rico del mundo. Estuvo en 38 naciones… y su sueño es conocer el resto del mundo. ¿Qué hizo para conseguirlo?

Las mil y una noches de Catalina en el mundo árabe

Archivo particular

Las mil y una noches de Catalina en el mundo árabe

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mayo 26 de 2015 - 09:36 p.m.
2015-05-26

‘‘Si ustedes vinieron a decirnos que están aquí porque quieren conocer otras culturas y conseguirse novio ‘gringo’, váyanse. Están muy equivocadas”. Fue lo primero que Catalina escuchó al presentarse en una entrevista para trabajar en una aerolínea colombiana. Pero ella no podía mentir. Su respuesta era esa que ellos no querían oír: su deseo de ser azafata estaba motivado por conocer ‘otros mundos’… y así se los dijo.

Con ese sueño y sus jeans de siempre, la colombiana de 26 años se presentó cinco años atrás a la convocatoria que Qatar Arways realizó para reclutar auxiliares de vuelo.

Junto a ella estaban 360 niñas, la mayoría con sus uniformes de azafata. Catalina no tenía experiencia asistiendo vuelos. Hacía unos días había regresado de Inglaterra, donde se dedicó a estudiar inglés y a trabajar en hoteles.

Tenía lo que pedían: más de 21 años, saber inglés y 210 centímetros al empinarse, lo que mide una puerta.

Pero cuando llegó ya era tarde. Eran las 8:50 a. m. y el salón estaba lleno. ‘No hay cupos’, fue lo que le respondieron a 60 aspirantes que esperaban su turno. Catalina estaba en ese grupo. Poco a poco, muchas de ellas empezaron a abandonar el lugar.

Ella se quedó. ¿Por instinto? No lo sabe. Pero esperó, con la misma actitud parsimoniosa con la que hoy conversa.

Una hora más tarde, una inglesa impecable abrió la puerta. Sorprendida al ver que aun había niñas esperando, les prometió atenderlas.

De repente, la colombiana de más de 1,70, cuyos ojos develan toda la emoción y capacidad de sorpresa que no se asoma en su tono de voz, se encontraba embarcada hacia un universo que desconocía. Pero antes, tenía que superar varias pruebas.

El primer filtro consistía en demostrar que hablaba el idioma a la perfección. Luego, vinieron las preguntas. Entre agricultores, médicos, policías, parejas y ancianos ¿a quién llevaría en un avión con un cupo de diez personas para poblar otro planeta? ¿Qué de su ciudad promocionaría para visitar? ¿Cómo le había ido en su último trabajo?

Después de cuatro días de evaluaciones, le enviarían un correo contándole si el puesto era suyo. A las 48 horas el mail llegó: Catalina debía realizar su primer vuelo en una semana. Fue la única elegida.

La fecha exacta de la ruta en la que se estrenaría como azafata de Qatar Arways era un 11 de septiembre de 2010. Un vuelo con escala en Estados Unidos. La joven se negó. No admite que su decisión se haya basado en supersticiones, pero cuenta que ese día son muy pocos quienes viajan, espantados por el recuerdo de la trágica inmolación que causó el accidente de dos aviones contra las torres gemelas hace 14 años.

De hecho, este factor no fue el único que le generó desconfianza. “Yo no podía creer que fuese la única mujer de 360 que ellos habían escogido. Rentar la sala de hotel donde nos hicieron las pruebas ya costaba mucho dinero… ¿solo por mí? Tenía que asegurarme que no era una trampa”, recuerda, como si aun no creyera que eso fue lo que le sucedió.

Su instinto de supervivencia la llevó a contactar por internet a un colombiano que vivía en Doha, capital de Qatar. Le pidió que averiguara si las personas que la habían reclutado en Colombia sí trabajaban para la aerolínea y si allá sabían de la convocatoria que se había realizado. Él le confirmó la información.

Igual de escéptica empieza a narrar su historia cuando, por fin, decidió poner un pie en un avión de Qatar Arways y entrar en un mundo que incluyó desierto, baños sin papel higiénico, hoteles cinco estrellas, dinero y mucho calor. Uno que pocos creerán que, aunque ni siquiera ella termine de asimilarlo, existe.

13.261 KILÓMETROS LEJOS DE CASA

Dos semanas después de saber que había sido elegida como una de las azafatas de Qatar Arways, Catalina realizó su primer vuelo con destino a Corea del Sur. La colombiana se inició con 11 horas de viaje.

De ahí, su próximo destino era Doha, el que sería su hogar por los siguientes tres años. Era un apartamento compartido con sus compañeras de ‘aventura’ del cual no tenía que pagar servicios, arriendo o cualquier gasto que demandara el inmueble. Todo lo cubría la aerolínea.

Ya en Qatar, empezó un intenso entrenamiento de lunes a sábado durante tres meses. En su cuaderno anotaba que a los judíos había que darles comida kosher, que a los hindúes no se les podía dar carne, que si iba a ofrecerle algo a la esposa de un musulmán tenía que pedirle permiso a él.

Además de aprender las exigencias de sus futuros pasajeros, Catalina también debía saber cada paso para verificar que una bala de oxígeno esté llena, asegurarse de que las sillas estuviesen en perfecto estado y cómo sonreír sin pausa durante el vuelo.

Ese mundo de lujos en el aire le exigía la misma pulcritud y perfección que la aerolínea luce. Reemplazó sus jeans por faldas cuidadosamente planchadas. La sencilla ‘cola de caballo’ con la que suele agarrar su pelo desapareció. No se podía asomar el más mínimo cabello que no estuviera sujeto a la ‘dona’ con la que Catalina ordenaba su pelo.

Ya no más ‘lipstick’ color frambuesa. Sus labios solo podían ser pintados por un rojo 69 o 180. Tampoco podía jugar con sus uñas: un vino tinto específico debían cubrirlas siempre, sin falta.

El dinero y las comodidades también pasaron a hacer parte de su vida. Al mes, recibía en promedio siete millones de pesos, cinco por los vuelos realizados y dos millones que eran su salario fijo mensual sin importar si tenía o no rutas que cubrir.

Cuando volaba podía demorarse hasta una semana en la ciudad a la que se dirigía. Allí, le entregaban hasta US$ 400 de viáticos y la hospedaban en el mejor hotel disponible.

Ahora que trabajaba para una aerolínea cinco estrellas, ella también debía estar ‘de lujo’.

Por sus servicios y un avión del que no se querrá bajar, usted puede pagar más de 15 millones de pesos – lo que cuesta un tiquete de Doha a París en primera clase -. Aunque la aerolínea ya ‘aterrizó’ en Argentina, Brasil, Uruguay, Chile y Perú, aun no ‘tiene pista’ en Colombia.

Para Qatar hay tres clases: la primera, negocios y económica. Todas disfrutan de bebidas alcohólicas gratis ilimitadas durante el vuelo, carritos de manzanas y galletas horneadas. En las tres, las azafatas deben asegurarse que cada hora los pasajeros estén comiendo, si así lo requieren.

Los privilegios de primera clase no son pocos. Basta con entrar a su zona: las sillas, simulando la forma de una espina de pescado, son amplias, individuales y cuentan con sus propios televisores.  A estos pasajeros las azafatas los llaman por su nombre, les preguntan qué quieren comer del menú y, en platos de porcelana, les sirven rissoto, caviar o langostino al gusto.

En tales condiciones, un pan a la hora equivocada es suficiente para desentonar.

No hacía mucho que Catalina volaba con Qatar Arways y, se suponía, pasaría un buen tiempo antes de que la encargaran de la cocina del avión. Pero a las pocas semanas le dejaron esa tarea en una ruta de más de diez horas.

Responsable de las comidas, la colombiana sirvió croissants para la cena y pan blando para el desayuno. ¡Craso error! Los pasajeros debían acompañar sus comidas con pan blando y sus desayunos con croissants. Una equivocación que le costó su única amonestación mientras trabajó para la aerolínea.

¡ALERTA! ¡PASAJEROS A BORDO!

‘Cualquier cosa que pase en el vuelo es peligroso para el vuelo’. Bajo esta premisa, Catalina explica por qué el trabajo de azafata va mucho más allá de servir una comida: es encargarse de que los pasajeros lleguen ‘sanos y salvos’ a su destino.

“Es muy común que ellos se desmayen. Son muchas horas de vuelo y diferentes escalas. Cualquier cosa puede pasar y uno tiene que saber cómo reaccionar porque son ese tipo de cosas las que ponen en riesgo un vuelo”, sentencia su voz firme, convencida de la verdad que aprendió surcando cielos interoceánicos.

En una ocasión, estando ‘en el aire’, sonó una alarma: alguien estaba fumando en el baño. Aunque Catalina golpeaba la puerta, el pasajero no le quería abrir. La colombiana se vio forzada a accionar el seguro que solo ellas conocen para entrar – sí, ellas pueden abrirle la puerta aunque usted cierre con seguro -, obligar al fumador a entregarle todas las cajetillas de cigarrillo que llevara en sus bolsillos y maletas, y enviarlo con un compañero a su puesto para que lo vigilara el resto del viaje. Él jamás podrá volver a un avión de Qatar y fue Catalina quien debió hacer los descargos en su contra una vez aterrizaron y la policía se hizo cargo del hombre.

En otra oportunidad, quien se tomó el avión fue un pasajero africano con tragos ‘de más’. “El tipo se puso agresivo. Peleaba con otros pasajeros, la gente se estaba poniendo nerviosa. No lo podíamos calmar de ninguna manera y él seguía exigiendo más whisky. Al piloto le tocó anunciar que, si no se calmaba, tendríamos que aterrizar de emergencia en el aeropuerto más cercano. Al final, guardó la compostura y se tranquilizó. El piloto es el último recurso pero cualquier desorden o caos que se presente en un vuelo es razón suficiente para desviar la ruta”, sentencia con la gravedad que le exigió, en aquel entonces, controlar la situación.

Pero, tal vez, el recuerdo más angustiante para la colombiana lo protagonizó un niño que para ese entonces no superaba los 5 años. En un día de vuelo tranquilo, sin mayores percances, un pequeño de clase económica se tragó un dulce. El caramelo se estancó en su garganta y no lo dejaba respirar. Los colores del rostro del pequeño empezaron a matizarse de blanco a morado… se estaba ahogando.

Una compañera de Catalina actuó de inmediato. Aplicando las estrategias que les habían enseñado en primeros auxilios, ayudó al niño para que escupiera el dulce. Minutos más tarde, a la piel del pequeño volvía su color natural.

SEX AND THE CITY 2 NO MINTIÓ SOBRE EL MUNDO ÁRABE… NO DEL TODO

Con decenas de miles de millones recaudados en taquilla en su primer fin de semana de estreno solo en Estados Unidos, es fácil suponer que todos recordamos una de las escenas más famosas de la película, cuando un grupo de mujeres musulmanas levantan sus batas negras para mostrarle a Carley, Samantha, Miranda y Charlotte – protagonistas de la famosa saga Sex and the city -  lujosos tacones Dior, carteras Louis Vuitton y vestidos de seda Versace.

¿Qué tan lejano es este fragmento de la realidad? Catalina nos confirma que es – tal cual- un retrato. Ellos, de blanco impecable; ellas, de negro. En su cultura, las mujeres lucen sus – no muy baratas – prendas ‘a puerta cerrada’, donde solo los ojos de su familia pueden apreciar su belleza engalanada de los más finos accesorios.

Si ellas están acompañadas de sus maridos, otros hombres no las pueden saludar. Y su respeto por la privacidad también se traslada a las calles. Sí, se escandalizarían si usted, al igual que Samantha en otra de las escenas de la película, introduce de manera insinuante la manguera de la narguila una y otra vez fuera y dentro de su boca mientras su acompañante la observa. Para ellos, cualquier manifestación de cariño frente a los demás es un irrespeto.

El film tampoco miente sobre un mundo donde el dinero no es problema: allí, en Qatar, ningún qatarí trabaja para sus coterráneos. Sus empleados son de Rumania, Brasil, Colombia. Ellos tienen poder y son conscientes de ello.

En medio del desierto que sube la temperatura hasta los 48 grados, sus hoteles, casas y centros comerciales están aclimatados con aire acondicionado 24/7. Sus habitantes jamás se sienten sofocados bajo las mantas de su cultura.

También es cierto que no se puede andar de shorts, vestidos de baño o esqueletos y que lucir cualquiera de estas prendas en público es tan prohibido como entrar mascotas en los centros comerciales. Que no utilizan papel higiénico porque les parece sucio y que no les gusta saludar con las manos por las mismas razones… en los baños usan una manguera con agua para asearse. 

Las únicas zonas neutrales son los hoteles, donde extranjeros y locales conviven respetando las costumbres de cada quien. El panorama es tan ‘occidental’ como en cualquier hotel de Estados Unidos y es en el único lugar donde se pueden consumir bebidas alcohólicas. En el resto de Qatar, puertas afueras del lobby, se necesita de algo así como una licencia de conducción para que, en ciertos lugares específicos, les vendan whisky, ron y ginebra.  ¿Los requisitos? Trabajar para una compañía y tener cierta capacidad monetaria.

En las esquinas de Doha, en vez de cigarrerías, hay parlantes que rezan cada hora, todos los días. Quienes quieran, se arrodillan con dirección al sol y siguen la oración.

Pero también es cierto que hay muchos católicos y cristianos, que muchos musulmanes no utilizan túnicas, que los árabes también toman Milo y se lavan los dientes con Colgate. Si usted va a Doha, de seguro encontrará un Carrefour.

Aunque sean ‘otro mundo’ siguen siendo parte de este universo. Prueba de ello: las protagonistas de ‘Sexo en la ciudad’ pudieron montar sus camellos, sudar en sus bazares y cargar condones en sus carteras… aunque no las hayan dejado sacarlos de los bolsos.

CATALINA CON DESTINO A: COLOMBIA

En un día sofocante en el que no daban ganas de estar dentro de un avión, en uno de esos momentos en el que el sol parece aruñar las ventanillas del aparato, una pasajera contestaba fastidiada a las preguntas de las azafatas. Respondía de mala manera a cada petición del personal de vuelo y su irritación estallaba cuando alguien no la atendía como ella esperaba.

La colombiana estaba tan aturdida como sus compañeros y no había mucho ánimo por entender qué sucedía con la mujer, de no más de 40 años, que lograba llamar la atención de todo el vuelo. Pero Catalina decidió acercase – tal vez apelando a su naturaleza colombiana, solidaridad femenina o exceso de amor por su trabajo – y le preguntó qué le pasaba.

La pasajera rompió en llanto. Su mamá había muerto y, horas atrás, había perdido el vuelo que tenía que abordar en la conexión. Justo en ese instante, cuando le contaba a la colombiana lo sucedido, estaban enterrando a su mamá.

Aunque no pudiese acelerar el tiempo y curar el dolor que atravesaba el corazón de la mujer, Catalina hizo que ella se calmara, que sus compañeros comprendieran mejor a su pasajera e informarle que Qatar Arways tenía dentro de sus políticas responder por pérdidas de vuelo si no se debía a fenómenos naturales y se salía de las manos de quien le compró el tiquete.

Cuando la colombiana recuerda ese momento - más que como un triunfo - como un instante endulzado por la humanidad que reside en el acto de llorar frente a otro igual, en sus ojos se refleja el por qué le gusta ser azafata: Catalina es servicial y le encanta trabajar con ese talento.

Pero saboreando los recuerdos, no tiene problema en aceptar que ella se quiso bajar del avión, que sintió que era hora de partir.  La colombiana quería dejar de ser una de las 16 mil auxiliares de vuelo con las que cuenta Qatar Arways para volver a ser parte del millón de jóvenes en Colombia que no tiene trabajo.

Volvió detrás de un sueño común: estudiar. Devolvió sus pasos por las nubes para andar por los pasillos de la universidad. Regresó para convertirse en diseñadora gráfica.

Años más tarde se presentó de nuevo ante una aerolínea; pero esta vez, una colombiana.

En la entrevista de trabajo, después de decirle que estaba ‘en el lugar equivocado’ si les iba a contestar que quería ser su azafata en busca de viajes y novio, Catalina, tras tres años de ser auxiliar de vuelo en Qatar Airways, les contestó: “a mí me encanta viajar. Conocer otros lugares y personas. Por eso estoy aquí”.

Hoy trabaja para esa aerolínea y sueña con estar a bordo de Emirates Airline o Etihad Airways, otras dos compañías que ofrecen vuelos ‘de lujo’.

¿Algún día ‘pedirá pista’ y aterrizará para siempre? Catalina no lo duda: “yo quiero retirarme e irme a vivir a Inglaterra. Montar una galería de arte, como mis papás. Me encanta pintar”. Dejando flotar las palabras en el aire mientras terminan de sonar, se da cuenta que tiene una reflexión final entre los labios color frambuesa: “en realidad, es duro estar toda la vida ‘por las nubes’”.

Ana María Gutiérrez Luque

@GutierrezAnaMa