Adiós al bisturí de oro

Horas después de portar la antorcha de los Olímpicos, falleció de un paro cardiaco Ivo Pitanguy, uno de los cirujanos plásticos más famosos del mundo.

Ivo Pitanguy, uno de los cirujanos plásticos más famosos del mundo.

Ivo Pitanguy, uno de los cirujanos plásticos más famosos del mundo.

Archivo particular

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agosto 11 de 2016 - 08:22 p.m.
2016-08-11

Pitanguy no le tenía miedo a la muerte. “La conozco. Durante toda mi vida la vi actuar. No me asusta. Renunciar a la alegría de la vida será más difícil”, escribió en su libro autobiográfico Vivir vale la pena, publicado en 2014.

Para él, vivir valió la pena. Fue ícono y referencia de la cirugía plástica y reconstructiva en el mundo, padre de la cirugía estética moderna, el bisturí de oro, como muchos lo calificaron cuando llegó a la cima de la gloria.

Elevó la cirugía plástica al Everest de la belleza y por más de medio siglo convirtió a Brasil, concretamente a Río, en su capital mundial.

Su trabajo fue reconocido y premiado en todo el orbe. Recibió más de 100 galardones e innumerables reconocimientos de las organizaciones científicas y humanista más importantes del mundo.

Universidades de París, Bolonia y Tel Aviv le concedieron doctorados honoris causa. En 1987, recibió el premio Jurzykowski de la Academia Nacional de Medicina. Francia le concedió la Orden de Caballero de la Legión de Honor y, a principios de 2003, lo elevó a la categoría de Oficial, entre otras distinciones.

Del papa Juan Pablo II recibió el premio Cultura de la Paz en 1989, al igual que otros reconocimientos como el de Divulgación Internacional de Investigación Médica, concedido por la ONU.

MÁS DE 100.000 PACIENTES

Pitanguy hizo escuela. Por su famosa clínica del barrio Botafogo de Río de Janeiro, fundada en 1961, desfilaron cientos de cirujanos de todo el mundo, y por sus manos pasaron más de 100.000 personas que buscaban no solo la belleza, sino un alivio a carencias o deformidades heredadas o dejadas por desastres. Su vida brilló.

Un paro cardíaco lo suspendió a los 90 años el pasado 6 de agosto, horas después de que, en una silla de ruedas, fuera uno de los portadores de la antorcha de los Olímpicos de Río.

CON LOS FAMOSOS

Sofía Loren, Gina Lollobrigida, Farah Diba, Jackie Onassis, Elizabeth Taylor y otras muchas celebridades del mundo se mencionaban como sus pacientes, pero Pitanguy nunca divulgó ningún nombre por ética, respeto a su intimidad y a la confianza que le brindaban.

Por la isla particular que poseía en Angra dos Reis, cerca de Río, donde tiene una reserva ecológica, también desfilaron decenas de famosos como Jimmy Carter y hasta divas colombianas como Virginia Vallejo, quien se encontraba allí cuando lo entrevisté por primera vez, a mediados de la década de los 80.

Me dijo entonces que Colombia era rica en matronas. Le pregunté a qué se refería y respondió: “manejan con destreza la fragilidad, pero son mujeres fuertes como robles y libres como el viento”.

Entonces ya era famosísimo, pero eso no le impidió ser gentil, sencillo, profundamente humano y concederme un tiempo precioso que se prolongó por horas. Lo mismo sucedió con la más de media docena de entrevistas que le hice después, a lo largo de los últimos 25 años.

Esos encuentros terminaban, casi siempre, en un delicioso conversatorio gracias a su amor por la literatura, el arte, a su buen humor y a su conocimiento de la sociedad y las debilidades humanas, caldo de cultivo de esa hoguera permanente de las vanidades en las que muchas veces realizaba su trabajo.

Pitanguy no solo fue el padre de la cirugía estética moderna. Escribió más de 80 libros y centenas de ensayos. Citaba de memoria a Goethe y a Lorca, y fue miembro de la Academia brasileña de letras desde 1990.

Su libro Aesthetic surgery of the head and body (La cirugía estética de la cabeza y el cuerpo) fue premiado, por ejemplo, como mejor libro científico en la Feria del Libro de Frankfurt en 1981. Otras de sus obras también fueron reconocidas con distinciones nacionales e internacionales.

También fue presidente del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro por 10 años y miembro del Consejo Deliberativo del Instituto Brasileño de Educación, Ciencia y Cultura, de la Comisión Nacional de la Unesco y del Comité de Salud de la Comisión de Estudios Constitucional, entre muchas otras instituciones.

Además, fue ambientalista. En su isla de Angra no solo mantenía un criadero de animales silvestres, que estaba integrado a un proyecto nacional ambiental que se dedicaba a la conservación de especies en vías de extinción, sino que puso en funcionamiento otro de maricultura.

EL HUMANISTA

Humanista por herencia familiar y por convicción personal, Pitanguy no solo dedicó su vida a quitar arrugas, levantar colas o hacer senos y narices. También aplicó sus conocimientos para realizar un importante trabajo social y a ayudar gratuitamente a sencillas y anónimas víctimas de deformidades y desastres.

“El ser humano es uno solo, y el bienestar en su intimidad no es una consecuencia del sentido de salud orgánica, sino el sentido de convivir en paz con la propia imagen, pues el rostro de cada individuo refleja su carácter y temperamento, es el espejo de su universo interior”, declaró en una oportunidad.

Para él, las deformidades no eran lo que uno veía, sino la forma como afectaban directamente a las personas. “Eso es tan importante como cuando (Sigmund) Freud descubrió que las enfermedades no se trataban solo orgánicamente. Es la lección más profunda que tengo dentro de mi piel”, le dijo en una ocasión a la BBC.
En su opinión la cirugía estética no puede banalizarse ni trastocar la personalidad, y por eso, en muchas ocasiones, recomendó un tratamiento sicológico a sus pacientes antes que una operación.

Consideraba que Michael Jackson padecía de dismorfofobia, una preocupación exagerada por la apariencia personal. “Es un personaje dismorfóbico que detesta cómo es. No se puede poner una nariz sajona en una cara negra. Hay que respetar la propia etnia”.

Pitanguy siempre criticó la exagerada preocupación por el cuerpo y la poca dedicación al desarrollo del espíritu y al intelecto. Él nunca se operó. Consideraba que, más que una cirugía, para vivir mejor con uno mismo, es mucho mejor un buen ego y,… él lo tenía.

Gloria Helena Rey
Especial para Portafolio