¿Somos todos adictos?

Cuando líderes de las mayores plataformas del internet admiten que la influencia de su tecnología, tan importante para el progreso humano, puede ser mala, es mejor preocuparse.

Generaciones

La “adicción a la tecnología” está demostrando que la atracción que ejercen nuestros dispositivos no es diferente a la de las drogas o el alcohol.

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febrero 20 de 2018 - 09:26 p.m.
2018-02-20

Cuando líderes de las mayores plataformas del internet admiten que la influencia de su tecnología, tan importante para el progreso humano, puede ser mala, es mejor preocuparse.

(Lea: ¿Cómo y para qué utilizamos el móvil hoy en día?)

Es que al fin se está probando, después de tantos amores con Google, Facebook, Twitter y el resto de las gigantescas empresas tecnológicas de Estados Unidos, que su efecto y alcance son no solo un peligro para la democracia, las relaciones interpersonales y la privacidad, sino el origen de la más extendida adicción de nuestros días.

(Lea: Facebook hace frente a las ‘fake news’)

La “adicción a la tecnología” es un tema candente porque se está demostrando que la atracción que ejercen nuestros teléfonos y computadores no es tan diferente a la de las drogas o el alcohol.

Los expertos han estado advirtiendo durante años sobre las consecuencias negativas de la tecnología digital en nuestra cognición, psique y bienestar general.

Hay importantes corrientes de opinión pidiendo que la web sea regulada como se hace con los cigarrillos, porque la ciencia está probando sus dañinas propiedades adictivas.

En las filas de los preocupados con los nocivos efectos del uso excesivo de teléfonos y computadores, hay varias de las grandes luminarias del mundo tecnológico, incluyendo el fundador de Facebook.

Sus miedos, según dicen en entrevistas y conferencias, son múltiples: les preocupa la distracción, la afectación de la productividad, cómo las redes sociales alteran nuestras vidas y relaciones emocionales y sobre todo los daños en los niños expuestos a esa dependencia a cada vez más temprana edad.

Mi temor es que cada día aprendo de más casos de familias afectadas por esa dependencia, incapacitadas para proteger a sus hijos y para comunicarse personalmente. Familias sufriendo por la nueva adicción.

Ante las sofisticadas maquinarias de compromiso y persuasión que se están incorporando en las aplicaciones para computadores y teléfonos inteligentes, los usuarios somos totalmente indefensos. Y todavía más los más jóvenes.

¿Y ENTONCES, QUIÉN PODRÁ DEFENDERNOS?


Por más admisiones y arrepentimientos, los inventores de esas plataformas revolucionarias han llegado al pináculo de la riqueza y del poder precisamente gracias a la adicción de los usuarios. Por eso no van a regularse a sí mismos.

Las empresas que viven de mantener cautiva nuestra atención, como Facebook, Instagram, Snapchat, Whatsapp, YouTube o Twitter, emplean ejércitos de personas, sobre todo jóvenes ingenieros, que trabajan con supercomputadores para conectarnos cada vez más y por más tiempo. Con el fin de mantener su liderazgo mundial necesitan más gente adicta a sus servicios.

Para darle una idea: Facebook, dueño de WhatsApp y de Instagram, entre otras, tuvo, según su más reciente balance, $38 trillones de ganancias el año pasado. Por eso no van a reprimir sus intereses económicos para mejorar el bienestar de los usuarios. Y no necesitan hacerlo, al menos por ahora, porque el enriquecimiento ilimitado, el poder y los placeres privados de los lideres tecnológicos se han construido y comercializado como beneficios sociales para todos.

Esas compañías han convertido la indiferencia de la tecnología por los efectos que tiene en el mundo real en una ideología libertaria que minimiza el daño derivado de sus plataformas y, en nombre de la libertad, la democracia y la privacidad, rechaza reglas y regulaciones destinadas a prevenirlo.

Es probable que a medida que crece la evidencia los gobiernos y las instituciones internacionales encuentren cómo regular el ciberespacio y sus efectos.

Mientras tanto, somos nosotros, los cándidos usuarios, quienes debemos ejercer control y establecer nuestras propias restricciones para evitar que la adicción se siga propagando.


Cecilia Rodríguez
Luxemburgo

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