Así es la vida de los cremadores de cuerpos en India

Preparan las piras donde arden los cadáveres. “Si no fuera por nosotros, nadie llegaría al cielo”, dice uno de ellos.

Una vista del crematorio de Harishchandra Ghatt.

Agencias

Una vista del crematorio de Harishchandra Ghatt.

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octubre 22 de 2013 - 12:57 a.m.
2013-10-22

A los dom, o cremadores de cadáveres, la tradición hindú los considera impuros: “Siempre hemos estado marginados, pero nuestro trabajo es muy importante.

Si no fuera por nosotros, nadie llegaría al cielo”, explica Mathow Chaudry, de 55 años, quien dice llevar “toda la vida” quemando difuntos en Harishchandra Ghatt, uno de los dos crematorios que operan en la ciudad más santa del hinduismo: Benarés.

Nacido junto a ese Ghatt, escalinatas que descienden hasta el cauce sagrado, Chaudry recuerda que “cuando era pequeño nadie se atrevía a acercarse a mí.

Afortunadamente, eso ha cambiado y ahora se enseña a los niños en las escuelas que todos somos hijos de Dios y no hay diferencias básicas entre los seres humanos”.

“Porque Dios solo hay uno, aunque tenga muchas caras y distintas manifestaciones”, apunta el veterano cremador.

El rechazo y la marginación no han impedido que Chaudry se sienta “contento con la vida que me ha tocado vivir”, y “satisfecho de haber desarrollado este oficio”, aunque admite que “no estoy de acuerdo con el sistema de castas”, en el que los dom ocupan uno de los escalafones más bajos del organigrama social.

350 KILOS DE MADERA

“Nací dom y, al fin y al cabo, lo que he hecho a lo largo de mi vida es lo mismo que mis antepasados durante generaciones”, se justifica Chaudry, cuyos dos hijos han seguido la tradición familiar y creman también cadáveres, “algo que me gustaría que hicieran mis dos nietos, y se sintieran orgullosos de este oficio”.

Un empleo como este consiste en preparar el lecho con 350 kilos de madera necesarios para convertir en cenizas un cuerpo humano, y facilitar el fuego con el que se prende la pira funeraria.

El viejo dom afirma que la calcinación completa de un cadáver suele llevar tres horas, y que a continuación se lanzan las carcasas al Ganges para que sean arrastradas por las aguas hasta el mar.

El objetivo no es otro que la instalación del alma del fallecido en el nirvana, que no se reencarne en ningún otro ser vivo y sea libre del ciclo interminable de avatares en el mundo físico, una circunstancia que, según la mitología hindú, solo garantiza la cremación en el Ganges y, muy especialmente, a la altura de Benarés.

Mathow Chaudry asegura que con su labor viene a ganar unos 200 dólares mensuales, que complementa con pequeñas cantidades que obtiene de la venta de las baratijas y objetos de valor con que los cadáveres son cremados, “tales como dientes de oro, anillos y pendientes que los familiares dejan en los cuerpos”.

Como en Manikarniká, el otro crematorio de la ciudad, en Harishchandra se queman cadáveres durante las 24 horas del día, a razón de unos 30 o 40 por jornada, un ritmo que la reciente inauguración de un crematorio eléctrico no ha hecho descender, ya que “la gente no cree que quemar a sus seres queridos con electricidad sea de buen augurio, y prefiere el modo tradicional”.

LA LEYENDA DE BENARÉS

La historia de la ciudad se enmarca en el tejido de mitos y leyendas que hacen de esta ciudad el epicentro de la cultura hindú, desde que, siempre de acuerdo con la tradición, la fundara el dios Shiva, que desvió con su cabeza el chorro de agua con el que las divinidades del cielo decidieron bañar la tierra, y que se transformaría en el Ganges.

Desde aquellos tiempos inmemoriales, millones y millones de creyentes de toda edad, circunstancia y condición peregrinan cada año a Benarés, desde los cuatro puntos cardinales de la India, para chapotear con la salida del sol en el río sagrado.

Buena parte de los peregrinos son ancianos que vienen a pasar sus últimos años de vida en albergues de la ciudad para, cuando expiren, ser cremados por sus familiares en Harishchandra o Manikarnika.

EFE

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