Ricardo Villaveces P.
columnista

Tiempos de tormentas

Los grandes líderes brillan por su ausencia y el desencanto por las deficiencias de los Estados para satisfacer las necesidades de unas poblaciones. 

Ricardo Villaveces P.
Opinión
POR:
Ricardo Villaveces P.
noviembre 27 de 2016
2016-11-27 01:09 p.m.
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Aunque puede sonar a lugar común, es bueno recordar que “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”. Pareciera que se esto lo olvidan muchos dirigentes mundiales en este período de la historia. Cuando se lee sobre el siglo XX y, en particular, de los primeros años de esa centuria, de una parte y de otra sobre lo que se vivía en los años treinta y, en general, en el periodo entre las dos guerras mundiales, no dejan de ser preocupantes todas las similitudes que se encuentran con lo que hoy vivimos y, que en uno y en otro caso, desembocaron en los dos grandes conflictos. El decaimiento de las grandes potencias en los primeros años del siglo, cuando al imperio Otomano se le veía como el ‘viejo enfermo de Europa’, el imperio británico vivía los últimos años de la era victoriana y empezaba su declive, el imperio ruso experimentaba la revolución de los bolcheviques y el imperio austro húngaro pasaba por los periodos finales de gran potencia. Los nacionalismos se exacerbaban y, al parecer, no se dimensionaban en su verdadero alcance las aspiraciones expansionistas del Kayser. La guerra empezó, y sobre todo en Inglaterra se vio con ligereza y se pensó que esto iba a terminar rápidamente.
Pues bien, la Primera Guerra Mundial fue una verdadera tragedia para Europa, y millones de personas murieron en esos años.

No entender las repercusiones y actuar con la arrogancia de los vencedores que pretendieron humillar a los alemanes, concluyó en un Tratado de Versalles que explicó, en gran medida, lo que vino después. De nuevo los nacionalismos, el fundamentalismo, el aislacionismo y un crecimiento de la ultraderecha abrió el camino a un Hitler, a un Mussolini y a un Franco, además de una Segunda Guerra Mundial que destruyó a Europa y Japón. Todos estos son temas muy gruesos que tienen un sinnúmero de dimensiones, pero, de manera simplificada, lo que se puede decir es que en ambas ocasiones se fracturó el orden mundial: ese conjunto de instituciones y reglas que permiten convivir a los países y a las sociedades.

Evidentemente, en estas épocas son muchas las diferencias que se pueden encontrar frente a las situaciones mencionadas, pero es inquietante percibir un nuevo rompimiento de ese orden mundial que permitió el auge de la posguerra, la calma tensa de la Guerra Fría y la etapa más reciente de globalización y protagonismo del mercado.
La gente, en todas las latitudes, ha perdido la confianza en varias instituciones, y en casos como el de los partidos políticos, su desprestigio es universal.

Los grandes líderes brillan por su ausencia y el desencanto por las deficiencias de los Estados para satisfacer las necesidades de unas poblaciones –que, ahora están informadas y saben que pueden opinar y actuar colectivamente, pero, a su vez, que responden más a emociones y a incentivos mediáticos que al conocimiento y a la reflexión– hace prever los próximos años como turbulentos, y, por qué no, de grandes riesgos.

Ricardo Villaveces P.
Consultor privado
rvillavecesp@gmail.com

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