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Miguel Gómez Martínez
columnista

Un desperdicio

A pesar de que en Colombia hay más de 2 millones de contadores, su poder político e influencia es muy limitado.

Miguel Gómez Martínez
POR:
Miguel Gómez Martínez
febrero 07 de 2017
2017-02-07 07:12 p.m.
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En medio del desmadre de corrupción en el que vivimos, estamos desconociendo la importancia que tiene la función de auditoría en la prevención de estos fenómenos. Cabe preguntarse dónde estaban los auditores, revisores fiscales, jefes de control interno, y los mismos contadores de Reficar, Odebrecht, Banco Agrario, InterBolsa, y tantos otros escándalos que hoy salen a la luz. ¿No vieron nada? ¿No se atrevieron a denunciar? ¿No consignaron ningún hallazgo en sus informes? ¿Cumplieron cabalmente con su función?
Al igual que acontece a nivel nacional, donde pululan los mecanismos de control y cada día hay más corrupción, en el mundo de los negocios sucede lo mismo. Las juntas directivas deben controlar a la administración. Los revisores fiscales son delegados de la asamblea general para proteger la inversión de los dueños de las empresas. Los auditores internos son auxiliares de la administración para señalar los problemas que pueden no ser visibles por quienes ejercen las labores de dirección. Y el control interno es un sistema que debe involucrar a todos los empleados en la labor de prevención de los hechos irregulares y las fallas de mecanismos de alerta. Nada de esto parece haber funcionado. Y queda la inquietud sobre los miles de otros casos que, muy seguramente, no han salido a la luz pública.

Detrás de este estruendoso fracaso hay muchos factores. Claro está, las labores de contabilidad, revisoría y auditoría no han sido ajenas a la crisis ética y moral de nuestra sociedad. Pero también hay que mencionar otros elementos. Por ejemplo, la decadencia de las facultades de Contaduría Pública. Hoy, todos los centros de formación superior ofrecen programas de contaduría con niveles académicos, por lo general, bastantes bajos.

A pesar de que en Colombia hay más de 2 millones de contadores, su poder político e influencia es muy limitado. Ni la Contraloría General de la República, la Contaduría General de la Nación, que depende del Ministerio de Hacienda, el Consejo Técnico de la Contaduría Pública adscrito al Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, o la Junta Central de Contadores, que es una Unidad Administrativa Especial, ejercen el papel de liderazgo para modernizar estos ejercicios profesionales que son fundamentales para mejorar la calidad de la gestión pública, la gerencia privada y la transparencia de nuestra sociedad.

Un buen ejemplo de esta debilidad de vocería es el reciente debate sobre la reforma tributaria. Las opiniones de estos expertos deberían ser muy importantes en el debate, pero, si las hubo, no tuvieron la trascendencia que deberían tener por el conocimiento de quienes las pronuncian. También hay un triste canibalismo laboral entre los contadores, auditores y revisores por obtener trabajo. Ello afecta negativamente la calidad del servicio, pues la disponibilidad de tiempo para cada labor es muy limitada.
Pero la competencia feroz ha tenido una consecuencia aún más grave. Acosados por los bajos ingresos, la independencia real de contadores, auditores y revisores se ha visto anulada. Los informes no deben incomodar a la administración ni a la junta, ya que pueden perder sus empleos o contratos.

Las funciones de control no son vistas como apoyos para la calidad gerencial, sino como estorbos para los directivos. Estamos desperdiciando así un recurso valioso de información para mejorar la eficiencia de nuestra economía y luchar contra la corrupción.

Miguel Gómez Martínez
Asesor económico y empresarial
migomahu@hotmail.com

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