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Y si matáramos el dolor

El dolor moral que sentimos ante las circunstancias que nos afectan, se convierte en el resorte interior para prevenir que muchos horrores se repitan.

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septiembre 01 de 2016
2016-09-01 08:55 p.m.
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Un par de gotas densas y frías se me escurrieron por las mejillas. Habían pasado ya casi dos meses desde que le diagnosticaron el tumor en la cabeza y el deterioro era palpable. Aunque su voz era muy tenue, con frecuencia se escuchaba un susurro profundo mediante el cual decía ¡“no puedo más…”, “me duele”! Era evidente que moriría en pocos días, pero ni siquiera la droga que le aplicaban en altas dosis parecía aliviar su pena física.

No era la primera vez que ocurría, pero la muerte de mi hermano activó horas y días enteros de preguntas en mi cabeza, acerca de cuál es el sentido del dolor. ¿Por qué no podemos los humanos evitar que las personas sufran? ¿Qué es lo que falla con la ciencia y la medicina que no logramos, no digo disminuir el deterioro, pero al menos aliviar el padecimiento de sentir una molestia física profunda, en particular esos dolores insoportables que acompañan a algunas enfermedades o cirugías mayores?

Es particularmente intrigante que la humanidad dedique tanto esfuerzo y recursos a aniquilar el dolor físico, o al menos paliarlo, y lo difícil que resulta lograrlo. Uno de los mayores retos de la medicina y el desarrollo farmacéutico es, además, producir medicamentos que vayan dirigidos a los centros de dolor específicos, sin afectar otras áreas u órganos.

Es curioso que se pueda hacer una analogía con el dolor moral. Por fuera de las explicaciones religiosas o estrictamente causalistas, no existe una razón que justifique el dolor que produce una tragedia como el terremoto en Nepal, o las masacres más horrendas de la humanidad, o los casos de crímenes a mujeres o niños inocentes.

De qué nos sirve a los seres humanos sufrir la tristeza y la amargura de las tragedias colectivas, si parecieran no tener fin las barbaridades causadas o toleradas por los mismos hombres. Más aún, en ocasiones ese dolor es precisamente el que alimenta la venganza, que a la postre puede conducir a reacciones peores al daño inicial. Una espiral de dolores interminables.

Es muy posible que estemos condenados al dolor. Con el vivimos y con él morimos.
La paradoja está en que el dolor físico y moral pareciera ser la mejor alarma que tenemos para preservar la vida, propia y ajena. El dolor es la señal que nos advierte que algo anda mal y que hay que tratar de componerlo. ¡Duele, pero es así!

Es muy peligroso, sin duda, inhibir los centros del dolor, porque terminarían por aniquilar las alertas que tiene el cuerpo ante alguna disfuncionalidad. Y eso es como destruir el instinto de supervivencia.

A su vez, el dolor moral que sentimos ante las circunstancias que nos afectan o afectan a otros, se convierte en el resorte interior que ayuda a prevenir que muchos otros horrores se repitan. Y que valga la pena seguir empeñados en evitarlo o aniquilarlo. No del todo, no para siempre.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia
jaimebermu@gmail.com

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