Carlos Gustavo Álvarez
columnista

Apeñuscados

Culturalmente no sabemos hacer fila. Por eso resultan tan pedagógicas y profilácticas las de ahora.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
junio 18 de 2020
2020-06-18 09:30 p.m.
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Las medidas adoptadas para defendernos del virulento contagio han retornado a la vida social una práctica que aprendimos en el colegio: tomar distancia. La memoria de esa acción revivirá imágenes de la adolescencia discipular, cuando nos “formaban” en el patio y el orden de la fila era posible, porque estirábamos el brazo y quedábamos a prudente y respetuoso trayecto los unos de los otros.

Nada de eso pasaba, no, en Colombia, no, en Bogotá, en ese tiempo pretérito y difuso al que ahora llamamos “la normalidad”. Y cuya ansia de recuperación debería ser selectiva, pues no todo era vivir en Arcadia. Especialmente eso de hacer fila, mecanismo primigenio de orden social, ejercicio iniciático de convivencia.

En cualquier cola (de banco, de supermercado, por ejemplo) uno tenía siempre al prójimo “respirándole en la nuca”, según la descripción popular. Nada más cierto. Nadie respetaba distancias, tal vez con la creencia chamánica que no despegarse del de adelante, garantizaba un tránsito alígero al objetivo. No fue una vez que tocó decirle al pegado, en lugares de todos los estratos, que esa excrecencia no iba a agilizar los trámites. Guarde distancia…

Culturalmente no sabemos hacer fila. Por eso resultan tan pedagógicas y profilácticas las de ahora. La peste nos devolvió el ninguneado sentido común. Nos forzó a derrumbar dos gigantes que campean en el país: la desconfianza y la viveza pueril. Y claro, porque siempre está el colado, el ventajoso, el que oficia sus cuatro décadas como Adulto Mayor…, y el, o la, que se va a hacer las vueltas, ¡encomendándole el puesto a la persona de adelante!

Vivíamos apeñuscados (no se afanen: yo también decía “apiñuscados”, cargándole el problema al ananás). Hay que ver ciertos restaurantes, con las mesas imantadas, facilitando una proclividad de hacinamiento, que convertía cualquier conversación privada en vocinglera trama colectiva. Las discotecas no corrían una suerte mejor.

Viví gloriosos tiempos en los que uno iba a “azotar baldosa”, como llamaban danzar en magnánimas pistas de baile. Muchos de los pasos de la salsa tuvieron origen en ese desahogo métrico. Todo cambió. Por la congestión, por el, ese, sí, apiñamiento, “azotar baldosa” se volvió patéticamente cierto: una baldosa, una sola, una…

Adheridos, también, los carros, sin las distancias mínimas del Código Nacional de Tránsito. Haciendo de las enseñanzas de las escuelas de automovilismo una letra inane, trampolín del certificado para la consecución del pase y no didáctica interiorizada. Como en la fábula de la rana, el agua se calentó lentamente, sin darnos cuenta.

Y en ella perecimos. La proximidad asfixiante se convirtió en la regla. Cualquier llamado, no a la enorme, sino a la prudente distancia, con sus significados de respeto y cultura, se convertía en molestia, con teatrales respuestas de agresión y grosería.

Alguien dirá que eso pasa en las metrópolis y que agradezca no vivir en Tokio. Bueno es culantro… Ojalá se conservara algo de esas pautas que trajo el bicho, salvándonos de vivir atiborrados como inflorescencias de piña.

Carlos Gustavo Álvarez
Periodista

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