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De la muerte y los impuestos

Ojalá de toda esta coyuntura surgiera un nuevo pacto social, en el que la reactivación económica se apoyara en una estructura tributaria justa.

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julio 16 de 2020
2020-07-16 10:11 p. m.
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El bienestar de una sociedad se fundamenta en la salud de su Estado. Sociedades con Estados robustos son las que pueden garantizar una infraestructura social y física adecuada para el florecimiento del empresariado. Y querámoslo o no, el sustento básico del Estado lo dan los impuestos, base de una economía competitiva y una sociedad más equitativa.

Lamentablemente, la estructura tributaria en Colombia no cumple con este objetivo, ni con los tres principios básicos de un buen régimen impositivo: suficiencia de recursos, eficiencia y equidad.

El principal problema a la hora de gravar empresas es la existencia de un piélago de exenciones para sectores, subsectores y empresas específicas. De las 253 excepciones que tenía el estatuto tributario antes de este gobierno, la mitad se concentraba en beneficios a las 500 empresas más ricas del país.

Pero lo realmente grave es que tres cuartas partes de estas exenciones no tienen cláusula de caducidad, es decir, son un cheque en blanco en contra del Estado sin contraprestación alguna a la sociedad.

La misma lógica se pudo apreciar detrás tanto de la Ley de Financiamiento (2018) como la de Crecimiento Económico (2019), lo que se demuestra con dos ejemplos: la reducción del impuesto de renta para construcción (¡o remodelación!) de hoteles, de 33% a 9% por 20 años, o la exención total por 7 años a las empresas de la economía naranja que demuestren inversiones mayores a $400 millones y la generación de 3 (sí, tres) empleos.

Pero una política que busque acelerar el crecimiento sacrificando los ingresos estatales llevará en el largo plazo al debilitamiento del Estado y su capacidad de ofrecer servicios sociales y presencia regional.

Las medidas de alivio tributario no conducen automáticamente a mayor empleo, dado que las expansiones dependen de las expectativas de demanda, pero en cambio son ‘la nueva normalidad’: sin afectar el ritmo económico pero con más ganancias privadas.

Regímenes tributarios porosos coartan la competencia económica, y el determinante del éxito pasa de ser la competitividad empresarial a la capacidad de hacer lobby político.
La tributación a personas naturales presenta un escenario similar.

Hay dos teorías al respecto. La primera dice que muy pocas personas declaran renta en comparación con los países desarrollados, por lo que es necesario expandir la base tributaria para que más población declare sus ingresos.

La segunda se concentra en el otro extremo de la curva, y demuestra que a medida que vamos subiendo en la escala de ricos (top 10%) a millonarios (top 1%), una mayor proporción de su ingreso entra en las categorías de costos y deducciones, ingreso exento y deducciones, hasta el punto que a los billonarios (top 0,1%) solo se les considera la quinta parte de su ingreso como gravable.

Ojalá de toda esta coyuntura surgiera un nuevo pacto social, en el que la reactivación económica se apoyara en una estructura tributaria justa. En la que todos paguemos según nuestras posibilidades, pero en la que las megafortunas sí devuelvan algo a nuestra sociedad. Al fin y al cabo, como bien lo dijo Benjamin Franklin, no hay nada inevitable en esta vida, excepto la muerte y los impuestos.

David Forero
Investigador de Fedesarrollo
dforero@fedesarrollo.org.co

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