‘Capitalismo de las partes interesadas’, en el Foro Económico Mundial

El evento, que cumple 50 años, inicia hoy en Davos, Suiza. Los líderes hablarán de la prosperidad social.

Klaus Schwab

Klaus Schwab, fundador del Foro Económico, cumplió igualmente medio siglo como director del encuentro mundial de líderes.

AFP

POR:
Ricardo Ávila Pinto
enero 20 de 2020 - 10:00 p.m.
2020-01-20

El termómetro en la calle marcaba 10 grados bajo cero, pero en el salón principal del centro de congresos de Davos el ambiente era particularmente cálido anoche. La razón no era otra que el clima de celebración alrededor de un evento que, con la actual, completa cincuenta ediciones.

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Por ese motivo, el aplauso que recibió a Klaus Schwab –el profesor de origen alemán que maneja desde su creación la fundación suiza que organiza el Foro Económico Mundial– fue sonoro. Al abrir formalmente la reunión, cuya agenda temática empieza a desarrollarse hoy y concluirá el viernes a mediodía, el académico no pudo evitar un tono de nostalgia.

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A fin de cuentas, muchas cosas han pasado desde aquel enero de 1971, cuando 450 personas salidas sobre todo de la industria y el sector financiero se congregaron en una pequeña población de los Alpes, con el fin de hablar con medio centenar de especialistas, varios de ellos venidos de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos.

El propósito era dialogar respecto a los desafíos que enfrentaba el Viejo Continente en un mundo que vivía en plena guerra fría y en donde abundaban las incertidumbres.

En particular, su promotor quería insistir en que la responsabilidad de las compañías debía ir más allá de cumplirles a sus accionistas, tras haber escrito un libro e interesar al entonces presidente de la Comisión Europea.

Aun así, no era para nada claro que el primer “Simposio europeo de administración”, como se le llamó en ese momento, tuviera éxito. Para comenzar, la cita duraba 15 y se dividía en dos grandes temas, uno por semana: los desafíos del futuro y “la estrategia corporativa y su estructura”.

Además, llegar a Davos no era fácil. Conocido como una estación de esquí, la fama principal del lugar se le atribuía a “La montaña mágica”, la novela más conocida del premio Nobel germano, Thomas Mann, que narra la vida en un sanatorio para enfermos de tuberculosis.

Durante el siglo XIX y comienzos del XX, miles de personas acudieron a ese lugar de Suiza en busca del aire puro y el agua limpia, nacida en los glaciares.

No obstante, la inauguración de un centro de convenciones llamó la atención de Schwab, quien le vio grandes ventajas al sitio, comenzando porque estaba exento de las distracciones de la gran ciudad. Aparte de los amantes de los deportes de invierno, resultaba más atractivo quedarse en un lugar cerrado que salir a caminar en medio de la nieve y el frío intenso.

De vuelta al primer congreso, y en contra de los escépticos, al final quedó un remanente de 25.000 francos suizos que se usaron para crear una fundación, localizada inicialmente en la población de Coira, la capital del cantón de los Grisones, vecino del principado de Liechtenstein: “Foro europeo de administración”.

Hoy en día, la sede de la entidad está cercana a Ginebra, ubicada a cerca de cinco horas de distancia en automóvil. Al año siguiente, el desafío de congregar a personas del sector privado se notó, pues solo llegaron 300 asistentes.

Aun así, Schwab persistió y logró notoriedad en la prensa, lo cual le sirvió para despertar interés en un espacio que promovía el diálogo entre diferentes sectores. Para 1975, los delegados sumaron 800 y, desde entonces, el reto dejó de ser el contar con suficiente gente.

Con el paso del tiempo, la fórmula se perfeccionó. Esta parte de la creación de un espacio tranquilo en el cual se pueden hacer contactos, no solo entre las personas de negocios, sino al que van dirigentes políticos, pensadores y representantes de la sociedad civil. La seguridad de los presentes es una prioridad, que comienza con un rígido sistema de escarapelas y controles.

Debido a ello, el impacto geográfico acabó siendo cada vez mayor. Para 1987 cuando el Foro adoptó el nombre que tiene ahora, ya se había convertido en una escala obligatoria, tanto para los capitanes del sector privado, como para los dirigentes gubernamentales a ambos lados del Atlántico.

Los gestos hacia China, el mundo árabe, África y América Latina se complementaron con la celebración de eventos de carácter regional, que en más de una ocasión se han convertido en regulares.

Cada doce meses vuelven a escucharse los cuestionamientos relacionados con la utilidad de congregar a buena parte de la élite global bajo un solo techo. Aparte de que la asistencia es solo por invitación, el costo de pasar cinco días en esta parte de los Alpes suizos se tasa en decenas de miles de dólares. Además, el valor de un cuarto de hotel es varias veces el usual, al igual que el de cualquier restaurante.

Sería posible seguir todo a distancia, pues buena parte de los paneles se transmiten por las redes sociales. Pero muchos consideran invaluables los incontables encuentros a puerta cerrada, que van desde desayunos de trabajo, hasta cocteles y cenas en los que no se escatiman los gastos.

Sus defensores señalan la importancia de las discusiones. En épocas recientes, la cuarta revolución industrial, que hace referencia al cambio tecnológico o la sostenibilidad ambiental, han estado en el centro de los debates. En la edición de 2020, el tema central es “el capitalismo de las partes interesadas”, con un enfoque sustentable, que busca reeditar un manifiesto lanzado inicialmente en 1973 (ver artículo siguiente).

No hay duda de que buena parte de los 3.000 asistentes al Centro de Congresos de Davos oirá las admoniciones respecto a la necesidad de pensar más allá de las utilidades.

La pregunta es si aquellos que consideran que es necesario asegurar la prosperidad social para garantizar la viabilidad de diferentes negocios, lograrán asegurar que el mensaje caiga en tierra fértil.

Durante el evento, buena parte de la atención se la llevarán los políticos. Donald Trump, quien habla hoy, seguramente se referirá a las bondades del acuerdo que alcanzó con China. Más de uno tiene la expectativa sobre si se cruzará con la activista Greta Thunberg, también presente en la población helvética.

Dentro de los asistentes estarán medio centenar de presidentes y primeros ministros –incluyendo a Iván Duque– aparte de artistas, activistas, premios Nobel y un millar de periodistas.

La mayoría alabarán a Schwab, quien a sus 82 años luce rozagante, a sabiendas de que el principal desafío de la fundación que creó sea mantener la vigencia que hoy tiene, así él le entregue el timón a alguien más.

EMPRESAS, A MEDIR EL VALOR COMPARTIDO

En agosto del año pasado, una asociación estadounidense, que incluye en su membresía a los líderes de casi dos centenares de compañías de primer nivel, llamó la atención de los observadores al aceptar que el principal objetivo de una empresa no debería ser maximizar las utilidades, sino preocuparse también por el bienestar de sus empleados y las sociedades en las que opera.

Para Klaus Schwab, quien desde hace medio siglo defiende esas ideas, el llamado debió sonar como música para sus oídos. A fin de cuentas, el académico alemán ha insistido en que es obligatorio mirar más allá de lo que dicen un balance o el P&G de las empresas.

Dicho sentimiento ha aumentado por cuenta de la ola de insatisfacción que recorre al mundo y que está relacionada con el alza en la desigualdad, la misma que explica en parte fenómenos como el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos o las manifestaciones que se han visto en varias latitudes.

Al respecto, Schwab señala que hay tres opciones: el capitalismo de accionistas, el capitalismo de Estado o el capitalismo de las partes interesadas (stakeholders es la palabra que se usa en inglés). Para el fundador del Foro Económico Mundial, el primero ya no es aceptable, porque les da énfasis a los resultados de corto plazo. El segundo tampoco, porque, así haya funcionado en China y otros sitios, corre el peligro de corromperse.

La mejor opción es la tercera. Esta incluye el pago equitativo de impuestos, cero tolerancia a la corrupción, respeto a los derechos humanos y defensa del sistema competitivo. Medir el valor compartido debería ser una prioridad.

Ricardo Ávila Pinto
Enviado Especial

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